- El cantautor norteño Felipe Urrutia junto a su biógrafo Juan Urbina Osegueda prepara sus memorias entre polkas, mazurcas y zapateadas
Bailar un zapateado, una polka o una mazurca, durante las alegres bodas o fiestas de las rancherías de La Tunosa, Agua Fría, San Roque, El Regadillo o San Nicolás, entre otras comunidades de Estelí de mediados del siglo pasado, significó muchas veces macheteansinas y velas, donde los músicos con acordeón, violines y guitarras, no dejaban de cantar, recuerda don Felipe Urrutia en sus caiteadas, que ahora son parte de la historia de la música norteña.
En dichos relatos, Las caiteadas de don Felipe Urrutia-Memorias, de su biógrafo Juan Urbina Osegueda, este cantor de tierra adentro adelanta que si la vida del músico del campo fue alegre, se corrieron serios peligros, sustos de diablos y hambre porque ellos, como otros grupos del momento, nunca tuvieron paga.
La Charramanduzca tiene origen en una macheteansina
En este contexto, este patriarca del folclor segoviano mientras toma su café cuenta que en 1936, en Agua Fría, cerca de La Tunosa, en una bailadera del cumpleaños de la chavala Ana Gadea Figueroa, hubo una discusión de dos bolos. Estos se salieron de la fiesta y se machetearon, luego otros dos más, y después el tumulto de la bolería, macheteándose y baleándose, mientras la música seguía más fuerte.
Todo era destrozo: manos apeadas, cachetes apeados Al día siguiente hallamos pedazos de cuero con pelos de la cabeza. Martín Hernández fue uno de esos macheteados que sobrevivió de un filazo en la macheteansina. De este violento suceso el poeta campesino Tomás Rayo hizo un poema tragicómico que fue recopilado y llevado a la mazurca La Charramanduzca.
Pero la historia no termina aquí. Al rato de la macheteansina, echaron ceniza en los sangrales y barrieron para seguir tocando con guitarras y acordeones, y bailar, como si no hubiese pasado nada. Esta fue la primera vez que escuchó el sonoro grito del bolo, el que integró en algunas de sus mazurcas para darle coraje y alegría.
Ir a una de estas fiestas de montañas no sólo era macheteadera y balaceras, sino que tenía su gracia y colorido. Por ejemplo recuerda que las muchachas llevaban sus vestidos muy vistosos y almidonados, en tanto los jóvenes acostumbraban llevar al cinto sus machetes y pistolas, formando así su propio romance ranchero y bravío, el que también se daba debajo de los árboles y era amenizado con guitarras, violines y acordeones, hasta el amanecer. Así logró casarse cuatro veces, ahora es viudo, pero sigue tocando debajo de un gran árbol de Laurel de la India que está en su casa en El Limón, Estelí.
Boda con patatú, tango y comparsita
Otra de las anécdotas que le salen a flor de tierra fue la boda de Luis Navarro, en la comarca de El Pastoreo, Estelí. La novia se enferma el propio día, pero a pesar de todo la fiesta sigue. Don Felipe toca un tango Luna del arrabal, luego La Comparsita; en tanto la muchacha le da el patatú (se muere).
Leopoldo Urrutia, integrante del grupo Don Felipe y sus Cachorros, agrega más leña seca a estas caiteadas de su padre, y mientras rasca su guitarra, dice que su padre don Felipe fue carretero y músico de frontera a frontera, de norte a sur, calzado con caites, a la tradición de El Güegüense viajero.
En unos de sus viajes, que duraba semanas, de Estelí hasta Rivas, durante su descanso de camino, mientras dormía llegaron a despertarle dos lindas muchachas, que llegaron urgidas, requiriéndole para que las acompañara a tocar unos parabienes. Esta es una música alegre, que se tocaba cada vez que un niño se moría.
Cuando llegó al lugar, debajo de un gran árbol de jenízaro, donde estaba reunida la gente, estaba un violinista alto y negro que nunca antes había mirado. Con él pasó tocando la noche. De esta anécdota don Felipe, en broma y medio chirizo aún dice: Creo que toqué con el diablo, porque era un fenomenal e incansable músico.
Recopilador de sones, polkas y mazurcas
Don Felipe se dio a la tarea de recopilar sones, polkas, mazurcas, zapateado, tonadas y música popular regional, por lo que su biógrafo, Juan Urbina Osegueda, lo califica como un excepcional músico, un Patriarca del Folclor Segoviano.
