- Sus antecedentes son sólidos como hombre de punch
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Jimmy Hurst da la impresión de ser un tipo arrogante e indeseable. Su gran tamaño, voz poderosa y gestos vibrantes, dan fuerza a esa percepción. Pero cuando habla parece amable y humilde.
Hurst es un moreno de 6.6 pies y 245 libras, nacido hace 35 años en Birmingham, Alabama, que pasó por Grandes Ligas en 1997 con Detroit, y que ha sido traído por el San Fernando para que le prenda fuego a la liga y los lleve al campeonato.
“Esa es la meta, ganar el campeonato. Y vamos a esforzarnos lo más que podamos, pero quiero decirle a la gente de Masaya que tengan paciencia, que sabemos que pagan su entrada y quisiéramos ganar cada juego, pero eso no es así. Vamos a jugar duro, y si ven que no lo hacemos, entonces que vengan a reclamarnos”, dice Hurst sin asomo de alarde.
Hurst fue escogido por los Medias Blancas en la ronda 12 del sorteo del beisbol amateur de 1990 y lo firmaron al año siguiente. Después de cinco años, Detroit lo tomó vía waivers y debutó en las Mayores en 1997.
“Fue una actuación breve en las Mayores porque en la mejor etapa de mi carrera se me juzgó de forma equivocada y me fueron apartando. Yo siempre he hablado bastante y he jugado con mucha confianza, pero se me consideró un hot dog (un jugador problemático) y quedé fuera”, asegura el jugador.
Actuó en 12 juegos y disparó 3 hits, entre ellos un jonrón en 17 turnos para .173, con 6 ponches y dos bases. Después lo adquirió Boston —donde hubo quejas de su sobrepeso— y Toronto, pero no volvió al big show.
“Luego jugué en Ligas Independientes y tuve mi mejor desempeño en el 2002, cuando gané la triple corona con .341, 35 jonrones y 100 empujadas, para ser nombrado Jugador del Año en el circuito Atlántico”, señala Hurst.
Ahora suma 16 campañas en las Menores, en las que ha conectado 249 jonrones, entre ellos 11 este año en la Liga del Noreste.
En Masaya esperan que aún conserve una buena cuota de ese punch y los saque del sótano, donde fueron recluidos en el pasado torneo profesional.