El músico y poeta Frank Martínez Báez.LA PRENSA/ARCHIVO

“Vargas Llosa me marcó”

Músico, promotor cultural y docente, de muy joven abandonó el sacerdocio por consejos del novelista Mario Vargas Llosa, para dedicarse al intrincado mundo del arte y la cultura Bastó una breve conversación sobre literatura y música, con el novelista Mario Vargas Llosa, para que la vida religiosa que Frank Martínez Báez llevaba en el Seminario […]

  • Músico, promotor cultural y docente, de muy joven abandonó el sacerdocio por consejos del novelista Mario Vargas Llosa, para dedicarse al intrincado mundo del arte y la cultura

Bastó una breve conversación sobre literatura y música, con el novelista Mario Vargas Llosa, para que la vida religiosa que Frank Martínez Báez llevaba en el Seminario de la Purísima cambiara abruptamente.

Todo su apasionamiento místico, su corta vocación y hábitos, ambos inculcados por su abuela María Victoria y por los padres jesuitas, que tenían la meta de la consagración sacerdotal, fueron dejados a media vía para iniciar una carrera de sacrificios, decepciones y éxitos en el mundo del arte y la cultura.

Este fortuito encuentro, nos revela Martínez Báez, se dio en los primeros años de la revolución; y fue cuando el laureado escritor peruano —a quien reconoce como su “mentor e iniciante”— llegó a entrevistar a los seminaristas para complementar un reportaje de la coyuntura política que salió publicado en el New York Time, titulado La Encrucijada en Nicaragua.

“Si no hubiera conocido a Vargas Llosa en persona, hoy fuera un sacerdote”, revela Martínez, y, por si las dudas, exterioriza su nueva espiritualidad: “Vargas Llosa me marcó, porque me dijo que las artes y la música no te hacen rico, pero te hacen rica el alma”. Esta frase se le quedó para siempre, así como las lecturas de uno de sus primeros libros La ciudad y los perros, Premio Biblioteca Breve.

Culturólogo y promotor cultural

Esta fugaz relación punteó su camino, recuerda Martínez Báez, más de dos décadas después convertido hoy en un experto en asuntos culturales de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN de Managua; organizando junto a Rolando Mendoza, de la Dirección de Extensión Cultural, Las Jornadas Darianas, Las Cátedras Carlos Martínez Rivas, Los Festivales Interuniversitarios, Los Encuentros de Poesía, y los grupos literarios como el Eros. Y paralelamente impartiendo sus clases de español y música.

Por lo que ahora se autodefine “culturólogo”, dado que también es egresado del Conservatorio Nacional de Música; de la carrera de Ciencia de la Cultura, y de la maestría de Literatura Hispanoamericana y de Centroamérica, donde recibió cátedras de Sergio Ramírez, Günter Smigalle, Alejandro Serrano Caldera, Lizandro Chávez Alfaro, Carlos Alemán Ocampo, entre otros. Su formación se ha visto complementada con un buen número de postgrados, cursos y seminarios en cultura contemporánea, crítica e historia, identidad y políticas culturales, legislación cultural y educación musical, recibidos en Nicaragua y otros países.

El día más feliz en el mundo

Martínez recuerda que animado por las palabras del escritor del “boom latinoamericano”, se dirigió entonces a La Prensa Literaria, conociendo al ilustre poeta Mario Cajina Vega, el que a la misma vez le presentó al poeta Pablo Antonio Cuadra, publicándole éste cuatro de los tres poemas que le llevaba para tal fin. Conocer a estos tres notables escritores —resalta—, fue grandioso para él, un seminarista y perfecto desconocido.

“En los primeros años del ochenta yo había trabajado más de cien poemas en versos libres que cantaban a la naturaleza como Viendo la lluvia caer, Solitario…; y fue cuando conocí a Pablo Antonio Cuadra, y me dijo: ‘poeta’, sentí como un reconocimiento maravilloso, y tuve mi primer gozo de iniciante”.

“Recuerdo, día después fui al mercado Iván Montenegro, compré el periódico, abrí las primeras páginas de La Prensa Literaria, miré los tres poemas, y me fui corriendo sin parar hasta una calle de la colonia Primero de Mayo, donde los leí, leí y leí; y me regresé corriendo lleno de felicidad a Villa Venezuela”. “Si me preguntaran: ¿cuál es el momento de mayor felicidad en mi vida?, les diría (que después de haber nacido), ese 1 de septiembre de 1984 que publicaron mis tres poemas, fue mi día, el más feliz en el mundo”.

