- En busca de “La Madre de Dios” peregrinó por muchos lugares de Nicaragua para enviar sus “remesas” a la autora de sus días. Hasta que decidió volver para abrazarla y acariciarla. La encontró muerta… “Sólo tuve el consuelo de poder enterrarla”, lamenta Marcelino García Guido
[/doap_box]
La vida migratoria del campesino nicaragüense que va por los caminos arrastrando su hambre, doblegando su dignidad, sometido a explotación y masticando sinsabores fue la que marcó durante varios años la existencia de don Marcelino García Guido, respetable varón que ejerce el oficio de “sobador” en el pueblecito de Buenos Aires, departamento de Rivas.
Triste es la cara cobriza de don Marcelino, viva expresión de su pasado que fue de sufrimientos y privaciones, sin embargo, en sus ojillos rasgados de indio niquirano se encienden chispas de gratitud hacia Dios, al que pone como autor y providencia de su pasado y guía segura en sus nuevos destinos.
Sin duda es el personaje más conocido de Buenos Aires porque sus “manos mágicas” han mitigado dolores y curado a millares de personas que han llegado a que les una los huesos rotos y les corrija “zafaduras” y “cuerdas torcidas”.
Ahora está sentado en su viejo taburete, su voz casi es un murmullo, sus ademanes cansados sin alteración alguna. Comienza como quien no quiere la cosa, pero al transcurrir el diálogo aumentan sus deseos de comunicación y se vuelve más didáctico. Pienso que así ha de haber sido Martín Fierro, el gaucho, payador sencillo, sabio y aconsejador.
EL DOLOR DE UN BUEN HIJO
“Yo nací hace 73 años en un lugar al que llaman Los Cerros, allá por San Rafael. Porque mi mamá fue muy pobrecita mi padre la abandonó, mi padre fue ingrato, por eso digo que yo no tuve padre. Pero mi madre se puso los pantalones en los que no cabía mi padre y a punto de planchado y lavado fue criando a sus cinco cipotes hasta que ya Dios nos puso grandecitos. Así anduvimos al lado de ella, trabajando, espulgando caña, buscando el sesgo de la vida”, recuerda.
Un día decidió venirse para este pueblo, pero para entonces ya podía ayudarla, fue en ese tiempo que decidió buscar trabajo allá por la montaña de El Cenicero, se trataba de cortar seis palos de cedro al día, por lo que le pagaban seiscientos pesos diarios, con los que tenía para mandarle algo a su mamá.
¿Cuándo emprendió el regreso?
Ya tenía unos realitos cuando se me ocurrió volver. Antes pasé comprando dos litros de leche y unas rosquillas para mi mamá. Hasta me vine en un taxi para estar más temprano, almorcé en un comedor campesino y estaba comiendo cuando apareció una muchacha que cuidaba a mi mamá. Algo pasa, me dije, pero ella no me decía nada. Ya antes me había ocurrido un suceso como de premonición. Estoy cortando un palo al borde de un guindo, para que no me caiga encima le puse dos palos cruzados, así (cruza los dedos formando una equis). De repente se me viene encima, yo sentí como que alguien me agarró y me quitó de donde cayó el palo, que si no me hubiera matado. Dios decidió que viviera para lo que venía. Eso fue como a las diez de la mañana, después me decidí a venirme, fue cuando la muchacha dispuso decirme… “Murió tu mamá”. La fui a ver, estaba muerta. Mi dolor era atroz. Decidí todo lo del entierro. Como yo tenía una caja que había comprado porque estuve grave y me escapé de morir, ya no gasté en eso. Fuimos a Rivas a comprar todo lo de la vela, dos sacos de pan y seis libras de café. Eso fue en tiempos de la guerra. La enterramos aquí en Buenos Aires, iban como dos cuadras de gente en el entierro, porque ella, doña Josefa García Morales, era muy querida en esta villa. Fue madre en todo el sentido de la palabra, nunca nos dejó botados.
¿Tuvieron oportunidad de estudiar?
No, nada, si mi madre fue pobrecita, pobrecita, yo no sé leer.
AVENTURAS EN BLUEFIELDS
¿Cómo aprendió el arte de sobar?
