El Presidente de Brasil Luiz Inacio Lula da Silva levanta una muestra de etanol producido en una planta en Curitiba. (LA PRENSA/AP)

Petrobras se despeina

La petrolera brasileña se suma a la onda verde de la energía y dirige su estructura para transformarse en el principal jugador del etanol del mundo. Algo que hace temblar a los productores Rio de Janeiro y São Paulo A José Sergio Gabrielli le gusta reír. Así, como en las fotos de al lado, el […]

  • La petrolera brasileña se suma a la onda verde de la energía y dirige su estructura para transformarse en el principal jugador del etanol del mundo. Algo que hace temblar a los productores

Rio de Janeiro y São Paulo

A José Sergio Gabrielli le gusta reír. Así, como en las fotos de al lado, el más alto ejecutivo de la petrolera brasileña Petrobras es reconocido donde quiera que vaya por su sonrisa afable y relajada.

Razones para estar contento tiene: tras asumir a mediados de 2005 como presidente ejecutivo de la mayor empresa de Brasil, Gabrielli ha encabezado varios de los mejores hitos de los 53 años de historia de la compañía.

El más importante es haber conseguido en 2006 la autosuficiencia energética para su país, gracias a continuos aumentos de la producción que en enero de 2007 llegó a 1.78 millones de barriles/día de petróleo y gas sólo en Brasil.

También consiguió resultados récords, con ventas de US$72,156 millones en 2006, un alza de 16 por ciento frente a 2005. Y a pesar de las polémicas vividas con sus operaciones en países vecinos, la compañía ha aumentando significativamente las inversiones en su proyecto de internacionalización, que hasta 2011 sumarán US$12,100 millones, con destinos tan diversos como India, Tanzania y Pakistán.

Pero para Gabrielli las mejores razones para reír podrían venir de un área distinta a la de los hidrocarburos, el más tradicional de sus negocios.

El ejecutivo quiere transformar a la empresa en la locomotora exportadora del proceso que podría hacer de Brasil el epicentro de un nuevo Medio Oriente: la revolución energética del etanol.

El combustible que ha ganado fama en todo el mundo en las últimas semanas debido a los anuncios de George W. Bush de fomentar su uso en Estados Unidos, no tiene mejores condiciones de producción en el mundo que las brasileñas. Esto no es sólo gracias a su clima y a las enormes áreas cultivables que tiene el país sudamericano. También porque el país lleva décadas invirtiendo en tecnología para obtener de la caña de azúcar la mayor productividad en la fabricación de etanol que se consiguió hasta hoy.

Mientras Estados Unidos —el otro gran productor y consumidor de etanol del planeta— produce 3,037 litros de etanol de maíz por hectárea de tierra al año, la caña de azúcar brasileña permite sacar 6,879 litros en la misma superficie.

“Somos los más eficientes en la producción de etanol y tenemos una infraestructura logística que no existe en ningún país del mundo”, dice Gabrielli. “Y Petrobras quiere ser una empresa de energía, o sea, mucho más diversificada que la producción única de petróleo y gas”.

El atractivo de Brasil para desarrollar el etanol, sumado a las presiones ambientales por la búsqueda de una energía limpia y la inestabilidad del suministro —y posible escasez— de petróleo han hecho correr a miles de inversionistas de todo el globo para poner una bandera en los campos y las usinas brasileñas donde se produce este alcohol a partir de la caña y estirar los 20,000 millones de litros que Brasil produce al año (de los que 15,000 millones van al mercado interno).

El caso más glamoroso de esta tendencia es el de Brasil Energy, fondo encabezado por el ex-presidente de Petrobras Henri Phillip Reichstul, quien consiguió reunir US$2,000 millones entre nombres como James Wolfenson, ex-presidente del Banco Mundial; Vinod Khosla, fundador de Sun Microsystems y Steve Case, fundador de America Online, con el objetivo de crear un polo de producción de etanol.

“Hoy el etanol envuelve más marketing que volumen de producción, pero en 2015 podría convertirse en un combustible de peso en el mundo”, dice el brasileño Jean-Paul Prates, de la consultora de petróleo y gas Expetro, en Río de Janeiro.

DIABLO CONOCIDO

Pero mientras los nuevos participantes se posicionan para largar, Petrobras corre con la ventaja de conocer el territorio desde hace 30 años, cuando apoyó la implementación del primer programa de uso del etanol en el país (Proalcohol).

