La espectacular operación del Ejército colombiano dio la libertad a 11 militares y policías, junto a Betancourt y tres especialistas estadounidenses. (LA PRENSA/AP)

“Llevé cadenas 24 horas al día durante tres años”

Betancourt cuenta el inhumano trato de las FARC La franco-colombiana Ingrid Betancourt aseguró, en una entrevista difundida el viernes por una radio francesa, que la “espiritualidad” la ayudó a no “caer en el abismo” frente al comportamiento de sus carceleros, quienes le hicieron llevar cadenas las 24 horas del día durante tres años. Entrevistada por […]

  • Betancourt cuenta el inhumano trato de las FARC

La franco-colombiana Ingrid Betancourt aseguró, en una entrevista difundida el viernes por una radio francesa, que la “espiritualidad” la ayudó a no “caer en el abismo” frente al comportamiento de sus carceleros, quienes le hicieron llevar cadenas las 24 horas del día durante tres años.

Entrevistada por la radio Europe 1 poco antes de su partida de Colombia con destino a Francia, donde debía llegar por la tarde, Ingrid Betancourt afirmó haber sido víctima de torturas, vejaciones y humillaciones durante los seis años y cuatro meses de su detención por las FARC.

“Sentí que existe la tentación de abandonarse a comportamientos demoniacos (…); creo que hay que conservar una gran espiritualidad para no caer en el abismo”, agregó la ex rehén. “Llevé cadenas todo el tiempo, las 24 horas del día, durante tres años”.

“Hubo momentos de gran crisis, de gran dureza, de maltrato. Había momentos en que intentaban mostrar otra faceta, porque era tan monstruoso que me parece que ellos mismos estaban asqueados”, añadió.

“Cuando subí en ese helicóptero y nos alzamos sobre la selva, me dije a mí misma que los detalles sórdidos no debían darse a conocer”, explicó.

LA RUTINA DIARIA

“Era una levantada a las cuatro de la mañana, precedida de un insomnio probablemente desde las tres de la mañana”. Así empezó su relato sobre su vida en la selva Ingrid Betancourt, antes de partir ayer a París, en la embajada francesa de Bogotá.

Luego, “rezar el rosario y esperar las noticias; el contacto con los espacios radiales que nos daban la posibilidad de comunicarnos con nuestras familias (…). Quitada de las cadenas a las cinco de la mañana, servida del tinto (el café) a las cinco. Traían las botas en ese momento. Hacer la cola para esperar el turno para chontear. Chontear es un término muy guerrillero: es ir al baño dentro de unos huecos espantosos, porque no hay letrinas, no hay nada. Nos tocaba esperar turno para ir detrás de los matorrales a hacer nuestras necesidades en esos huecos”.

Tras un desayuno con “chocolate o algún caldo… Tratar de encontrar qué hacer durante largas horas hasta las once y media del día. En el secuestro, a partir de cierto momento, ya nadie tiene qué decirse. Todo el mundo está en su caleta (lugar) en silencio. Los unos duermen, los otros meditan, los otros oyen radio”.

“Después, baño general. Entonces, vestirse para el baño rápidamente, e ir, por lo general, a un pequeño río. Todo es limitado. Para mí era una tortura lavarme el cabello, porque no me daban tiempo. Yo estaba con hombres que no tienen tantas cosas para lavar; ellos estaban listos a los 10 minutos y yo a los 25 minutos todavía estaba bañándome y me sacaban a gritos y era muy humillante. Después ir a la caleta, vestirse con mucho cuidado para que no se cayera la toalla mientras uno se pone la ropa interior, con mucho cuidado de que no lo vaya a atacar una hallanave o un escorpión o cualquier bicho mientras uno se está cambiando… A todos nos picó algún bicho…”.

“Todos los días alguien dice: ‘¡Uy! Me acaba de picar una hallanave’. Y entonces uno dice: ‘Bueno, ¿y dónde está?’. ‘No, no tengo idea, por ahí debe estar’. Una hallanave es una hormiga muy grande y el dolor que produce su picadura es como el de un escorpión. Hay otras hormiguitas que se caen de los árboles y cuando le rozan a uno la piel, se orinan encima de uno y producen un quemón muy fuerte”.

“Después llega la comida. Se tiene uno que comer lo que traigan muy rápido, lavarse los dientes, limpiar las botas, meterse en la caleta o por lo menos organizar el toldillo, guindar [tender] la hamaca y muy rápidamente cae la noche. Y ya tiene uno que estar en la hamaca”.

“Las botas tienen que estar de un lado para que las recojan y se las lleven, porque tienen miedo de que nos fuguemos (…). Nos ponen las cadenas y, entonces, si tenemos un guardián de mal humor nos la pone tan apretada que no nos deja dormir (…). Puede uno, de pronto, negociar. Yo logré que me pusieran la cadena en el pie, porque no lograba dormir. Las cadenas y los candados eran muy gruesos. Yo terminaba con las clavículas peladas por el roce de la cadena”.

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