El endiosado contra el cordero

Cuando un Cardenal, un Obispo o un sencillo sacerdote católico —así como los ministros religiosos de cualquier otra fe— expresan públicamente opiniones políticas y en general de carácter mundano, se arriesgan necesariamente a ser refutados, cuestionados e impugnados por quienes sostienen puntos de vista diferentes y opuestos; y en todo caso tienen que someterse a la controversia pública.

En realidad, si hasta los asuntos de la religión son discutibles y de hecho están en permanente debate en todas partes donde hay libertad de conciencia y de expresión, con mayor razón son debatibles los temas políticos y económicos, sociales y culturales inclusive cuando son expuestos por personas consagradas al servicio religioso.

Sin embargo, el debate de las ideas de cualquier tipo para ser legítimo y, además, fructífero —como medio de practicar la tolerancia y vehículo para la búsqueda de la comprensión humana—, necesariamente tiene que expresarse en forma respetuosa, sin insultar, ni injuriar ni ofender al contrario o a cualquier persona que con todo derecho piensa y opina de manera diferente a la otra.

Cabe citar al respecto el eminente escritor italiano de renombre internacional, Umberto Eco, autor de libros de amplia difusión como El Nombre de la Rosa, El Péndulo de Foucalt y Baldovino, además columnista de periódicos de todo el mundo y cuyos artículos son publicados en LA PRENSA, quien ha escrito precisamente lo siguiente: “Cuando una autoridad religiosa cualquiera, de una confesión cualquiera, se pronuncia sobre problemas que conciernen a los principios de la ética natural, los laicos deben reconocerle este derecho; pueden estar o no de acuerdo con su posición, pero no tienen razón alguna para negarle el derecho a expresarla, incluso si se manifiesta como crítica al modo de vivir de los no creyentes. El único caso en el que se justifica la reacción de los laicos es si una confesión tiende a imponer a los no creyentes (o a los creyentes de otra fe) comportamientos que las leyes del Estado o de la otra religión prohíben, o a prohibir otros que, por el contrario, las leyes del Estado o de la otra religión consienten”.

Lo antes dicho y citado es válido a propósito de los insultos que el Presidente de Venezuela, teniente coronel Hugo Chávez, profirió a principios de esta semana contra el Cardenal de Honduras, Andrés Rodríguez, porque este dijo que el presidente venezolano “se siente como un dios y con derecho a atropellar a todas las demás personas, bajo una soberbia que ya se ha visto en la historia de otros dictadores, incluso de algunos que llegaron a decretar la muerte de Dios y después de 20 años desaparecieron del mapa y hoy se les recuerda como tiranos”'.

Sin duda que el presidente Chávez tiene derecho de refutar la opinión del cardenal Rodríguez, pero no de insultarlo. El Cardenal hondureño no ofendió a Hugo Chávez diciendo que este es un payaso infernal ni un pelele del diablo. Sólo dijo, el Cardenal hondureño, lo que todo mundo sabe, incluyendo al mismo presidente Chávez, quien evidentemente se ha endiosado en el poder y con el manejo de la inmensa fortuna que le produce el petróleo a Venezuela, la que él maneja como si fuera su patrimonio político, personal y familiar.

El dictador Chávez usa ese lenguaje ordinario, ofensivo, descalificador e intolerante para atacar a todos los que discrepan de sus ideas y sus métodos de gobierno, supuestamente para ganar sus discusiones, pues las personas educadas y respetuosas de sí mismas y de los demás —como el cardenal Rodríguez— jamás se pondrán en ese mismo nivel ni responderán con palabras también vulgares y soeces.

En todo caso, el prestigio, la credibilidad y la respetabilidad de personas como el cardenal Andrés Rodríguez y de la iglesia Católica que representa, no se pueden manchar con vulgaridades e insultos de personas como Hugo Chávez. Por el contrario, esos ataques lo hacen más digno, más honorable, más respetable y respetado, más admirado y no sólo por los católicos sino también por las personas honorables de todas las creencias y clases sociales. Y, como lo señaló proféticamente el mismo cardenal Rodríguez, al fin y al cabo los ofensores de Dios siempre terminan cayendo del pedestal de su endiosamiento

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