- La efectiva sencillez de la escenografía y de los trajes contrastó con la calidad interpretativa del elenco
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Especial para LA PRENSA
Managua fue escenario privilegiado del estreno centroamericano de la ópera bufa El Barbero de Sevilla, creación de Gioacchino Rossini, uno de los grandes cultores del bel canto, que logró acaparar la atención del público.
El espectáculo que se presentó durante dos noches en el Teatro Nacional Rubén Darío fue de buena calidad musical y escénica, con pasajes muy pícaros y alegres, que conquistaron la simpatía de la audiencia. La asistencia del público a la noche de estreno, si bien no logró un lleno total, fue bastante nutrida, lo que demuestra que este género tiene cada vez más seguidores en nuestro país.
En esta ocasión El Barbero de Sevilla, una de las óperas italianas más jocosas, fue montada y representada por un grupo de creadores argentinos e italianos. Contó, además, con la participación de artistas latinoamericanos y el acompañamiento de una orquesta conformada por músicos nicaragüenses.
La puesta en escena fue muy fresca y cálida. Destacó la eficiente caracterización de la plazoleta y del interior de la casa del doctor Bartolo, ya que sólo con unos cuantos decorados y buena iluminación logró ubicar adecuadamente al público en el lugar de los hechos, una referencia obligada para la cabal lectura del argumento.
Los vestuarios no fueron lujosos pero sí convenientes a la obra. Lo que realmente fue de primer orden fue el despliegue escénico de los personajes, sobre todo de Fígaro, quien con su complicidad y buena voz se ganó los favores del público.
Muy buen número logró Don Basilio, el profesor de música de Rosina y apoyo de Don Bartolo en sus planes de casamiento forzado con la doncella, en su aria de la calumnia, que ilustró, con los matices de su bien temperada voz, potente en momentos, débil cual susurro en otros, que el rumor y la maledicencia asumen plena corporeidad y son capaces de derribar cualquier muralla que se le imponga.
SOBRE LA OBRA OPERÍSTICA
El Barbero de Sevilla es una de las obras más queridas por los aficionados por su vivacidad, ingenio y destellante humor e irreverencia. Fue compuesta por Rossini en momentos en que la ópera bufa estaba de salida en Italia. Quizá a ello se deba que a pesar que su estreno fue un completo fracaso, el tiempo le restituiría su justo sitial de honor.
Al inicio de la obra se interpreta una obertura alegre y graciosa que prepara sicológicamente al público para el ambiente en que se desenvolverá el resto de la ópera. Esta obertura es parte de otras obras del mismo autor, pero ha entrado a caracterizar de forma indisoluble a El Barbero de Sevilla.
El argumento no es muy intrincado, al contrario, es bastante lineal en su desarrollo y nos narra los trabajos que debe pasar un noble caballero, el Conde de Almaviva, para conseguir el amor de su amada Rosina, una simple doncella, protegida por su tutor el médico Don Bartolo, quien a su vez está enamorado de la “ragazza” y pretende unirse a ella en urgentes nupcias, para sacar de concurso a sus rivales.
Todo hubiera sido fácil para el viejo médico si no hubiese aparecido en escena el famoso barbero, un hombre de mil oficios y ninguno concreto, más que el de solucionar entuertos y fundir voluntades de fervientes enamorados que no encuentran el camino de la unión.
El escenario idóneo para que esta comedia tuviera lugar fue la señorial Sevilla, ampliamente cantada por poetas, dramaturgos y novelistas. En esta misma ciudad, rebosante de lujuria, amores contrariados y picardía nacen personajes arquetípicos como el archiconocido Don Juan y algunos personajes de la narrativa cervantina, como los de El Celoso Extremeño, que es un claro precedente de El Barbero.
En estas dos obras la ciudad es un protagonista omnipresente, no como un lugar físico, sino como la materialización de una cultura y de una forma de arreglo social.
La parte esencial de la obra se realiza dentro de la casa de Don Bartolo, como un signo de la opresión a que es sometida la joven y como una tentadora fortaleza que debe ser conquistada, con ingenio o por la fuerza, por el caballeresco noble enamorado.