En sus discos, de ritmos norteños, con acordeón, violines, guitarras y requinto, da a conocer piezas como La regadilleña, La revienta caites, La quiebra charcos, Malaquita, Jacinto Hernández, Pedro Amador, y La Walter Rugama. Muchas de estas mazurcas y piezas no tenían nombres, porque según don Felipe tuvo que bautizarlas con el nombre del lugar o del personaje, para poder inmortalizarlas.
Por ejemplo La Regadilleña la escuchó cantar a un señor de El Regadillo. O la mazurca La Charramanduzca fue recogida de un poema de Tomás Rayo, que le puso música. Pero la historia de la fiesta real, que origina esta pieza, era de un cumpleaños de la hija de doña Ana Gadea, afirma don Felipe. Esta canción inicia irónicamente así: Dice la Charramanduzca, dice la chica pelona, que la mujer charramanduza, tiene más grande la loma . Otra de las canciones bullangueras es El grito del bolo, y el que la tocó primero fue Polo Romero, de San Nicolás de Achuapa, la que fue posteriormente recopilada.
Pero una de las piezas que salta como toro levantapolvo es la La revienta caite, este zapateado tiene su propia historia: Trino Navarro era un rezador de Patio Grande al que invitaron que fuera a rezar a El Sauce, y la ley era que hasta que terminara este acto se empezara a bailar, pero este terminó de rezar pasada la medianoche.
Y la primera pieza la baila él, entonces don Felipe y sus muchachos toman sus guitarras y le truenan un zapateado anónimo; a medio baile a Trino se le revienta la coyunda al caite, entonces los músicos en señal de desquite le alargaron la pieza. Hoy esta pieza lleva este nombre.
Pero sus primeros recuerdos vienen desde su infancia, cuando su mamá lo llevaba a las fiestas campesinas, pretender entonces ejecutar una guitarra, era un sueño imposible, pero que conquistó poco a poco, prestando guitarras a sus amigos. Fue a los trece años que escuchó su primera pieza recopilada años después, La Polka de Jacinto.
Don Felipe y sus cachorros y otros grupos norteños
Después de cantar por más de treinta años, funda con sus hijos en 1972 el grupo Don Felipe y sus Cachorros, el cual está formado por: Leopoldo, Pedro Antonio, Luis Felipe Urrutia Aráuz; luego se agregaron Róger Felipe Urrutia Iglesias, Roberto Carlos Valenzuela Urrutia, Gersán y Luis Moisés Delgadillo Urrutia.
La primera vez que tocaron en público fue en la Plaza de Toros, en Estelí, junto al Indio Pan de Rosa, Noel Pérez Urbina, Carlos Mejía Godoy. Luego en el teatro Montenegro y Estelí. La primera gira fuera del municipio fue a Monimbó, Masaya, y en los ochenta a Managua.
Ahora en su largo historial este grupo cuenta con participaciones en teatros y festivales internacionales. Este grupo familiar ha pasado las duras y las maduras, ha estado a punto de desintegrarse por falta de trabajo y promoción. Ha grabado dos discos de polkas y mazurcas, pero aún sigue unido y bailando en su último bastión cultural, su propia casa o debajo del árbol de la India.
Sobre otros grupos de la música popular norteña Luis Felipe Urrutia reseña que hubo otros grupos musicales, siempre de origen familiar a los que les gustaba poner serenatas, polkas y mazurcas. Entre los que recuerda a los Hermanos Gámez, los Hermanos Chavarría y los Hermanos Huete, estos últimos una vez estaban tocando con sus hermanos los Urrutia, en la comunidad de La Labranza, donde se dio otra macheteansina que los puso a correr.
Y cuando se da la macheteadera, nos cuenta, el pleito se les venía contra ellos, por lo que tuvieron que subirse a unos bunques de madera para pilar maíz, y luego salir corriendo por unos potreros para salvar sus vidas, ya que lo único que tenían para defenderse eran sus guitarras, violines, guitarrones y acordeones. Y todo paró hasta que unos jueces de mesta llegaron a detenerlos lazándolos con sogas, como si fueran toros o caballos salvajes.
Esta no es la historia en breve de la música norteña, no más un preparito para mientras baja la alforja repleta de vivencias de don Felipe y sus caiteadas, memorias de la casa de El Limón, de La Tunosa, Aguas Frías, San Nicolás y El Regadillo, entre otras comunidades de tierra adentro, en Estelí, donde aún sobreviven estos grandes artistas de la música folclórica segoviana.