“Donde ponía la bola el tiburón, la ponía yo”

Juan Cabrera fue un jugador enigmático. Se volvía feroz contra el pitcheo nacional, pero no carburaba con la Selección en el extranjero, aún así, cultivó mucho prestigio como un pelotero completo y es el único con una campaña 20-20 en jonrones y robos en la historia Juan cabrera, jugador de beisbol de primera división Justo […]

  • Juan Cabrera fue un jugador enigmático. Se volvía feroz contra el pitcheo nacional, pero no carburaba con la Selección en el extranjero, aún así, cultivó mucho prestigio como un pelotero completo y es el único con una campaña 20-20 en jonrones y robos en la historia

Juan cabrera, jugador de beisbol de primera división

Justo cuando todo parecía terminado para Juan Cabrera, en realidad apenas comenzaba. Tras aceptar un doblete, Calixto Vargas le metió un descomunal jonrón y la carrera del joven lanzador empezó a tambalearse.

“Pensé que no iba a servir, que a lo mejor tendría que dedicarme a otra cosa”, confiesa Cabrera que pensó en aquellos días, cuando la década de los años setenta iba hacia el final.

Pero, posteriormente ocurrió la movida que cambiaría la historia: decidieron enviar al montículo al jardinero central Eloy Morales y al lanzador, en este caso Cabrera, lo pusieron en los jardines para ver si ahí rendía.

El resto del cuento usted lo conoce. Morales llegó a convertirse en uno de los más talentosos pítcheres del país. Cabrera en uno de los patrulleros más completos que hemos visto en los últimos treinta años en la pelota nica.

Aunque su físico no era corpulento, sino más bien angosto y fibroso, Juan era capaz de esos batazos que erizaban los pelos y que parecían patrimonio de artilleros grandes y fornidos como Ernesto López o Luis Beltrán Fierro.

“Pero donde ponía la bola el ‘Tiburón’, la ponía yo. Una vez se lo dije a Ernesto y se puso a reír”, señala Cabrera, ahora de 50 años, mientras conversa con LA PRENSA en el plantel de la Alcaldía de Rivas.

Cabrera es ahora un señor. Tiene la piel más morena y la atleticidad ha desaparecido de su cuerpo. Trabaja a diario sobre una compactadora de concreto de la comuna sureña y es notorio que el sol ha hecho sus estragos.

“El alcalde René Martínez me ha dicho que me puede ubicar en otro puesto, más suave, pero aquí estoy bien. Además, uno no sabe cómo le caerá a los otros alcaldes y hasta te puede correr”, dice sin lamento en su voz.

¿EL MÁS COMPLETO?

Cabrera nació en Apompuá, Rivas, el 8 de marzo de 1958. Así que hace sólo unos días llegó a los 50 años. Debutó en Primera División en 1979, pero fue a mediados de los años ochenta cuando logró establecerse como estrella.

Durante su carrera, se le consideró uno de los jugadores más completos del país y en momentos, el más completo. Podía batear con tacto y poder, corría bien, tiraba bien y fildeaba bien. Se volvió el líder del equipo Rivas.

¿Cómo valorás tu carrera?

Me gustó mi carrera. Creo que fue bastante buena. Se me llegó a respetar en Rivas y en todo el país. Siento que la crónica deportiva me trató bien, pese a que al equipo de Rivas siempre se le marginó un poco , pero la verdad, me siento bien pagado por el beisbol. Me gustó haber jugado. Tuve muchas satisfacciones.

Siempre se dijo que eras muy completo. ¿Creés que realmente eras así?

Aunque no le corresponde a uno juzgarse uno mismo, no puedo negar que sí tenía un buen talento y podía correr, fildear y batear bastante bien. Los periodistas, entrenadores y jugadores de la época, me consideraban completo, así que creo que por ahí andaban las cosas.

¿Cuál era tu fuerte?