Desde ese día no sólo se dedicó a probar cómo mezclar el etanol con el combustible fósil, sino que empezó también a estructurar una red de transporte y distribución de etanol por todo el país. Pero hoy los intereses de Gabrielli van mucho más allá que los de entonces. No sólo quiere transformarse en el principal distribuidor y comercializador del etanol en el mundo.

También quiere empezar a producirlo. “Estamos interesados en la logística y comercialización, pero estamos discutiendo cómo integrar el proceso de producción”, dijo conservadoramente a América Economía sólo unos días antes de que se firmara un memorándum de entendimiento con Japan Bank International Cooperation (JBic), a inicios de marzo, el empujón definitivo para que Petrobras asumiera la intención de extender de una vez su actuación al sector productivo. Además, anunció la posible creación de una subsidiaria exclusivamente dedicada a comercializar internacionalmente etanol. Y con la japonesa Mitsui buscará socios para construir 40 usinas, cada una de ellas avaluada en US$ 200 millones.

Es así como se llevarían a cabo los planes de Gabrielli de exportar 3,500 millones de litros del biocombustible en 2011. De eso, un 90 por ciento iría a Japón, donde Petrobras creó en 2006 en conjunto con la japonesa Nipon Alcohol Banhai, una firma llamada Brazil-Japan Ethanol Co. Ltd., para cuidar la importación y distribución. Una escala muy superior a los parcos 120 millones de litros de alcohol exportados por la compañía en 2006 a Venezuela y Nigeria y la previsión de embarque de 850 millones de litros este año, con posibles nuevos contratos en Asia y la Unión Europea.

Pero para conseguir todo esto es necesario aún aumentar la eficiencia logística de la producción de etanol al interior de Brasil. Uno de los cuellos de botella mayores son las largas filas de camiones que esperan cargar y descargar los miles de litros que portan en sus estanques en los distintos centros de distribución. Una solución sería la construcción de un etanol-ducto de 800 km, que conectaría Goiás, en el Centro-Oeste del país, Minas Gerais y el interior de São Paulo con el puerto de San Sebastián. Una inversión de US$600 millones en seis años y que aliviaría en parte a la industria de la pesada carga logística que implica exportar en Brasil.

No obstante, no todos miran con agrado tanta intromisión de la petrolera estatal en la industria. A algunos les preocupa que la construcción del ducto, por ejemplo, implicaría oficializar una estructura monopsónica del mercado, en que muchos productores tendrían que vender su etanol a un solo comprador.

“Eso se complica aún más si Petrobras empieza a producir también a gran escala, porque hará competencia desleal”, dice un empresario del etanol quien pidió no revelar su nombre.

EL FANTASMA POLÍTICO

Los mayores temores vienen de las posibles injerencias políticas dentro del mercado del etanol que la empresa podría impulsar.

“Cuando Petrobras se vuelve rígidamente a sus intereses empresariales, donde es competitiva y posee un modelo de gestión elogiado, está beneficiando a su mayor accionista, que es el país”, dice Laura Tetti, consultora de la UNICA (Unión de la Agroindustria de Cultivos de São Paulo), que actualmente concentra un 65 por ciento de la producción de etanol brasileño. “Pero la esencia de Petrobras es otra y el hecho de ser estatal no le da el derecho de definir lo que es política de desarrollo nacional”.

Se trata de fantasmas que acompañan a Petrobras por donde vaya y que ni la obstinación de Gabrielli en negarlo podrá resolver. Aunque casi la mitad de la propiedad (44.3 por ciento del capital votante) esté esparcida en el mercado en acciones en la Bolsa de São Paulo y ADR en la Bolsa de Nueva York, es el Gobierno el que nombra a su presidente y principales ejecutivos. Se trata nada menos que puestos más codiciados que muchos ministerios, debido a que cuenta con un presupuesto anual que supera al de muchos de ellos y que incluso supera al PIB de algunos países latinoamericanos.

“Petrobras tiene una administración profesional y entra en negocios de viabilidad comprobada, lo cual es un mérito”, dice Prates, de Expetro. “Ahora, depende del Gobierno y de los agentes del sector no dejar que eso acontezca y que no se desarrolle un sesgo intervencionista”.

