- Hubo a principios del siglo pasado un ferrocarril que unía San Jorge con San Juan del Sur… Un día desapareció como por arte de magia. Sólo quedó la trocha. “Hablar de eso ahora es como contar cuentos de trenes fantasmas”, dice don Santos Siézar
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“Existen personas de Nacascolo que aseguran que en horas de la noche se escucha el chirrido que producían las ruedas del ferrocarril fantasma al subir la cuesta de San Antonio. Chillaban porque los rieles eran bañados de arena para que al jalar no resbalaran”, dice el Tío Santos satisfecho de que alguien se interese en conocer cosas de la Rivas “de antes”.
Debe saber, querido amigo —le digo—, que en lo que se refiere a rutas de transporte desaparecidas, el istmo de Rivas tiene su capítulo especial. Recuerde que a mediados del siglo XIX existió la Ruta del Tránsito de míster Vanderbilt, y con ella un camino ancho y frondoso que unía La Virgen con San Juan del Sur.
Por esa ruta transitaban las diligencias de la empresa de don Enrique Gottel y don Pedro Ruiz de la Tejera, que transportaban a los pasajeros que se dirigían al lejano Far West norteamericano.
De aquel emporio sólo quedan algunos postes de lo que fue el puerto lacustre de La Virgen; del camino sombroso no hay vestigios ni del hotel de paso, donde pernoctaban los viajeros a la espera de que llegara barco a San Juan para continuar su viaje.
“Ese abandono —complementa el Tío Santos— se debió, entre otros factores, a la apertura en 1914 del canal de Panamá, que ocasionó el desuso de la ruta por Nicaragua”.
JOSÉ SANTOS SIÉZAR PILARTE
Los años, las dietas y la experiencia han hecho cambios notables en el Tío Santos, o en don José Santos Siézar Pilarte, su nombre real. Aquel que era un excelente deportista, de ágiles reflejos y conversador de “toma y daca” se ha convertido en un varón grande, robusto, pausado y de andar más calculado, aunque como remanente del ayer no se le quita lo bailado de “chilero” pone nombres e ingenioso cuenta cuentos en los velorios.
¿Por qué eso de Tío Santos, será algo como el Tío Donald?
Algo así. Sucedió que yo trabajé mucho tiempo al lado de un mi sobrino y donde quiera que andaba sólo me decía tío, tío por aquí, tío por allá, mi tío para esto, mi tío para aquello. Total el tal tío se volvió popular y después todos me decían tío, el Tío Santos va, el Tío Santos viene.
¿Quiere decir que tiene muchos sobrinos?
Tengo sobrinos hasta de sobra. En Rivas todos me dicen “tío”, aunque yo soy de San Jorge. De eso hace como 23 años.
¿Por qué se vino a vivir a Rivas?
Bueno, porque mi papá murió y yo me vine a Rivas con mi mamá, tenía siete años cuando nos trasladamos. En San Jorge mi padre era agricultor, carpintero y artesano. Ahora tengo 69 años.
¿Aquí sobrevivieron?
Sí, vivíamos en la calle de los rieles donde pasaba el tren, ahí teníamos una casita donde nos ubicamos.
¿Viajó usted en ese tren?
Sí, yo trabajé en él.
VIAJANDO EN EL TREN CHILLÓN
Tengo idea que en cierta ocasión, siendo niño, viajé en ese tren. Recuerdo que las ruedas le chirriaban al bajar una cuesta…
Sí, era la famosa cuesta de San Antonio. A los rieles les echaban arena para mejorar la tracción de las ruedas. Al bajar para evitar que el convoy se desbocara y al subir para mejorar el agarre de las ruedas sobre los rieles. En la parte delantera de la máquina había unas compuertas que el maquinista abría para que la arena cayera sobre los rieles. Si con todo y eso la máquina no avanzaba entonces poníamos breque a los vagones y si traíamos seis nos llevábamos dos o tres a la “Y” (Y griega) del cambio de San Antonio donde ya era parejo, los dejábamos ahí y volvíamos por los otros.
Ese tren salía de San Jorge a las seis de la mañana y llegaba a Rivas a las seis y cuarenta y cinco. Continuaba su viaje pasando por las siguientes estaciones: La Chocolate, La Nevada, San Antonio, El Plantel, Marsella y al final San Juan del Sur.
¿Esas eran las estaciones?
Se me olvidaba Nacascolo donde había un gran tanque de agua que alimentaba a la máquina.
¿En qué año establecería usted la existencia de ese ferrocarril?
Vea, tendría yo nueve o diez años y ya estaba ese tren ahí. El viajero que venía de Managua, para el caso, llegaba a Granada, tomaba el vapor Victoria o una lancha de pasajeros que lo dejaba en San Jorge. Ahí tomaba el ferrocarril hasta llegar a San Juan del Sur.
¿No había conexión por Jinotepe?
