- El legendario director de cine Ingmar Bergman, considerado como el mejor de la segunda mitad del siglo XX. Sus historias hablan sobre la fe, la existencia, la mortalidad y la soledad, con un estilo único
La década de 1950 marcó el inicio de un fenómeno novedoso: la irrupción en los mercados internacionales del llamado cine de autor europeo. El cine de qualité salió de las cinematecas y salas de arte y ensayo para conquistar las salas de estreno de todo el mundo.
Cine de autor era cine de expresión personal, dominado por los directores, a diferencia del cine tradicional, en el que los productores ejercían el mayor control como representantes de las casas productoras. El control del director sobre su medio, fenómeno formulado teóricamente por los críticos de Cahiers du Cinema con la llamada política de los autores, representaba la consolidación del cine como arte.
Directores como Fellini, Bergman, Buñuel, Truffaut, Godard, Antonioni y Visconti, entre otros, llegaron a ser tan famosos como sus actores y, además de los estudios sobre su obra que aparecían en las revistas especializadas, donde se prefería el término realizador al de director, sus vidas privadas ocupaban espacios en las revistas de consumo masivo. Las corrientes contraculturales que dominaban el pensamiento de la juventud en las décadas de 1960 y 1970, ayudaron a la popularidad de este tipo de cine, pues los giros hacia la izquierda tienden a generar un mayor interés por la cultura.
Ingmar Bergman, nacido en Uppsale, Suecia, en 1918, hijo de un pastor luterano, inició su carrera profesional en el teatro. Al cine entró como guionista.
Su primera etapa como realizador se caracteriza por un cine metafísico, centrado en las relaciones humanas pero enmarcadas dentro de los grandes problemas que siempre han inquietado a los seres humanos: el sentido de la vida y la muerte, la lucha del bien y el mal y el aparente silencio de Dios, tema tratado en A través de un Espejo (1961) y Luz de Invierno (1962), con Gunnar Björnstrand, como un pastor luterano que sufre una crisis de fe.
A esta etapa pertenece Fresas Salvajes (1957) con Víctor Sjöström (el más famoso actor-director de la época dorada del cine sueco en los años veinte) como el anciano profesor Borg que viaja a la Catedral de Lund para recibir un doctorado honoris causa y, durante el viaje, vuelve a vivir los acontecimientos de su vida. En este filme intervinieron dos de las actrices favoritas del realizador: Ingrid Thulin y Bibi Andersson.
Si bien la profundidad en el desarrollo sicológico de los personajes fue siempre una de las principales características de Bergman, algunos de sus filmes más herméticos tienen personajes-símbolos, como El Séptimo Sello (1957), sobre un guerrero medieval (Max Von Sydow) que juega al ajedrez con la muerte. Von Sydow fue durante muchos años alter ego del director en sus películas.
Persona (1966), marcó el paso de Bergman hacia un cine más moderno, con composición visual más simple, a base de líneas rectas y altos contrastes, en oposición a la escenografía elaborada y mayor riqueza de tonalidades en blanco y negro, de su cine anterior, de inspiración centroeuropea. A partir de este filme, el realizador se centra en la problemática del individuo de una forma más concreta, pero haciendo referencia, mediante imágenes tangenciales, a problemas sociales de actualidad.
El tema de la incomunicación en el mundo contemporáneo, explorado también por Antonioni, comenzó a tener preponderancia en su cine. Persona trata sobre una actriz que sufre una crisis nerviosa (Liv Ullmann) y la enfermera contratada para cuidarla (Bibi Andersson). Ante el silencio patológico de la actriz, la enfermera se autosicoanaliza en alta voz (largos parlamentos de Andersson) hasta el punto de motivar a la actriz a reflexionar en silencio sobre su propia existencia y volver a la realidad.
