La reacción de algunos líderes cristianos nicaragüenses, católicos y de diversas denominaciones evangélicas ante la anunciada visita a Nicaragua del puertorriqueño radicado en Miami, José Luis de Jesús Miranda —líder del movimiento “Creciendo en Gracia”, quien dice ser Jesucristo— justifica una reflexión sobre la educación de los líderes religiosos.
En la Iglesia católica hay una larga y bien cimentada formación educativa de sus líderes, pero por lo general la educación de los sacerdotes no se refleja en el conocimiento religioso que tienen los feligreses. La instrucción bíblica de los católicos es limitada. El católico promedio es tímido para discutir el contenido de la Biblia, lo que quizá resulte de un excesivo paternalismo doctrinal de los sacerdotes.
Por otra parte, en la Iglesia evangélica —entendiendo como tal, los diferentes grupos no sectarios que son reconocidos por su seriedad y responsabilidad— la educación superior de sus pastores ha ido a la saga, a pesar de que en casi todos los países latinoamericanos hay universidades evangélicas que ofrecen licenciaturas en estudios bíblicos.
Hablando del papel que juega la educación de los líderes religiosos, Raví Zacarías, un apologista cristiano convertido del hinduismo, dijo en una entrevista concedida a la revista Leadership, hace varios años: “La mayoría de las profesiones se pueden dar el lujo de estudiar una sola línea de pensamiento. Si yo soy un maestro de biología, por ejemplo, la biología es mi disciplina y es lo único de lo que tengo que ocuparme. Si soy un jugador de jockey, el jockey es lo único que tengo que perfeccionar. Pero el pastor o el predicador cristiano de hoy tiene que tratar con muchos campos del saber debido a que su audiencia es muy diversificada y la gente se vuelve a él en busca de sabiduría para poder conectarlo todo (…) Con el crecimiento exponencial que experimenta hoy día el conocimiento, es muy fácil sonar ignorante”.
En realidad, la preparación de los líderes religiosos no debe concentrarse en los temas considerados sagrados sino ampliarse a otras áreas del saber que les deben servir como instrumentos de trabajo. Kenneth Alan Moe, en su libro, El Manual de Sobrevivencia del Pastor, publicado por el Alban Institute, dice: “Los pastores que hacen esfuerzos por mantenerse aprendiendo y para estar al día en cuestiones sagradas y profanas, hacen un mucho mejor trabajo que quienes simplemente se quedan con lo que aprendieron hace diez o veinte años. Los pastores que leen con amplitud buena literatura, revistas, catálogos, periódicos, etc., están en mejor posición de servir a sus feligreses que aquellos que sólo leen comentarios bíblicos o la Biblia misma o sermones”.
La educación de los líderes religiosos, además, les sirve para establecer credibilidad ante otras tradiciones religiosas y ante la sociedad en general. Los evangélicos cargan con un estigma de ignorancia porque los estándares requeridos para convertirse en pastor son prácticamente nulos. Cualquiera puede —de un día a otro— tomar una Biblia y comenzar una congregación. Pero el ejercicio de la función de pastor religioso debería sujetarse al cumplimiento de ciertos requisitos fundamentales, entre ellos, claro está, un título universitario.
Históricamente hay al menos tres factores que han frenado la educación religiosa: (1) el conformismo que produce la falta de visión, pues cuando se aspira a poco, se consigue poco; (2) el prejuicio hacia lo intelectual o académico. Este antiintelectualismo probablemente tenga sus raíces en el surgimiento de la teología liberal europea del siglo XIX, con su excesiva carga de racionalismo y la negación de lo sobrenatural. Sin embargo, a estas alturas, ha quedado demostrado que es posible beneficiarse de las herramientas de estudio creadas por los teólogos liberales sin que necesariamente se asuman sus presuposiciones racionalistas; (3) temor a lo nuevo porque constituye un reto a las creencias y tradiciones algunas de las cuales tal vez tengamos que abandonar.
El conocimiento que produce la educación es el mejor antídoto contra los charlatanes sedientos de dinero y de una notoriedad que, de otra forma, no podrían obtener jamás.