Pienso que batear, además, era lo que más me gustaba. La gente se engañaba conmigo porque me miraban delgado, pero yo hacía caminar la bola. Incluso en el Rivas había gente muy fuerte y grande como Germán Jiménez o José Ramón Ocampo, pero yo no me dejaba.

¿Sabés que sos el único con 20-20 en jonrones y robos en una campaña?

Claro que lo sé. Recuerdo que lo conseguí en Managua, y por cierto, pasó de noche. Creo que ni se dijo en los parlantes. Ese año bateé 25 jonrones y me robé 22 bases. Nadie más lo ha hecho, eso significa que no es tan fácil tener poder y a la vez, velocidad para desplazarte.

¿Ese fue tu mejor logro?

No. Lo que más me satisfizo fue llegar a 1000 hits por medio de un jonrón contra Asdrudes Flores en Masaya. Fue un momento muy emocionante para mí, además que en ese momento, no había muchos bateadores de mil imparables.

Recuerdo que bateabas bien los pitcheos bajos y pegados…

Sí, así era. Yo bateaba como si fuera un jugador de golf. Mi fuerza estaba en las muñecas, aunque cuando vino Juan Vistuer, el cubano, me cambió un poco mi estilo, me hizo que abriera más las piernas y me dio buen resultado.

-¿Por qué no bateaba con la Selección Nacional?

¿Qué tanto te cuidabas cuando jugabas?

Honestamente muy poco. Yo tenía el vicio del alcohol y la verdad es que debido a la inmadurez, uno no visualiza lo que puede llegar a hacer. Yo no entrenaba como era debido y el alcohol me consumía. Gracias a Dios tengo ocho años que dejé de tomar licor.

¿Has pensado lo que hubieras hecho en el beisbol si te has cuidado?

Claro, quizá habría conseguido mejores números y hasta habría rendido con la Selección Nacional. Vos sabés que esa fue una dificultad que siempre tuve y la verdad, yo no rendía porque no entrenaba. En el Rivas podía rendir sin entrenar, pero en la Selección era otra cosa.

¿Qué te llevó a dejar de beber?

Creo que el paso de los años y el hecho de que uno ve que no está haciendo nada para su futuro y el de su familia. El licor fue una peste para mí. Tomé desde muy joven, pero gracias a Dios ya no tengo esa dificultad. El licor es un problema serio. Te puede matar. Ahora me dedico a mi trabajo y mi familia.

Una vez te accidentaste seriamente . ¿Ibas tomado en aquel momento?

Sí. Iba tomado. Recuerdo que fue en 1981. Iba en una moto y choqué contra una yunta de bueyes y el manubrio de la moto se me metió y me fregó la vejiga. Pasé 13 días en el hospital Lenín Fonseca, en Managua. Pero ni por esa dificultad dejé de tomar. Es que uno joven, no mide las consecuencias de las cosas y no tiene ningún cuidado.

Se dijo que un cacho de uno de los bueyes se te había introducido en el estómago…

No hombré (sonríe). Esa fue una mentira de Pepe Ruiz, que todo lo hace broma. Vos creés que si eso hubiera sido así, ¿estaríamos aquí hablando? Lo que me afectó fue el manubrio de la moto, pero como te dije, me recuperé y volví a jugar sin problemas. Al año siguiente incluso fui a la Selección.

MOYITA ERA MUY DURO

¿Nunca trataron de firmarte para el beisbol profesional?

Cómo no. Una vez Wallace Howell habló de una oferta para jugar, pero habló con un directivo del equipo y el directivo le dijo que esperara un año más. Y ese año nunca llegó. Lo que pasa es que el directivo no quería que me fuera del equipo y por eso puso trabas para la firma, si no a lo mejor hubiera probado suerte.

¿Qué lanzadores recordás de tu época de jugador?

Entre los más difíciles recuerdo a Orlando Cuevas y Félix Moya. En mi opinión eran los más duros en cierto momento de los años ochenta. Otros que no eran tan duros pero sabían lanzar era Julio Moya, Epifanio Pérez y Barney Baltodano. Había buenos lanzadores, al igual que ahora y en todas las épocas.

