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Cuando el brazo izquierdo a Adolfo Álvarez dejó de soltar fuego al plato, producto de una lesión, se dedicó por completo a batear y resultó tan bueno que en 1987 ganó la corona de bateo con .377 (el promedio más alto en ese momento para los torneos German Pomares) y los 1,251 hits en su carrera lo convierten en el número uno entre los rivenses.