Eso fue antes. Mi mamá tenía cuatro manzanas de tierra hipotecadas y estaba a punto de perderlas, yo era puntero de allí de Los Palmares y tenía ahorrados trescientos dólares. “Me voy a ir — le dije—, para ver si gano para salvar la propiedad”. Yo le hago al machete, al hacha, a la sierra y a cualquier cosa. Encontré un trabajo de puntero allá por La Batea ganando cincuenta pesos, pero un día llegaron dos señores que necesitaban diez hombres para ir a trabajar a Bluefields. No lo pensé mucho, en cuanto nos pagaron abordamos el camión que nos llevó a Bluefields. No recuerdo los nombres de nuestros jefes pero entre ellos estaban tres doctores, uno de ellos era doctor en huesos. Mi trabajo era derribar palencones, pero en mis horas libres le pagaba cuatrocientos pesos al doctor para que me enseñara. Yo ganaba cien pesos diarios. Así fui aprendiendo a sobar y tratar los problemas de los huesos.
¿Practicó mucho el quehacer de sobador?
Yo aprendí y trabajé mejor que ellos porque también entendí el secreto de los sobadores de Bluefields. Al fin resultó que a ellos no les llegaba gente y a mí sí, pero como ellos eran como si fueran mis padres, entonces les digo yo: “Trabajen aquí en la casa, lo que yo gane lo vamos a repartir entre todos” y así fue. Aún así recogí los tres mil pesos y se los mandé a mi madre para que recuperara sus tierras. Dos años estuve trabajando en Bluefields y después regresé y ya comencé a trabajar aquí. Y ya me casé con esa mujer, mi madre era como una madre para ella, se murió mi madre y ahora ella es mi madre, se llama María del Carmen García Guevara.
“SOBO CON AYUDA DE DIOS”
¿En qué consiste el arte de sobar?
Si viene usted y me dice “se me quebró este brazo”, yo lo pongo en manos de Dios, del Santísimo, del Espíritu Santo y de la Virgen Santísima. Y comienzo a sobarle desde el sentido (las sienes), después le sobo la espalda, paso al brazo, el bueno. Cuando ya termino allí se siente rico, me voy al brazo fracturado y procedo a engarzar la fractura que ya sé cómo es y cómo se debe proceder. Si yo fuera como un doctor no viviera en esta casita tan humilde, porque no me parece estafar a la gente.
¿Con qué soba, con un ungüento?
Con zepol. El experto sabe cuando engarza el hueso, después le pongo ahí unas vendas. Viera, si son “gentillales” los que vienen aquí. Hoy ya sobé como a cuatro o cinco.
¿El procedimiento para las zafaduras?
Igual, lo pongo a la orden de Dios, después se lo subo el brazo así, ¿vea? Se lo jalo un poquito y de ahí vengo, meto mi brazo desde aquí y se lo vengo bajando así, despacito, crack, entra y si no entra yo vengo, lo agarro así, se lo subo doblando el codo, el brazo así y entonces lo agarro aquí y “prac” entra, cuando ya engarzó le pongo la pomada de la vaca y lo ligo. Usted se va tranquilo. Cuando no hay quebradura con una sobada tiene, pero cuando hay fracturas necesita de tres a cuatro sobadas.
¿Cuánto dura cada sobada?
Dos horas y a veces dos horas y media. Aquí me han venido pacientes de hasta 120 años. Una viejita me vino ya enyesada, le quité ese yeso y ra, ra, ra, le pegué dos sobadas, era fractura mal curada y Dios por mi mano la compuso. Figúrese que vino una muchacha que tenía desencajada la quijada y entonces la iban a operar. Otra amiga le dijo: “No te operés, anda para allá” y le dio mi dirección. Se vino la muchacha y le sobé los dos brazos, el brazo que le dolía menos, allí lloró, y aquí el brazo malo. La pongo en manos de Dios, la agarro de aquí, le meneo primero ahí y cra, cra, cra, acaba de entrar. Se la meneo con cuidado, le digo, “enseñá hija”. Entonces ella me dice: “Ya no me duele” y menea la boca. Dios me ha puesto para hacer su obra, me ha agarrado de instrumento.
¿Qué días trabaja en esto?
Todos los días. Hoy ya he sobado a cuatro. Pero es agotador este trabajo. Figúrese que ahora tengo un dolor aquí en el cerebro. Cuando usted tenga dolor en el cerebro que le soben aquí (la nuca), que le den fuerte así para abajo y para atrás. Porque mire, nosotros tenemos un tejido que del cerebro pasa aquí, de allí se viene ahí por la canilla, pasa por detrás y chás se mete.
¿Cuántos años tiene de sobar?
Yo tengo 50 años de sobar sin explotar a la gente. Antes, cuando estaba más joven, iba a las casas, pero ahora no porque mucha gente viene y no puedo salir mucho.
¿Y cuánto les cobra?
Bueno, yo les quito cincuenta córdobas por la sobada.
¿Puede vivir con lo que gana en este oficio?
Pues, sí. No quiero ser rico, se gana para medio comer, pero se vive.