- Tiene el señor Rodríguez una rústica gallera de ripios y tablas que sólo funciona los fines de semana. Los lunes amanece en soledad y ahí no canta ni el gallo más gallo de la caja tonta
Se nota que hubo refriega dominical en grande en el “coso” de don Pedro Antonio Rodríguez. Es lunes, la basura anda por doquier, en la “arena” apenas se aprecian algunas manchas de sangre que dejaron ayer los gladiadores emplumados. Modorra, goma y soledad.
No hay ánimo para barrer y don Pedro nos recibe sentado en los tablones de su galería. Es un legítimo representante de la raza chorotega: bajo, recio, cara angulosa, pelo grueso entrecano, ojos aguileños, nariz chata y boca sinuosa.
¿Cómo se llama este lugar?
Aquí se llama La Borgoña.
¿Y qué hay más allá de la “Bergoña”?
No, mire, aquí es La Borgoña, con “o”, más adelantito está La Francia.
El tema de la conversación se endereza a la asombrosa memoria y sentido de orientación que tienen algunos animales. Recuerdo el caso de don Abraham Pineda, conocido en la vieja Managua como “El del Cabrito”, porque siendo un minusválido vendía lotería transportándose en un carretoncito halado por un cabro blanco barbudo, ojos de chonete.
Don Abraham era bueno a su guásimo y en las manifestaciones de Somoza se las ponían hasta caer morado, se dormía en el carretón y en ese trance el cabrito, aunque estuviera en el más recóndito rincón de Managua, salía halando a su dueño y despacio despacito lo conducía a su casa, sin necesidad de látigo y rienda.
“Ni más ni menos así es el cuento de la Canela —asegura con socarronería don Pedro Antonio—, esa perra que apareció de repente y andaba para arriba y para abajo muerta de hambre, le dimos de comer y se acariñó. Pero agarra su primera luna y parió cuatro perritos”.
¿Pero, no vendían los perritos?
No, como eran inditos casi nadie los quería y para mí es mejor el perro indito que el tal perro racero, es más bullicioso, más ladrador, cuida mejor la casa. Cuatro alunadas tuvo la perra y a la quinta los tuvo en un polvazal y se ahogaron los animalitos. Ya en este último alunamiento es que le agarró de comer huevos.
¿Cómo fue eso?
Teníamos una chompipa echada con doce huevos y resulta que una mañana sólo encontramos las cáscaras. Le echamos la culpa al zorro. Jamás se nos pasó por la mente que fuera la perra. Volvimos a ponerle huevos a la chompipa y esta vez desaparecen los huevos junto con la chompipa, y yo ahora le echaba la culpa a los picaditos que vienen a la gallera. Salí en busca de la chompipa y allá como a las cien varas estaba el plumaje, y la perra tranquila y santa.
A esa altura ya sabíamos que ella era la dañina. Había que hacer algo, vinieron unos picaditos igual a mí y les digo: “Me da pesar matar a esa perra, les voy a regalar una media si ustedes me la matan”. Alegres ellos y en cuenta un cuñado mío, la agarraron con un mecate y otro picado le da con un leño, dos leñazos le dieron en la frente, sale la perra para el monte toda dunda. “Ojalá se vaya a morir largo”, dije, pero qué va ser, al siguiente día estaba aquí de vuelta. Entonces le digo a la mujer: “Hay que mandar a botar esa perra”. Suerteramente vino un amigo en su camioneta y le digo: “Quiero que me hagas un bolado, lleva esa perra y me la vas a botar en Managua”. Le dimos un cafecito y una comidita y después montamos la perra en la camioneta y se fue. A los dos días volvió el amigo y me dijo que había dejado a la animala allá por la Centroamérica. “Hombré —le dije—, mal mandado hiciste porque la perra ya está aquí, anda ve, la tengo amarrada allá en el patio. Ahora ya no sé que hacer”. Lo mejor es no tener chompipas ni ponerles huevos.
Parece cuento de camino…
Pues oiga este. Mi suegro tenía interés en un caballo porque se le murió el que tenía para su carretón. Le dije que en Ciudad Sandino abundaban esos animales porque yo viajaba mucho donde mi compadre Absalón Novoa que vive ahí. Nos vamos pues donde un señor que tenía un caballo preguntándole si lo vendía. Nos arreglamos con el hombre pero una camioneta nos cobraba quinientos pesos para trasladarlo.
“No papá —le digo—, para qué vas a pagar tanto, dígale al señor que se lo apere y nos vamos montados en él”. “Entonces —nos dice el señor— posiblemente el caballo los va a llevar hasta una fábrica de bloques que está antes de entrar a Ciudad Sandino, pues ese era su trajín cuando arrastraba mi carretón”. Así fue, pra, pra, pra y el caballo quería entrar a la fábrica, pero ya lo arrendamos a “güevo” y de cruzada por el camino de Santo Domingo y el de Jocote Dulce me lo traje hasta La Borgoña. Llegué ya casi entrando la noche y salí como a las nueve de la mañana. Alegre mi suegro porque ya iba a movilizar su carretón para hacer dos viajecitos con piñas cada ocho días.
