La deformación de la actividad

“Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos”. (Benedicto XVI) Un señor cura, muy “eléctrico” por cierto, sorprendió a muchos de los asistentes a un retiro espiritual cuando, al ser interrogado por el sacerdote director del retiro sobre cuánto tiempo diario dedicaba […]

“Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos”.

(Benedicto XVI)

Un señor cura, muy “eléctrico” por cierto, sorprendió a muchos de los asistentes a un retiro espiritual cuando, al ser interrogado por el sacerdote director del retiro sobre cuánto tiempo diario dedicaba a la oración, confesó que “nada”, precisamente por no disponer de tiempo para orar debido a las múltiples responsabilidades y ocupaciones que debía atender como párroco.

“Es que, por ejemplo, el martes, a las 8:00 de la mañana me toca reunirme con los carismáticos; luego, a las 9:00, con la Legión de María; después, a las 10:00, con los niños de Catecismo, y más tarde, a las 11:00, con el coro…”, se excusó. Pero su compañero sacerdote le interrumpió la retahíla de actividades de la jornada para aconsejarle: “Vea, padre, precisamente por tener que enfrentar tanta actividad y compromiso, nadie más que usted necesita conceder mucho más espacio a la oración que cualquiera de nosotros”.

La actividad y la oración no son enemigas; al contrario, son dos buenas amigas que pueden desempeñar el valioso papel de grandes aliados en nuestra vida cristiana y apostólica. Pero, ¡por amor a Dios!, no confundamos la “actividad” con el “activismo”. Este sí es enemigo de la oración, un verdadero obstáculo para la vida espiritual.

El cardenal Mercier llamaba “herejía de la caridad” al activismo. Y es que el activismo como todo “ismo”, constituye una deformación de la cualidad, de aquello de por sí bueno; en este caso, de la actividad. El activismo es en relación a la actividad lo que el libertinaje respecto a la libertad. Su extremo, su descalificación, una verdadera desnaturalización de la misma, la deplorable conversión de una virtud en un vicio.

No significa lo mismo ser “activo” que ser “activista”. El activista, muchas veces más temprano que tarde, termina sacrificando el “ser” por el “hacer”, perdiendo así el sentido mismo de su trabajo apostólico. Se afana demasiado; tanto, que olvida lo esencial, lo prioritario, sin lo cual todo se expone al más rotundo de los fracasos: ¡Estar con Jesús!

El apóstol activo trabaja hasta el cansancio si es preciso por Jesús y su Causa, pero se interesa primero en escoger “la mejor parte”, la compañía y atenta escucha del Señor, la que cuida como el más bello de los tesoros, pues reconoce que sin vida interior, sin oración, sin sacramentos no se puede asegurar el éxito en la evangelización.

La actividad y la oración son buenas aliadas para propagar el Evangelio. Pero para que la actividad no degenere en activismo cuidemos nuestra vida interior. El secreto radica en no perder el espíritu, en regular la actividad.

Religión y Fe

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