- En exclusiva para La Prensa Literaria, un fragmento de Tambor Olvidado, el reciente libro de Sergio Ramírez Mercado que será presentando el próximo miércoles 6 de febrero a las 6:00 p.m. en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, en la UCA
El Caribe, islas y tierra firme, es llamado con justicia el Mediterráneo de América. Habitado antes del descubrimiento por una variedad de etnias aborígenes caribes, taínos, waraos, guajiros, arawakos, mayas, toltecas, pipiles, nahuas este arco mágico que se abre desde el sur de La Florida por todo el Golfo de México hasta la cornisa de Colombia, pasando por la península de Yucatán y el istmo centroamericano, y que contiene el variado racimo de islas de las Antillas mayores y menores, multiplicó su variedad cultural con la conquista y colonización española y las sucesivas colonizaciones adicionales emprendidas por Inglaterra, Francia y Holanda, a lo que se sumaron las inmigraciones de judíos sefarditas y asquenazíes, chinos, árabes del imperio Otomano, principalmente sirios, libaneses y palestinos, y también hindúes. Y, principal en toda esa mezcla bullente, la diáspora de múltiples tribus de África forzadas a la esclavitud a partir del siglo quince, cuando los portugueses pusieron pie en aquel continente.
Pese a su inmensa pluralidad étnica, el Caribe no se explicaría sin la presencia de los esclavos negros, que imprimieron rasgos fundamentales y singulares a toda esa mezcla elaborada por siglos, como tampoco se explicaría Centroamérica, que es parte de ese Caribe cultural y geográfico. Y por tanto, la Nicaragua de la costa del Pacífico, no sólo la Nicaragua de la costa del Caribe, pertenece al universo afrocaribe, como también El Salvador, aunque sólo tenga costa Pacífica, porque recibió durante la colonia el componente africano.
Se trata de una herencia múltiple. Las religiones ancestrales africanas, magia y creencias míticas, en amalgama con la religión católica; todo lo que sus lenguas tribales reprimidas enhebraron en el tejido del español, el inglés, el francés y el holandés; sus narraciones anónimas, leyendas y consejas; lo que trajeron de sus maneras de alimentarse y cocinar; y la música, los ritmos, sus instrumentos musicales, las danzas.
Sin África no pueden explicarse los porros y las cumbias colombianas; las guarachas y bachatas dominicanas; los jarabes mexicanos; los tamboritos panameños; el danzón, el mambo y los sones cubanos; la salsa puertorriqueña cocinada en Nueva York; el reggae de Jamaica; el calipso de Trinidad; la punta hondureña; los gospels, los spirituals y los souls del sur de Estados Unidos, esenciales en la creación del blues y el jazz, y luego del rock and roll y del rap. Y, además de nuestra música de la costa del Caribe nicaragüense, tampoco se explicarían los sones de marimba.
Aun más. El Caribe no es sólo una dimensión geográfica, por vasto que sea, sino también un sentimiento y una manera de ser, una cultura. Siempre hay Caribe donde está África, y hay una cultura caribeña donde hubo esclavos. En este sentido, el Caribe es también Bahía y es Río de Janeiro, en la costa Atlántica abierta del Brasil, samba, bosanova, forro, pagode; y lo mismo Guayaquil, en la costa del Pacífico del Ecuador; y Lima y el Callao, y yendo aun más lejos, el Río de la Plata, donde los esclavos llevaron el candombée, del que resultó la milonga y luego el tango.
La existencia de una población de origen africano bien definida en la costa del Caribe de Nicaragua ha servido para contentar nuestras explicaciones sobre el mestizaje indohispano, y así seguir ignorando que de este otro lado, el de los españoles, como allá aún nos llaman, la presencia negra y mulata es mucho más antigua que la de aquel lado, y ha venido participando desde el siglo quince en la conformación de la identidad nicaragüense.
Los negros, esclavos huidos de las Indias Occidentales y sobrevivientes del naufragio frente a las costas del Cabo Gracias a Dios, ocurrido en 1642, habrían sido capturados por los indios bawinkas o tawiras, antiguos inmigrantes chibchas llegados del sur, a cuya rama pertenecen también los ulwas, los sumus-mayagnas, y los kukra, habitantes todos de la región caribeña. Es el encuentro de que habla Pablo Antonio Cuadra en su poema El Negro.
El hecho del naufragio puede ser mítico, pero no la mezcla de indígenas y esclavos africanos, de la que resulta el pueblo zambo misquito, ni el papel que llegaron a jugar en la historia de la dominación inglesa del Caribe. A esta mezcla de los misquitos también se agregarían cruces con europeos, primero los franceses comerciantes ilegales y piratas que aparecieron en Cabo Gracias a Dios a partir del año 1612 y luego los ingleses, desde que comenzaron a establecerse en la costa del Caribe en 1633.
Los misquitos entraron en relación comercial con los ingleses a través de la Providence Company, establecida en la isla de Providencia, cuyos negocios florecieron en la primera mitad del siglo diecisiete, y que estuvo destinada a servir como centro de irradiación económica y aun política, para disputar la supremacía española.