A mis nietos Ariel Arnau, Jalil Alejandro y Dánfer Miguel
I
Pura la infancia.
Pura y confiada
La sonrisa de mis nietos.
Aquella otra pureza,
la niña que creció
entre cerros azulados
y cantos de gallo en viejo zaguán.
Recóndita imagen
reviviente hoy
frente al sol crepitante de Managua.
Hinchan de nuevo mi pecho
tres tonos infantiles.
Pequeñas brasas de amor
que renuevan
y dicen sí, esta es la vida.
Quiérenos, que te queremos,
álzanos en un vuelo de chocoyos
y nutre nuestra sangre nueva
con aquella de la niña
que cambió su paisaje refrescante:
ríos, aguas claras, verdes pastizales.
Polvo, soles calcinantes,
lago y sierras en contraste.
Aquí el amor,
extraño, loco, excéntrico,
rompiendo tradición provinciana.
Aquí también el crecimiento:
cuerpo y alma
confundiendo expectativas cerebrales.
Maternidad feliz, doliente:
ambiguo ser deseoso
de dar frutos sanos,
después de morder el deseo
de saciar la ilusión juvenil.
El misterio personal,
ideal acariciado, subconsciente,
renacido después del dolor,
compensatorio, secreto,
ya partida el alma joven
con la mudez de la muerte.
II
¿Y ellos,
las dos criaturas
que vinieron a correr con mi destino?
Fueron conmigo
entre cuestas y meandros
y crecieron y fructificaron
protegidos siempre por mis manos.
Hoy están aquí
reeditando la cosecha,
viviendo, tanteando,
probándose frente a la vida,
creándome diluvios
y aguas en remanso.
Me han dado
tres frutos más,
pequeños limoneros perfumados
verdeantes a diario en mi jardín.
Asoman sus ramitas
al brocal de mi pozo,
como quien dice,
al dintel de mi conciencia,
agitando el aire de mis aguas,
las ondas de mis años
y diciéndome sí, esta es la vida,
quiérenos, que te queremos,
tómanos de las manos
y guíanos por tus caminos,
llévanos a tus potreros
hacia tus soles frescos
hacia las pozas alegres
sombreadas por tus árboles.
Enséñanos tu lenguaje
hermanado con el canto de chicharras
y danos a beber
la leche de tus vacas,
tibia y espumosa
como aquella que no pudo derramarse
con tus dos primeros frutos.
III
Quizá faltó eso, mis niños.
Quizá faltó la inicial proteína
que protege de la vida
y nos da la vida.
Quizá sea esa la clave
de mi propio destino.
Lo que yo tuve de mi madre
y ya no pude dar
en similar medida,
salvo el amor,
ése que nos acompaña
y que no ha de rendirse
por más saetazos que reciba
de la propia frustración,
de la recóndita tristeza
que se despliega con el tiempo.
Vivimos para el amor, hijos míos,
nietos míos.
Quiero envolverlos a todos con mi aliento
y cruzar junto a ustedes
lagos, volcanes, llanuras,
cerros, valles, quebradas,
hasta ver las montañas azules
en alta inmensidad
y más allá, celeste hondura
hacia donde volamos
en ondas de estaciones,
en olas de energía,
en vientos de generaciones.
Echen vuelo, pájaros pequeños.
Sigan esa lluvia mañanera,
abran esa tarde juvenil,
crucen esa noche de adultez.
Siempre tendrán mi corazón
dibujado en cada una de sus auras.
Managua, noviembre 2006 – junio 2007