El enemigo pega por el estómago

[doap_box title=»» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] La carestía de los alimentos ya no es una sombría proyección o una fría advertencia de los burócratas: es una realidad como lo demuestran los recientes disturbios en Haití y en Egipto. Es decir, la carestía de la comida es una amenaza para la estabilidad política y la gobernabilidad. [/doap_box] El […]

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La carestía de los alimentos ya no es una sombría proyección o una fría advertencia de los burócratas: es una realidad como lo demuestran los recientes disturbios en Haití y en Egipto. Es decir, la carestía de la comida es una amenaza para la estabilidad política y la gobernabilidad.

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El alza de los precios de los alimentos es un hecho y, lo que es peor aún, es una tendencia para el futuro inmediato y a mediano plazo.

El trigo, el arroz , el maíz y otros productos han sufrido un aumento de entre 145 a 40 por ciento en los últimos tres años, de acuerdo con los organismos internacionales.

El arroz, por ejemplo, es la base de la dieta de más de 3,000 millones de personas del planeta, lo cual ilustra la dimensión del problema y sus consecuencias.

Las hambrunas existen desde tiempos inmemoriales y la Biblia da abundante testimonio de ello:

“El hambre se extendió a todos los rincones del país. Entonces José abrió todos los depósitos de grano y vendía provisiones a los egipcios, porque el hambre se había intensificado en la tierra de Egipto. También de todos los países venían a Egipto para comprar provisiones a José, porque el hambre se había intensificado en toda la tierra” (Génesis, capítulo 41).

Pero el problema es más actual que nunca. Y parece que los años venideros serán de vacas flacas, porque los precios seguirán altos.

El asunto ya no es una sombría proyección o una fría advertencia de los burócratas del Banco Mundial (BM), de las agencias de la ONU o de algún pesimista: es una realidad terrible. Así lo demuestran los recientes disturbios en Haití y en Egipto. Es decir, la carestía de la comida es una seria amenaza para la estabilidad política y la gobernabilidad de los países en desarrollo.

En Nicaragua, nación con altos índices de pobreza, con inseguridad alimentaria para una buena parte de la población, una inflación considerable, y con un progresivo deterioro del poder adquisitivo, debería prestarse mucha atención a lo de Haití.

Desde luego, este empobrecido país caribeño, el que antecede en la lista de los paupérrimos en el hemisferio occidental a nosotros y Honduras, tiene muchos factores de atraso históricos, sociales y económicos.

Pero ha sido el alza reciente de los alimentos el detonador de los disturbios vistos en los últimos días, en los cuales cinco personas habían muerto y una cincuentena había salido herida hasta este jueves.

En promedio, el arroz ha subido un 40 por ciento desde mediados de 2007. Cada vez son menos los haitianos que pueden comerlo. Muchos ya ni lo hacen, sino que subsisten a base de galletas de lodo sazonadas con mantequilla y sal, como lo mostramos en un reportaje especial de la AP que LA PRENSA publicó hace dos meses. El hambre, dicen allá, es como “comer Clorox”: arde en el estómago.

Hace cinco días, miles de egipcios furiosos por el aumento del costo de la vida y los alimentos chocaron con la Policía, la cual arrestó a un centenar de sindicalistas; 50 personas resultaron heridas.

Un estudio del Banco Mundial, que será presentado este fin de semana, sostiene que en tres años, el precio del trigo se elevó en 181 por ciento. El trigo, base del pan, es esencial en varias culturas y afecta por igual a Europa como a Oriente Medio.

El reporte es un cúmulo de malas noticias.

Los éxitos de la lucha contra la pobreza están en peligro de ser revertidos. De seguir el comportamiento actual, habría una regresión de 3 puntos porcentuales globales en esos índices, advirtió ayer Robert Zoellick, presidente del BM. Desafortunadamente, los precios de los alimentos seguirán altos durante este año y en 2009, cuando se prevé que disminuyan; sin embargo, se mantendrán sobre los niveles de 2004 de aquí a 2015.

Hay varios factores: la subida del precio del petróleo; los efectos del calentamiento global, como sequías desconocidas en Australia y huracanes como Katrina y sus efectos en las cosechas. Y, de acuerdo con el BM, la producción de biocombustibles también está influyendo a través de una reducción de las áreas de cultivo de alimentos para sembrar maíz o caña para los biocarburantes.

El director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, echó segunda a su colega del BM y señaló al alza de los alimentos como un factor de inflación mundial y causa de una baja del pronóstico de crecimiento de este año. El crecimiento mundial podría limitarse al 3 por ciento este año y eso, según Strauss-Kahn, “equivale a una recesión”.

Aquí preferimos preocuparnos mucho, justificadamente o no, por quién va en cuál casilla o que si Daniel, la Rosario o Arnoldo dijeron tal cosa. Cada mes un nuevo impuesto; cada mes cuesta más comer. Pero la protesta social es apenas perceptible o visible. La apatía reina. Pero no escapamos a las tendencias globales. Aunque no nos demos cuenta y pese a lo que digan Daniel, Arnoldo o la Chayo.

Analista de temas internacionales.

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