En esos días fuimos al centro de acopio de La Borgoña a cargar piñas y papayas, pero el bandido caballo desde que salió al boquete se suelta a correr. Mi chavalo sobre el carretón trataba de pararlo, suerteramente no había mucho tráfico. Baran, baran, baran agarra carrera el animal. Y el chavalo en el carretón, allá por el panteón el carretón da contra un paredón y el chavalo se tira y por tirarse pegó la canilla contra el paredón y se la quebró, más adelante el carretón dio otro volantín y ahí el caballo quedó patas arriba con todo y carretón. Y todavía mi suegro no lo vende, lo anduvo ahí todavía.
Otro día me voy donde mi suegra, al kilómetro 23 donde tenía un chanchito. “Suegra —le digo—-, ya este chancho está bueno de comerlo”. “Llevalo pues —me dice—, para que lo destacemos en tu casa”. Pero el chocho caballo bandido me dejó que montara el chancho, pero al salir a la carretera yo lo quiero montar, pega las patas y con la ramilla del casco me dio aquí, aquí tengo la seña. Entonces me tiré del carretón y vine y le agarré el freno. ¡Y no me tuve que venir a pie, guiñándolo del freno! Y qué era, que el chillido del chancho lo asustó.
Ya vine aquí y le digo a mi suegro: “Casi me arruina su caballo, ya lo hubieran vendido”. “No hombre pobrecito”. “Bueno pues, hasta que lo friegue a usted”. Pero fue suertero el suegro fíjese, nunca le hizo nada, bueno, ahí lo tuvo, pero cuando ya le hizo eso al chavalo entonces ya no, el suegro no se montaba y se quedó guiñándolo del freno en los viajes que hacía.
Tanta confianza le tuvo que lo soltaba en un cuadro de beisbol que hay ahí, una tarde que lo va a buscar no lo halla, y va de buscar en todo Ticuantepe y nada. Pero como a los tres días viene el compadre de Ciudad Sandino a decirnos que el caballo estaba allá, en un potrero. “Lléguelo a traer compadre que se lo pueden trasponer”.
Mi suegro esta vez buscó una camioneta y se lo trajo. Ah, no, entonces lo suelta aquí y cuando lo fue a buscar en la tarde ya no lo halla, fuimos a Ciudad Sandino y tampoco estaba.
Sospechamos que algún bandido lo destazó para vender la carne, porque anduvieron vendiendo carne en esos días, a lo mejor nos lo comimos porque compramos de esa carne.
¿Cómo que comieron carne de caballo?
No sé. Pero por aquí camina un picadito que le dicen “Concho Huevo”, que come carne de caballo y hasta de perro. Pues resulta que un hermano de él tenía un caballito. Allá le vienen a avisar que el caballo persogado se había caído en un barranco y se había ahorcado. Y “Cocho Huevo” alegre —a lo mejor él lo había ahorcado—. ¡Vamos a destazarlo!”, decía. “¿Cómo? —le dice el hermano— vos estás loco, ojalá fuera un caballo gordo, pero es todo flaco”. “Vamos —dijo “Concho”—, que de todas maneras se lo van a comer los zopilotes”.
Se fueron, alistaron los cuchillos y los sacos para traer la carne, pa, pa, pa se trajeron el pencazo de carne y hacen un fogón en su casa, estaban bebiendo y estaban comiendo carne los picaditos, el hermano hasta lloraba. “Ay mi caballito —decía— cómo vas a creer ‘Concho’ que lo estemos comiendo”. “Dejate de babosadas”, le contesta ‘Concho’”. “Tomá”, le dice, y le pasa un trago de guaro. Más tarde el hombre ya picadito seguía llorando por el caballo, mientras se lo estaba comiendo. No quedó carne porque llegó una gente, entre ellas unas muchachas de Managua, les dieron y ellas decían: “¿Qué carne más sabrosa, de qué es?” “Es de una vaquilla que fuimos a destazar”, les dijeron.
Se comieron la carne pero al día siguiente estaban con hambre, entonces “Chico Perra” le dice a “Concho Huevo”: “No jodás ‘Concho’ ¿no sobró nada?” “Como no —le contesta aquel—, vamos asar un pedacito que está ahí”. Era la pinga del caballo, le mete el asador por el hoyito y la pone al fuego, ya después la rodajeó, parecía moronga aquello, y pas le da en un plato a “Chico Perra”, pero antes fue a comprar tortillas. “Total —le dice “Concho Huevo”— ¿No estabas llorando por el caballo y hasta la paloma te le comiste?”