- Políticos y mentira van de la mano. Algunos mienten descaradamente y otros con mayor disimulo. Diario nos demuestran que la mayoría son alumnos aventajados de Goebbels y Maquiavelo en el arte de decir mentiras
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En el gobierno de Arnoldo Alemán, los funcionarios no usarían tarjetas de crédito pagadas por el Estado, y un día las cortaron alegre y públicamente en una conferencia de prensa. Bolaños sería, según sus palabras, implacable contra la corrupción. La supuesta renuncia de la ministra de Salud, Maritza Cuan, era una telenovela inventada, según las palabras del diputado Gustavo Porras y luego, la propia Cuan diría que renunciaba por “razones de salud”. Alexis Argüello prometió que nunca se metería a político. “Que me escupan la cara si me meto a político”, dijo hace diez años.
Todos los días los nicaragüenses tenemos que tragarnos las mentiras de los políticos de todos los signos. Algunas son descaradas y otras se revelan como mentiras con el paso del tiempo. Los políticos nicaragüenses sacan altas calificaciones en esta materia que desde el principio ha ocupado a la humanidad. Ya decía Aristóteles que “es preferible lo falso verosímil a lo verdadero inverosímil” o más reciente, en la Alemania hitleriana, aquella famosa frase del doctor Paul Joseph Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.
Pinocho es una famosa marioneta que cobró vida por arte de magia, y con una particularidad: le crece la nariz cada vez que miente. Si los políticos fueran dotados de esa característica, seguro que los nicaragüenses no habrían tenido que esperar casi tres años para que aquella promesa de Alemán pronunciada el 17 de febrero de 1997 se viera descubierta. En esa ocasión prometió que quedaban eliminadas las tarjetas de crédito corporativas y personales de los ministerios e instituciones y entes del Estado. Sin embargo, poco después cubrió gastos personales de hasta 15 mil dólares en una tarde en Bali con la tarjeta American Express del Banco Central de Nicaragua. Y tal vez esos 15 mil dólares más los 250 mil que pagó en la misma fecha en compras en Estados Unidos más los 700 mil dólares que un juez norteamericano confiscó a Alemán por sospechar que provenían de las arcas del Estado de Nicaragua sean “pequeñas raterías” para el ex presidente, tal como lo aseguró cuando aún era mandatario: “…en mi Gobierno sólo hay pequeñas raterías”. Una juez condenó a Alemán a 20 años de cárcel y una multa de ocho millones de dólares por lavado de dinero y otros delitos al Estado de Nicaragua.
Y no sólo Alemán ostenta el título de mentiroso dentro de los políticos de nuestro país. El ex vicepresidente y ex presidente Enrique Bolaños también se une a la lista. Su famosa cuña de gobierno: “Seré implacable contra la corrupción” se convirtió en un boomerang contra él cuando el nuevo gobierno de Daniel Ortega evaluó la gestión de este. El resultado: siete ministerios corruptos. Además, la acusación que pende sobre el ex presidente de la Nueva Era y sobre el ex director de Migración y Extranjería Fausto Carcabelos. Aunque muchos califican de una pasada de cuentas, lo innegable es que Bolaños resultó implacable sólo contra cierta corrupción.
Ortega también comparte un lugar dentro de la lista de los mentirosos. Sus promesas de campaña constituyen una verdadera antología de la mentira. Desde los “apagones cero” hasta “desempleo cero” pasando por el “arriba los pobres del mundo”, un slogan que por lo fantasioso parece burla.
“Nosotros no estamos prometiendo algo que no hayamos cumplido sino que estamos hablando de algo que ¡ya cumplimos!”, dijo en una entrevista concedida Adam Housley y Helka Warner de Fox-News, en marzo de 2006.
No sólo los presidentes mienten. Las mentiras se cuelan como plaga entre ministros, directores de entes, diputados y demás. Basta recordar el ridículo en que se vio involucrado Gustavo Porras este mes cuando señaló que la renuncia de la ministra de Salud, Maritza Cuan, era una telenovela inventada por un medio de comunicación. Porras aseguró que todo estaba bien y que Cuan seguiría en el cargo. Al día siguiente se hizo pública la renuncia de Cuan por “razones de salud”.