Así se expresa este sensible maestro de la UNAN, de hablar sencillo, parco en la figuración de los círculos culturales, que inició su labor hace 19 años junto a Pablo Centeno Gómez, al que reconoce como su “tutor cultural”, y poeta del libro Trascender los límites, y recopilador de la antología Poesía Reunida de Carlos Martínez Rivas.

Por igual no deja de hablar de su nuevo maestro, el poeta Fernando Silva, a quien posiblemente le dedique su nuevo libro de cuentos y poesía La música de la montaña, recopilación que recoge las experiencias del terremoto, la guerra, la Cruzada Nacional de la Alfabetización, y el entorno poético de la naturaleza virgen, golpeada por huracanes y la depredación forestal.

Con su abuela María Victoria

Si bien el escritor Vargas Llosa, orientó el rumbo cultural de Martínez, éste se formó incipientemente en el seno familiar. A la primera que escuchó tocar guitarra fue a su abuela, María Victoria Sirias de Báez, una granadina que le contaba cuentos fantásticos y relatos de ahuizotes. De su padre, escuchaba recitar versos de Rubén Darío, Federico García Lorca, y los epigramas de Ernesto Cardenal. En la escuela, el libro que le impactó fue El Quijote, el que leyó en una semana, cuando sólo tenía 12 años.

Después, da un salto en su formación. Su interés por la música crece y decide estudiar en el Conservatorio Nacional de Música, durante el período en que fueron directores Merceditas Prado y Pablo Buitrago. “En esos días de búsqueda, de fulgor de la revolución, me integré a las Brigadas Culturales, siendo parte del grupo de teatro Juan Francisco Novoa, un combatiente caído; hacíamos sociodramas y cantábamos en sitios montañosos donde se libraba la guerra”.

Luego formó parte del trío Bossa Nova porque gustaba de la música clásica, el jazz y música acústica, todas con partituras, siendo concertista de guitarra. Fue director del Coro en la Upoli, dio clases en el Centro Intereclesial Estudios Teológicos, ahora Universidad Evangélica, para finalmente llegar a la UNAN como promotor cultural de música, apoyando junto a Alonso Cruz, de la danza, al poeta Pablo Centeno.

Su visión dramática en las artes plásticas

Fue para estos años del fulgor de la revolución que visitaba el taller de pintura de los hermanos Agüero (Mario, Roberto y Antonio), de verlos pintar nació su afición autodidacta, sólo que su interés artístico y su paleta cromática, lo llevó al arte abstracto, principalmente matérico, con mensaje social y crítico, que habla del dolor humano, de sus contradicciones y la destrucción del medio ambiente.

De las diez obras que logró pintar, todas obsequiadas a amigos que aprecian el arte, sólo le quedó una, y ésta se encuentra en su oficina, la titulada Paradoja. Una obra dramática con gruesa textura; pintura plana con desechos, alambres de púas, vidrios, grapas, mallas; donde se aprecia un feto negro, y aparecen atornillados libros, como Rojo y negro, de Stendhal; Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski; la primera edición de Infierno y cielo, de Carlos Martínez Rivas; así el poema Lo fatal de Rubén Darío.

“En la búsqueda de estas experimentaciones (de las cuales gané un premio en un Certamen de Artes Plásticas CNIC-CNU- 2000), llegué a utilizar mi sangre, la idea era alejarme también de las obras tradicionales, dar una visión de las grandes ambivalencias del gran teatro de la humanidad, referidas por William Shakespeare”.

Este profundo y dramático sentimiento que deriva de la contemplación, dolor y el misticismo, por igual lo ha llevado a su pendiente libro Música de la montaña, que lleva el título de uno de sus poemas; otros como Desolación y Sufrimiento del alma, hablan de su trágica visión.

“Al igual que Abismo perdido —exterioriza— éste me trae huellas del terremoto de 1972 y una de las calles de Managua abierta, herida por el violento sismo; entonces por ese hueco me imaginé lo infinito del espacio, lo cual conceptualicé como un abismo perdido”, concluye revelando Frank Martínez Báez su inédito perfil de artista, músico, promotor y docente, que ha construido cuando abandonó el sacerdocio por consejos de Vargas Llosa, para dedicarse al intrincado mundo del arte y la cultura, del cual no se arrepiente, sino que vive en su mayor intensidad.

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