DÁNAE RECIBIENDO LA LLUVIA DE ORO. Tiziano Vecellio di Gregorio (1490-1576), pintura italiana (siglo XVI). (LA PRENSA/ARCHIVO)

El amoroso López

Murió esta semana Donaldo López, connotado barbero y fino amante, distinguido por su afecto a la peluquería y debilidad hacia mujeres de crespa cabellera: su vida por un cabello. Andante peregrino cabalgó sobre romanticismo infiel; ávido de aventuras tradujo pretextos de Tirso de Molina, Zorrilla, Mozart, Strauss, Moliere y Byron en una historia: Yo, el […]

Murió esta semana Donaldo López, connotado barbero y fino amante, distinguido por su afecto a la peluquería y debilidad hacia mujeres de crespa cabellera: su vida por un cabello. Andante peregrino cabalgó sobre romanticismo infiel; ávido de aventuras tradujo pretextos de Tirso de Molina, Zorrilla, Mozart, Strauss, Moliere y Byron en una historia: Yo, el Amoroso López.

Donaldo persistió valientemente sobre la personalidad de las hembras, hasta transformar cristiana identidad en heroicas matriarcas, pues siempre su cabeza donjuanesca rodó por los suelos.

Familiares viven consternados por la desaparición de su apreciado Donaldo quien residía en el purgatorio de Miami sin pena ni gloria y llegó a descansar a Juigalpa, su pueblo natal, sin repiques de herrumbrosas campanas. Muere en paz —entre querubines y serafines— cobijado por el orgullo de familiares y amigos que supieron de su sensible fallecimiento.

Dos

Reconocen en corrillos, corrales y corralones que el recordado Donaldo fue hombre desesperado por el amor; urgencias tan apasionadas padeció en torno a sus amoríos, siendo artífice de su propia trampa. No tuvo tiempo para sumar ni restar inconvenientes, no tuvo tiempo para volver a ver hacia atrás los golpes de la vida, como si la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma porque nuestro apreciado fígaro jamás tuvo tiempo para montar en su caballo, mucho menos leer una página del lamentoso César Vallejo.

Émulo de Il Barbiere di Siviglia, siempre jugó a la mentira, con la particularidad que nunca inmiscuyó en las apuestas de la baraja a ninguna de sus damas, el problema constante fue Él y no Ellas. La carencia del “Yo” lo obligó a enfrentar conflictos sentimentales contra sí mismo: la familia, sociedad y religión desestimó.

En Donaldo, los senderos nunca se bifurcaron, todos lo llevaron al mismo lugar: Lilith, Eva, Elvira, Marcelina, Susana, Zutanita y Perengana —con suerte o consorte— lo amaestraron a tal grado que lo traían arrastrado contra los adoquines de la calle. Enamorado de hueso colorado, el pellejo le salía sobrando, su cuerpo espiritual sostenía su verdadera vida insaciable.

Tres

Donaldo López vivía contento con sus navajas, tijeras, espumas, alumbres, mantas, asentadores y sillas: todo relumbraba de limpio frente a los espejos que asomaban cual dignas ventanas, el rostro convencido o la mirada incrédula de sus clientes y amigos. Para entonces ya había caminado su peluquería del barrio Pueblo Nuevo hasta el primer cuadro aristocrático de la ciudad.

Para esa misma época ya había contestado con satisfacción a los Gallup cuando le preguntaron:

— En su trabajo, ¿tiene usted la oportunidad de hacer lo que mejor sabe hacer cada día? Y la respuesta fue un rotundo:

— ¡NO! Los especialistas en evaluación de la personalidad quedaron sorprendidos del perfil expresado por el joven Donaldo, artífice ejemplar de superación personal. Cabizbajos los gringos retornaron a revisar sus entrevistas captadoras de la enajenación capitalista. El entrevistado afirmaba con dos letras lo que podía haber negado con dos letras: la pasión humana.

Detrás del humilde barbero de Dios se ajustaba la sombra del agitado conquistador; detrás del patrón de Adán Mamacita, Noel Chiguán y Evo Trompudo, oficiales manejados con las estrategias administrativas de Henri Fayol, se plantaba otra versión del dramatismo shakesperiano; detrás del sonero nica seguidor de Camilo Zapata, se escondía el cantador de los Kumbia Kings. Detrás del barbero adulador estaba el besuqueador cachetero.

Cuatro

Vigilado por los diez mandamientos y las siete amenazas de los pecados capitales, el Trompudo López transitaba una vida aparentemente inofensiva para el niño Cupido, la resignación no había alcanzado a dominar el carácter del barbero, el cual se encontraba constantemente en asuntos provisionales, transitorios.

En el fondo de su formación ideológica se divisaba a un político más; era un arbitrario luterano que ofrecía un futuro mejor: jerga protestante o verga burocrática, la misma cosa: a todos amarraba del palo mayor del barco cual si fuesen ulises seducidos por cantos de sirenas trasnochadoras.

El lenguaje escudriñado en el marco histórico de los barberos quietos y honrados del pueblo se esfumó; Donaldo ya no se acordaba de Don Guacalito, el Clarín Rodríguez, el Maitro Blanco, el Cojo y Popo Meza, tranquilos oficiantes peluqueros que nunca abandonaron los fierros a pesar de sus debilidades terrenas.

El último acto de la vicisitud lopezca abarca pleitos, ingratitudes, encierros, traiciones, exilios y tormentas melodramáticas que mi amigo Donaldo sufrió y caracterizó con la prestancia de Peter O’toole. Su fanatismo protagónico de burlador burlado lo hizo confundir la realidad que deseaba evitar con el amoroso satanismo enciclopédico. Quería dar pasos seguros en andanzas inseguras, huellas ciertas en pisos inciertos, carreras oportunas en horas inoportunas.

Para no perderse entre la sombras hizo congelar toda sospecha de su rápida pezuña, rodeándose sin prisa de 200 pares de zapatos, con la salvedad que sólo un par utilizaba, los otros 199 quedaban huérfanos de esa aventura. Las excelsas tocatas y fugas nocturnas de Juan Sebastián Bach nunca pudieron aclimatarlo, mucho menos lo haría un vodevil pueblerino de celos y vengativa desnudez.

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