En Nicaragua nadie ha contribuido más al deterioro del deporte que sus propios dirigentes. No han sido los únicos, pero sin duda, han sido los más beligerantes.
Salvo raras excepciones, llegan al cargo mediante maniobras. Y una vez arriba, excluyen a quienes no comparten sus criterios. Y para garantizar su permanencia en el puesto, modifican estatutos y recurren a todo tipo de artificios.
Ejercen un liderazgo basado en la manipulación y el chantaje, mientras se hacen rodear de personas que son incapaces siquiera de contradecirles. Y luego “reconocen” su “fidelidad”.
El último ejemplo fue la elección del sustituto de Jaime Arellano en el Consejo Nacional del Deporte, un puesto que este señor nunca ejerció y jamás mereció.
Como en la reunión, con la presencia de 24 de las 37 federaciones, se determinó que la elección se realizaría mediante voto secreto, el presidente del Comité Olímpico Nicaragüense, Julio Rocha, no sólo no estuvo de acuerdo, sino que abandonó la actividad.
Al final, no ganó el candidato de Rocha, el licenciado William Genet, sino Emerson Velásquez, de la Federación de Karate Do.
Y no trato de decir que Velásquez merecía el puesto y Genet no. A lo mejor una buena elección debió ser escoger a Genet, pero lo importante es que los federados fueron capaces de expresar lo que sentían sin presión de por medio.
Aquí se acostumbra votar a mano alzada para ejercer control sobre los demás y luego pasarles factura a los que se atrevieron a desafiar a los “líderes”.
El liderazgo tiene que ver más con los demás que con el líder. Liderar es promover el desarrollo del potencial de las personas y hacer que trabajen con entusiasmo tras la obtención de objetivos comunes.
Ojalá que después de esta elección, “líder” y liderados, hayan aprendido la lección y modifiquen su estilo de trabajo. El deporte nacional merece un chance.