En el Campo de Marte de Sao Paulo, abundaban las efigies de Fray Galvao entre una multitud de un millón de personas que asistió a la misa en la que Benedicto XVI elevó al altar al primer religioso nacido en Brasil. (LA PRENSA/AFP/A. SCORZA)

Papa canoniza a Fray Galvao

Brasil ya tiene a su primer santo local [doap_box title=»Las pastillas» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Fray Galvao, el flamante primer santo brasileño es conocido desde hace casi dos siglos por sus “pastillas milagrosas” . El monje franciscano murió en 1822 a los 83 años . Desde hace más de dos siglos, miles de creyentes concurren a un […]

  • Brasil ya tiene a su primer santo local
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Fray Galvao, el flamante primer santo brasileño es conocido desde hace casi dos siglos por sus “pastillas milagrosas” . El monje franciscano murió en 1822 a los 83 años .

Desde hace más de dos siglos, miles de creyentes concurren a un antiguo monasterio en el centro de Sao Paulo para recibir e ingerir diminutas bolitas de papel que suponen milagrosas y que contienen una oración escrita por el ahora san Antonio de Sant'Anna Galvao.

Las pastillas de Fray Galvao, que según sus creyentes sirven de cura para una cantidad de dolencias, están hechas de finísimo papel de arroz. Para ser bendecido por un milagro los devotos deben tragar tres de esas píldoras en un período de nueve días o una novena.

Para los médicos, e incluso algunos miembros de la Iglesia, su poder de curación no es más que un efecto placebo y superstición. No obstante, las pastillas y su supuesto efecto fueron decisivos para el proceso de santificación.

Fray Galvao fue beatificado en 1997 por el Papa Juan Pablo II para pasar a ser el primer beato brasileño. La tradición de las pastillas nació entre 1785 y 1788 cuando dos hombres pidieron a Galvao que rezara por la salud de dos familiares enfermos. El franciscano no pudo ir personalmente a ver a los enfermos, pero les envió la oración escrita en un pedazo de papel y recomendó que la hicieran tomar como remedio. Según la historia, ambas personas sanaron.

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El Papa Benedicto XVI le dio el viernes a los brasileños su primer santo en una misa con un millón de fieles a quienes pidió defender la castidad y el matrimonio.

“Declaramos y definimos como santo al beato Antonio de Sant'Anna Galvao y lo inscribimos en la lista de los santos y establecemos que, en toda la Iglesia, sea devotamente honrado entre los santos”, dijo el pontífice ante una emocionada multitud estimada en un millón de personas, por el Ejército.

Desafiando el frío, cientos de miles de personas invadieron desde la madrugada el aeródromo de Campo de Marte, donde Juan Pablo II había celebrado también una misa en 1980, en su primera visita a Brasil.

Pero a diferencia de aquella celebración, la misa careció de música o danzas locales y fue una sobria ceremonia clásica, lo que no impidió la emoción de los fieles por tener su primer santo nativo.

“Brasil es grande, Brasil es lindo y ahora tenemos un santo, (…) tenemos mucha suerte”, celebró Juliane Oliveira de Souza, de 17 años, estudiante de Río de Janeiro.

Benedicto XVI llamó a seguir el ejemplo del santo, “en una época tan llena de hedonismo”, con la práctica de la castidad dentro y fuera del matrimonio. Llamó además a decir “no” a la prensa que “ridiculiza” la virginidad antes del casamiento y la “santidad del matrimonio”.

Antonio Galvao de Frana fue un hombre devoto que dedicó su vida a ayudar a enfermos y menesterosos. El primer santo brasileño nació en 1739 en Guaratinguetá, municipio del estado de Sao Paulo, en el seno de una familia acomodada y profundamente cristiana.

Fue presbítero de la Orden de los Frailes Menores Alcantarinos o Descalzos y en vida se le atribuyeron varios milagros relacionados con la curación de embarazadas y personas con problemas renales.

Tomó el nombre religioso de Antonio de Santa Ana Galvao y de 1752 a 1756 estudió en el Colegio de Belén, de los padres jesuitas. Por el clima antijesuita de entonces, su padre prefirió que ingresase en la Orden de Menores Descalzos de la Reforma de San Pedro de Alcántara.

El 16 de abril de 1761 pronunció sus votos solemnes; un año después fue ordenado sacerdote y se trasladó al Convento de San Francisco, en Sao Paulo, donde continuó con sus estudios de Filosofía y Teología. Su vida estuvo marcada por la fidelidad al sacerdocio franciscano, así como por su devoción y dedicación a la Inmaculada Concepción.

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