A partir de esa casta amorfa somnolienta de eternidad encontré la salida estrecha pero, ágil de razonamientos liderados por la paciente esperanza. Mansamente sometido reencontrado a la realidad; al desfile borroso de existencia humana.
Era en el atizante túnel de profunda inviolabilidad, anduve sin llegar a ningún final.
Mis pupilas se desprendieron para buscar el puente que estaría por cruzar: en bicicleta emprendí el vuelo sobre el río de paradisíaco esplendor.
No hubo mella para el desprestigiado Caronte ni para su barcaza de siglos.
Rumores de miradas reflejaban
caballos transparentes pastando en la acera.
En el rabillo del ojo cabía el recorrido de todo cuanto saliera de las puertas del tiempo.
A mis progenitores divisé haciéndome señas.
Lenguaje con el que no logré comunicación pues, de forma extraña también una serpiente inmensa, obstaculizaba el transitorio a mi intuición, débil por tantos esfuerzos.
Me ahuyentó el repertorio aprendido. Me convertí en vagabundo proscrito, corriendo siempre detrás de las promesas que herían inclementes a mis espaldas.
Tuve temor por desheredar a la indemnidad.
Nunca he podido vencer el dolor de creer que soy, aprendo por salvar la liviandad de este momento.
Situado entre dos paréntesis con una vida quebrantada por el nudillo de la fantasía,
orillándome hacia el nacimiento de un cuerpo improvisado, en la humedad de los mármoles negros.
Dilatado abandono esas sombras conversivas. Y aun las señales se bifurcan confusas. Imprecisa permanece mi ruta:
¿abstracto gnosticismo remplazará mi destino?