El Padre misericordioso

[doap_box title=»» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] “Podemos salir de esa porqueriza de perversidades, si cambiamos de mentalidad y utilizamos los dones que Dios nos ha dado…” El Evangelio de San Lucas es por esencia el de la Misericordia. En el capítulo quince encontramos tres parábolas que son un modelo de compasión: (la oveja perdida, la moneda perdida […]

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“Podemos salir de esa porqueriza de perversidades, si cambiamos de mentalidad y utilizamos los dones que Dios nos ha dado…”

El Evangelio de San Lucas es por esencia el de la Misericordia. En el capítulo quince encontramos tres parábolas que son un modelo de compasión: (la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo).

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Sacerdote católico

La parábola del hijo pródigo debe ser llamada la del Padre Misericordioso. En ella, el sujeto principal es Dios. Nos narra, a un papá que tiene dos hijos, el menor de ellos pide su herencia, se va a un país lejano, malgasta todo y cuando se ve en la ruina, regresa pesaroso. El papá nunca perdió la esperanza que el hijo retornara, y cuando lo hace, es él quien lo ve primero, corre, lo abraza, besa y hace fiesta, porque hay mucha alegría en el cielo por una conversión.

El hijo mayor representa a quien cumple con los compromisos de forma legalista, pero no se siente amado, pues su corazón está frustrado. Su reacción es de crítica y desaprobación.

El hijo menor, a pesar de haber dilapidado su legado, mantiene en sus labios la palabra “padre”. No sucede así con el hijo mayor.

El abismo del error, que se manifiesta en el cuido de los cerdos (animal impuro para el israelita), y en el hambre que padece hace que el hijo menor, añore la casa paterna. Brilla una frase en su mente, “me levantaré, iré, le diré a mi padre, he pecado contra el cielo y contra ti…”. Son tres verbos que implican la conversión. Levantar: actitud de resurrección. Ir: caminar, volver. Decir: expresar su arrepentimiento.

Cuando vuelve, el papá, ni siquiera permite concluir las expresiones que solicitan perdón, pues su clemencia es tan grandiosa, su alegría tan enorme, que lo llena de caricias, manda cambiar sus vestidos viejos (símbolo del pecado) por nuevos (distintivo de gracia) y le coloca un anillo en el dedo para que recupere su dignidad.

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido como ese hijo menor, desbaratando los dones que nuestro misericordioso Padre nos ha proporcionado, y en lugar de ponerlos al servicio de los hermanos los desperdiciamos corrompidamente.

Precisamos tener la luz del Espíritu Santo para recapacitar que hemos recorrido por el camino equivocado, que nuestras mentalidades estrechas, heredadas por siglos de supersticiones, de falta de visión, de coartar las libertades, de perseguir la inteligencia para destruirla, y caudillismo enfermizo, con gobiernos corruptos y tiranos que se han querido perpetuar en el poder, con sus excepciones en nuestra historia, son las raíces de la marginación, miseria, hambre, desempleo, emigración de nuestros pueblos, en búsqueda de lo que se nos niega en la tierra que nos ha visto nacer.

Podemos salir de esa porqueriza de perversidades, si cambiamos de mentalidad y utilizamos los dones que Dios nos ha dado y los ponemos a trabajar en libertad. En caso contrario, seguiremos disputándonos el deshonroso lugar de estar entre los países más empobrecidos del mundo occidental.

Y es bueno recordar a los que gobiernan las naciones, que no son eternos, que un día, creyentes o no, tendrán que dar cuentas ante el Señor, creador de todo, y ante la historia.

Qué bello que todos dijéramos en nuestro país, pero con sinceridad: Me levantaré Señor y levantaré a mi país, volveré al camino correcto e imitaré solamente los buenos ejemplos, y te pido perdón porque he pecado contra el cielo y contra mis hermanos.

Religión y Fe

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