Para el analista e historiador, Emilio Álvarez, la mentira se encuentra dentro de las características que definen al político criollo. “La mentira es la debilidad del que no tiene capacidad ni oportunidad de entusiasmar a la gente”, afirma.
Álvarez también sostiene que la primera gran mentira presente en la política de nuestro país fue la de hacernos creer que anexándonos al imperio mexicano de Agustín de Iturbide (siglo XIX) íbamos a alcanzar la estabilidad. Y aclara: “Esa mentira no la creyeron los granadinos, sólo los leoneses y allí comenzó el pleito”. Otra de las grandes mentiras históricas que el historiador recuerda es la de la construcción del canal interoceánico en 1850 bajo el gobierno de Norberto Ramírez.
Los analistas coinciden en que la mentira se presenta como un recurso dentro del juego político, por eso estos conceptos se presentan íntimamente relacionados. Y es un tema que preocupa a la sociedad desde los filósofos griegos, donde reconocidas figuras como Platón plantean la idea de la mentira útil, propuesta que más adelante sería tomada por el filósofo francés Maquiavelo, quien es conocido en el mundo occidental por aquella frase de “el fin justifica los medios”.
Esta concepción, llamada por Jacques Derrida como la “mentira noble” ha sido discutida dentro de la política actual, y ligada a escandalosas mentiras como la de la guerra de Irak. Pero más adelante veremos el caso.
Lorenzo Romeo, catedrático de sociología de la Universidad Centroamericana, estima que: “La mentira es un tema viejo que tiene que ver con la misma construcción de la política y su fin: el poder. Eso da lugar a la mentira como recurso”.
Su explicación sobre el porqué de la mentira es que el desinterés y la desinformación facilitan el uso de la mentira. “La mentira se usa porque estando ausente la esfera pública de la sociedad, sea la sociedad organizada, hay muy poca posibilidad de averiguar la veracidad de la información. Si el espacio público está débil y no existen verdaderos mecanismos de la emisión de cuentas, se facilita la posibilidad de la mentira como recurso, porque la mentira no es capricho, no es un producto solamente de la política”.
“No importa el verdadero sentido de las palabras. Lo que importa es el poder y sus mieles”, afirma León Núñez en su libro El Síndrome del Figureo. En él, Núñez se refiere a que el uso de la palabra por parte de los políticos sólo busca dominar. Y agrega: “…el lenguaje es cifrado, reticente, cabalístico, vago, ambiguo, mentiroso…no coincide lo que se dice, con lo que se piensa ni con lo que se hace”, sentencia.
Y esa falta de correspondencia entre las palabras y las acciones es lo que el actual presidente, Daniel Ortega, ha demostrado. Su plan de Gobierno, llamado irónicamente por el caricaturista Manuel Guillén como el Gobierno de los Ceros, planteaba la erradicación del hambre y la pobreza; sin embargo, durante esta administración, lo que se ha visto es un brutal encarecimiento de los productos de la canasta básica y los granos básicos de la alimentación de los nicaragüenses. Las encuestas han dado cuenta de esas mentiras. En junio de este año, LA PRENSA publicó una encuesta realizada por Cid Gallup donde el 57 por ciento de los más de mil encuestados consideraba que Ortega poco o nada había cumplido con las promesas electorales.
El analista León Núñez estima que dentro del juego político es importante que los discursos sean verosímiles. “El factor de la persuasión es el elemento crítico de la propaganda política, el discurso debe de tener un horizonte de verosimilitud, una línea de flotación de lo posible, un contenido de probabilidades… En Nicaragua, la tónica ha sido ofrecer y no cumplir, presentar lo improbable como probable y las mentiras como verdades, lo que ha traído como consecuencia una generalizada falta de credibilidad en los políticos quienes también se han especializado en el arte cantiflesco de hablar sin decir nada”.