Pues no, el famoso tren de los pueblos tenía su terminal en Jinotepe y de ahí tenían que venirse a Rivas por caminos que se volvían intransitables durante el invierno, de manera que era mejor hacer el viaje por la vía lacustre y ferroviaria que era utilizable tanto en invierno como en el verano. Recuerdo que el tren a San Juan atravesaba cañadas de verde vegetación y muchos lugares de selva virgen. Al aproximarse al puerto se miraba el bellísimo paisaje de las purísimas playas que ahora en su casi totalidad están en poder de extranjeros.
¿Cuánto valía el pasaje en aquel tiempo?
Los precios variaban de acuerdo a la clase, pues había vagones lujosos de primera, modestos de segunda y góndolas que eran las de tercera. En segunda costaba cuarenta y cinco centavos y en góndola veinticinco, ahí viajaban las mujeres campesinas a las que les decían vivanderas.
Muchos viajeros optaban por descansar en Rivas antes de seguir el viaje a San Juan, lo hacía en la Pensión Guido de don Salvador Guido, ahí dormían tranquilos y comían pues también se prestaba el servicio de comedor.
¿Cuántos viajes diario hacía ese tren para San Juan?
Los domingos hacía dos viajes y uno los días de semana. Si había mucha carga podíamos realizar un viaje extra.
¿Cuántas máquinas hacían el servicio en esta ruta?
Tres, una era la “22” para el trabajo rudo, otra era la “23” que funcionaba como “utility” y la “24” para arrastrar vagones de pasajeros. Pero cuando se dañaba la “24”, la “22” salía al rescate corriendo de retroceso.
¿Qué edad tendría usted cuando trabajó en ese ferrocarril?
Tenía más o menos unos 16 ó 17 años.
¿Quién era Presidente cuando se instaló el ramal?
Fíjese que de eso no hay nada. No existe una historia que hable de eso.
¿Había que llevar un vagón de leña en el convoy?
No, la leña caminaba en la misma máquina. Ahí había un depósito donde iba el maquinista junto con el fogonero que era yo. A mí me tocaba echar leña a la caldera y tocar la campana.
AQUELLOS VIEJOS FERROCARRILEROS
¿Recuerda a sus compañeros de trabajo?
Claro que sí. Trabajé con el viejito Manuel Alcocer, que era el conductor, ya murió. También trabajé con don Luis Bonilla, que era el maquinista, y con don Pedro Rodríguez, otro maquinista. Ya esos son todos difuntos. El jefe nuestro en San Jorge era don Efraín Rodríguez que también ya murió.
¿Quién decide terminar con ese ferrocarril?
No retengo eso. Pero supongo que fue cuando se abrió la Carretera Panamericana y ya nadie viajaba en tren. Se dispuso arrancar la vía, incluso yo trabajé arrancándola. Nos íbamos con la máquina de retroceso para cargarla de rieles y durmientes. Los durmientes los vendieron como leña. Tengo entendido que fue el primer tren desaparecido como por arte de magia, después doña Violeta (Barrios de Chamorro) haría desaparecer el resto.
¿Al desaparecer el ferrocarril a qué se dedicó usted?
Antes, cuando era chavalo era lustrador de zapatos, después vendía LA PRENSA, también vendía cositas que mi mamá me mandaba a vender para sobrevivir en aquellos tiempos. Éramos demasiado pobres.
¿Qué acogida le dieron los rivenses cuando vino?
Bueno, como era chavalo jugaba con la chavalada, que beisbol, omblígate, trompo, pegue parado y sentado, que esto y lo otro. Después de lo del ferrocarril me convertí en camionero, íbamos a dejar ganado a Corinto, a traerlo a Chontales, además jalaba arena y en fin todo lo que me saliera.
¿Conoció entonces el Valle Menier?
Sí, ahí cultivaban cacao que se vendía en Francia. Había ahí un gran caserón y cerca estaban las viviendas de los trabajadores. Tenía su propio sistema de energía y luz por medio de aparatos hidráulicos, su particular comisariato y agua en abundancia. Todavía hay algunos rastros de ese emporio.
Y a lo largo de su vida aquí en Rivas, ¿me podría decir cómo es el rivense?
Son buenos amigos, chileros y jodedores. Las mujeres son como la luz del día, mi señora se llamaba Leonor Díaz, pero se me fue al cielo hace diez años. Tuvimos nueve hijos, todos están vivos gracias a Dios, ya todos están casados, tienen hijos y viven en diferentes partes del país, sólo quedé con el menor que es Luis Alfonso. Me hubiera gustado que todos estuvieran conmigo, pero ya son mayores, profesionales y cada quien quiere darse su propia vida. En total tengo 19 nietos que vienen a verme para diciembre o en Semana Santa.
Entonces, me imagino que su casa se llena de ruidos… ¿No le molesta la bulla?
Tengo que soportarla porque acuérdese, una vez al año no hace daño. Esta casa se llena de gente y cuando ellos se van uno queda triste.