¿Entre los lanzadores del Rivas, cuál te inspiraba más confianza?

Tuvimos varios lanzadores que eran buenos. Primero Adolfo Álvarez, que al inicio era tremendo lanzador. Después, Eloy Morales, Leoncio Martínez, Martín Bojorge y Claudio Ulloa. Cuando ellos lanzaban teníamos buena oportunidad de ganar los partidos.

No te vemos por los estadios, ¿no te gusta ir ahora?

No me gusta. Quedé como empachado de beisbol. El otro día, Wil Álvarez (responsable de Deportes de la Alcaldía de Rivas) nos invitó a ir a Masaya a un juego de la Liga Profesional, pero no quise ir. No sé, pero no me llama la atención.

¿Y la gente te reconoce cuando vas en la compactadora reparando las calles?

Sí. Me saludan y a veces me preguntan cosas. Aunque este es un trabajo pesado, me siento bien. Me gusta lo que hago. Ya ni el sol me molesta. Me he acostumbrado.

“Después de Ochomogo, no ganábamos”

El equipo de Rivas de los años ochenta fue un conjunto muy particular: sus jugadores parecían muy unidos y combativos, y por lo general, marginados por los medios de difusión de la capital.

“Éramos como una familia. Incluso los directivos eran tremendos y siempre estaban tratando de resolvernos los problemas a nosotros los peloteros. Yo por lo menos no tengo quejas”, dice Juan Cabrera, la cara visible de aquel plantel.

Cabrera fue quizá el jugador más “mimado” por aquellos directivos, pero era también el que más asomaba la cara cuando había que tronar. Jamás rehuyó a su responsabilidad en el juego.

“Hice lo que pude y tomé lo que había para mí. No andaba disgustándome porque me ponchara o cosa parecida”, dice Juan, quien tuvo promedio de .300 en su carrera, por 1,236 hits en 4,120 turnos, más 165 jonrones y 209 robos.

Cabrera, Adolfo Álvarez, Miguel Jiménez, Leoncio Martínez y Eloy Morales, entre otros, fueron las figuras del Rivas, que era capaz de fajarse con los Yanquis en su estadio, pero resultaba presa fácil en calidad de visitante.

“No sé que nos pasaba, pero después que pasábamos Ochomogo no le ganábamos a nadie. Sobre todo cuando íbamos a Managua. Recuerdo que nos daban charlas y todo, y nada. Siempre perdíamos. Hasta un día que eliminamos al Bóer y nos quitamos ese problema”, afirma.

El mejor año de Cabrera fue probablemente 1993, cuando además de imponer la marca de 20-20 en jonrones y bases robadas para una temporada, bateó para .343, con 25 cuadrangulares, 100 carreras empujadas y 22 estafas.

“Fue un buen año ese (1993), pero la verdad es que incluso cuando me retiré, sentía que quizá podía seguir jugando, pero ya había problemas para que el Rivas se mantuviera”, dijo el bateador, que cerró con .290 en su temporada final.

Ahora mismo no hay equipo en Rivas y aunque Cabrera luce desinteresado en el beisbol, no niega la importancia que un conjunto tendría para ofrecer una alternativa a la juventud rivense en estos momentos.

“En mi época era el licor el que más daño hacía. Ahora están las drogas y eso está acabando con los chavalos aquí. En Rivas hay talento para hacer un equipo, pero la droga está metiéndose fuerte y pronto no habrá material”, asegura.

Es hora de concluir la conversación. Cabrera ha terminado además una jornada en su máquina y se marcha hacia su casa en Buenos Aires, Rivas, pero al día siguiente estará de nuevo reparando las calles por donde transitan los ciudadanos que antes lo aplaudían en el estadio.

Su labor ahora es también plausible y lo mejor es que Juan, además de contribuir al bienestar de los rivenses, se está ganando la vida dignamente, justo como lo hizo antes con un bate en sus manos.

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