Para otros, lo recomendable es que Petrobras apoye el desarrollo de esta industria, participe en proyectos cuando sea preciso y ofrezca una tarifa justa y coincidente con las inversiones que hizo. Su preponderante rol fue reconocido por el mismo George W. Bush, quien a pesar de ser texano y petrolero, en su última visita a Brasil fue guiado por Gabrielli y Lula para conocer una de las subsidiarias de la empresa, tras lo cual firmó con Lula un compromiso entre los dos países de investigación e inversiones en etanol. Unos días antes de su visita, Jeb Bush, gobernador de Florida y hermano del presidente estadounidense, había desembarcado en São Paulo y en reunión con empresarios afirmó preferir “comprar alcohol de Brasil que petróleo de Venezuela”.

Claro, se trata de palabras que aún no salen de las buenas intenciones. Lo que hay de concreto actualmente es muy poco, pues los países que usan en gran escala el etanol como combustible son sólo Brasil (un 40 por ciento del consumo total) y Estados Unidos (un 2 por ciento).

En Brasil, a pesar de ya tener una historia de décadas, hay un mercado que se consolidó en definitiva hace sólo dos años, gracias a la popularización de los coches híbridos, que sólo el año pasado representaron ventas de 1.4 millones de unidades.

Pero para Estados Unidos, a pesar de las buenas palabras y de la proyección de demanda de 132,500 millones de litros del combustible verde para 2017, no podrá ser considerado oportunidad para el etanol brasileño mientras no se elimine el arancel de US$0.54 por galón más un impuesto del 2.5 por ciento.

CUESTIÓN DE MEZCLA

No será hasta que los mercados potenciales cuenten con el mismo privilegio brasileño de tener al menos una bomba de alcohol en cada estación de combustibles y coches adaptados para mezclas, cuando este proceso empezará a acelerar.

Primero se requiere un cambio en las regulaciones internas para la mezcla en la gasolina, como es en Brasil (hasta un 25 por ciento) y está siendo negociado en Japón (un 3 por ciento).

“Eso ya será suficiente para que los países tengan que garantizar el abastecimiento y que comiencen a recoger contratos de largo plazo”, dice Prates. Ése es un factor clave para un producto cuya elaboración aún depende de la decisión del empresario, que aun suele sustituirla por la producción de azúcar dependiendo del precio de mercado de cada uno.

“Hoy la industria se mueve al ritmo de un mercado agrícola de pre-revolución industrial y el precio de los combustibles, algo que no genera estabilidad”, dice Tetti, de UNICA. “Por eso la iniciativa de Brasil y Estados Unidos de hacer el producto en commodity es de extrema importancia”.

Pero si ese nuevo nicho energético no espera ver resultados en el corto plazo, Petrobras podría cosechar dividendos de inmediato, reflejados en una posible valorización de la empresa por estar de la mano con la revolución verde brasileña.

Algo que vendría bien, dada la desvalorización del 12 por ciento que ha tenido la compañía en lo que va del año y que la ha convertido en la principal culpable por la caída de Bovespa.

“La valorización del mercado del etanol y la inversión de Petrobras en esa área es un factor positivo para la compañía, ya que demuestra que sigue la tendencia de las mejoras del sector de no contar solamente con petróleo y gas en sus operaciones futuras”, afirma Mauro Andrade, analista de Deloitte Petroleum Services, en Río de Janeiro.

Podría significar un respiro no sólo en su batalla contra la vulnerabilidad a los precios internacionales del petróleo y a la desconfianza que se le tiene aún por su vínculo estatal.

La decisión de Lula de transformar la compañía en baluarte de la integración regional también ya mostró su precio para el bolsillo de los accionistas.

A pesar de registrar un lucro récord de US$25,900 millones en 2006, la más alta registrada por alguna empresa de capital abierto en América Latina, sus operaciones internacionales no mostraron el mismo rendimiento: cayó 75 por ciento, US$661 millones en 2005 a US$159 millones en 2006, principalmente por la ejecución de nuevos contratos con Bolivia y Venezuela.

A eso aún se sumó la renegociación con Bolivia del precio del gas comprado por la empresa en febrero, que según cálculos del Gobierno boliviano puede generar un perjuicio para la empresa de US$100 millones al año. Pero Gabrielli sonríe.

Siente que el color verde le viene bien y que pronto la fuerza del etanol podrá reflejarse en buenos números.

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