Peter Bernal, analista de política internacional, también comparte el razonamiento de Núñez en cuanto al carácter que deben de tener los discursos políticos. “La palabra consecuente es la clave para mí de todas las personas que tienen que cuidar su léxico cuando hablan y hacen declaraciones. El problema más serio de un político es que tiene que ser consecuente. Si un político usa la tribuna para hablar populistamente o conservadoramente cuando le conviene o que promete y no cumple, pues a la larga y corta, el pueblo cuando tiene la oportunidad de votar, le pasa la cuenta”, asegura.
Y es precisamente lo que menciona Bernal la principal característica de la mentira dentro de la política.
Las mentiras en el juego de la política no sólo se ven en el ámbito criollo. Famosos presidentes estadounidenses se ha visto descubiertos en sus propios dichos. Peter Bernal recuerda que dentro de los famosos y conocidos por el pueblo estadounidense están el del presidente Nixon: “I am not crook”, que se traduce como: “No soy persona que hace cosas malas”. Bernal cuenta que dos días después Nixon se vio obligado a renunciar por el sonado caso de Watergate.
El analista continúa con otras de las grandes mentiras de los políticos norteamericanos: “Read my lips: no more taxes” (Lean mis labios: no más impuestos). Esta frase pronunciada durante el período de campaña del ex presidente George Bush, padre, le fue restregada en la cara por los medios de comunicación, porque desde el primer año de su mandato permitió el incremento de los impuestos.
Una de las mentiras más recientes y que sacudió la Casa Blanca fue la de Bill Clinton con respecto a una relación íntima sostenida con la secretaria Mónica Lewinski: “Nunca he tenido que ver con esta mujer”. A los dos días comenzó el proceso de remoción de la Cámara y el Senado, pero no se obtuvieron los votos suficientes para hacerlo.
Este escándalo fue analizado por el filósofo francés Jacques Derrida, quien asegura: “Lo que se le reprocha a Clinton no es su vida privada, sus asuntos sexuales con Lewinski u otras, sino haber mentido estando bajo juramento, haber cometido perjurio ante una institución ante la cual él se había comprometido a decir la verdad. Clinton habría obstruido la justicia, por una parte, al ocultar una serie de testimonios y, por otra, al haber mentido… pero jamás reconocerá haber mentido porque sabe que, si lo confiesa, no sólo podrá ser destituido sino también perseguido tras su destitución”.
Bernal advierte que todos los casos de los políticos norteamericanos tienen algo en común y es que se dieron en momentos de mucho estrés para estos o que la cocina está muy caliente: “El político que no sepa que la cocina es caliente es mejor que se salga de ella”, asevera.
Una de las mentiras más recientes a nivel internacional es la de la guerra de Irak. Para Bernal, más que una mentira fue una cuestión de seguridad nacional. Sin embargo, las opiniones del pueblo estadounidense hechas a través de diferentes encuestas demuestran que los estadounidenses se sienten engañados.
Y aquí uno de los cuestionamientos sobre la mentira dentro del ruedo político. Platón consideraba que los políticos eran los únicos que por el bien común tenían derecho a mentir. “Si alguien debe tener el privilegio de mentir, ese alguien deberían ser los gobernadores del Estado y ellos, en sus quehaceres con los enemigos o con sus propios ciudadanos, estarían habilitados para mentir por el bien público”, se puede leer en La República, del filósofo griego.
Esta idea es la misma que propone el italiano Nicolás Maquiavelo en su obra El Príncipe. “…un príncipe prudente no puede ni debe mantener fidelidad en las promesas, cuando tal fidelidad redunda en perjuicio propio”.
Estas propuestas conocidas como “la mentira noble” es lo que los políticos ponen en práctica. Al final, cabe preguntarse si esto tiene un final, si alguna vez los políticos no mentirán. Para el catedrático, Romeo, todo depende de la población: “El antídoto para enfrentar la mentira política es el fortalecimiento de la sociedad civil y de la institucionalidad democrática”.
Mientras tanto, si los políticos siguen mintiendo, tendrán que asumir las consecuencias. Por eso, si Alexis Argüello olvidó aquella frase dicha en una entrevista a un periodista: “Que me escupan la cara si me meto a político” y durante la campaña a la Alcaldía de Managua uno que otro poblador le escupe la cara, no tendrá más que tomar su pañuelo y limpiarse porque él mismo se lo buscó.