Algunas películas de Bergman como El Silencio (1963), Vergüenza y La Hora del Lobo (ambas de 1968), pertenecen al cine hermético de qualité, con profundas reflexiones intelectuales plasmadas en términos visuales, de difícil comprensión. Valioso antecedente en esta dirección fue el cineasta danés Carl Theodor Dreyer, en cuya filmografía encontramos La Pasión de Juana de Arco (1928), Vampiro (1932) y La Palabra (1955). En la misma línea podemos situar al francés Bresson (Un Condenado a Muerte se Escapa), al italiano Antonioni (La Aventura, la Noche), fallecido recientemente, y al soviético Tarkovski (Solaris, el Sacrificio).
Debido a los vientos del Este que soplaban en la época, se acusaba injustamente a Bergman de psicologista, debido a la profundidad sicológica de sus personajes. El Psicologismo es la tendencia a explicar fenómenos sociales por características individuales o sicológicas. La profundidad sicológica es otra cosa, un elemento esencial del drama. La ficción (novela, teatro, cine) es la realidad vista a través de una individualidad doble: la del propio autor, expresada mediante la individualidad de sus personajes. Despojar a los personajes cinematográficos de su complejidad sicológica, como se quiso hacer en cierto cine panfletario latinoamericano (tipo de cine que no se hacía en Europa, ni siquiera en los países de la Europa del Este), es desaprovechar las posibilidades que ofrece el cine para expresar a la persona humana en todas sus dimensiones: la psicológica, la intelectual (diálogos), la social (sentido político de las películas) y la física (presencia de los actores: movimientos, voz, miradas, gestos ) de una forma mucho más amplia que la pintura o la literatura.
Bergman fue uno de los grandes directores de actrices, llegando a superar a George Cukor y Mizoguchi. El director sueco tenía en su configuración sicológica mucho elemento femenino (el yin del taoísmo), lo que produce en los hombres una mayor inclinación hacia las mujeres, no siempre de tipo sexual, y la tendencia a convertirlas en el centro de la problemática vital (la madre, la hermana, la amiga, la amante, la esposa ). Esta característica no tiene necesariamente que ver con la orientación sexual. Bergman se casó cinco veces y tuvo relaciones amorosas con muchas de sus actrices. Con Liv Ullmann es padre de la actriz Lynn Ullmann.
Visto en persona, el célebre director sueco no era el artista introvertido y complejo que su cine hacía esperar. Era sumamente sencillo y le gustaban más las anécdotas que las reflexiones profundas. Como muchos de sus contemporáneos, no admiraba a la mayoría de sus colegas (se expresaba peyorativamente de Antonioni, Orson Welles y otros). Admiraba, eso sí, a realizadores estadounidenses más jóvenes como Spielberg, Coppola y Scorsese.
Su tipo de cine, altamente intelectual, no tuvo la influencia generalizada que tuviera en la década de 1950 el Neorrealismo italiano o la nouvelle vague en los sesenta y setenta; pero sí tuvo muchos seguidores, entre ellos Woody Allen, que hizo varias películas bergmanianas: Interiores, Hannah y sus Hermanas.
Para los amantes del cine de qualité, el apellido Bergman significaba Ingmar. Para los amantes del cine comercial (por llamarle de alguna manera), Bergman era Ingrid. Ambos filmaron la producción británico-noruega Sonata Otoñal (1978), pero Ingrid (sueca, una de las grandes divas del Viejo Hollywood) se quejó de que las personas reales no hablan ni actúan como los personajes en las películas de Ingmar.
El célebre realizador sueco ganó el Osar de Hollywood con Fanny y Alejandra (1978), obra autobiográfica basada en recuerdos de su niñez. Con altos valores de producción, este filme (que marcó el regreso de su director a Suecia y a su amada isla Faro, después de una ausencia motivada por problemas fiscales) ocupa en la filmografía de Bergman el mismo lugar que El Discreto Encanto de la Burguesía ocupa en la de Buñuel. Ambas películas fueron éxitos internacionales, pero no se encuentran entre las favoritas de quienes asimilan mejor la grandeza de estos dos realizadores.
Como se decía antes en los titulares de los periódicos, con sencilla solemnidad: Ingmar Bergman ha muerto. Esperemos que haya encontrado respuestas a todas sus interrogantes.