Malinche rural. Óleo sobre tela, 2003. Fernando Saravia. (LA PRENSA/Uriel molina)

La naturaleza en Fernando Saravia

El maestro Saravia, al igual que Cézanne, se vale de perspectivas cortadas para enfatizar los planos volumétricos Actualmente, estamos tan asediados por toda clase de imágenes a través de los medios de comunicación masiva: periódicos, pantallas de televisión, revistas, carteles publicitarios, que difícilmente nos detenemos a contemplar el mundo que nos rodea. Nos envuelve el […]

  • El maestro Saravia, al igual que Cézanne, se vale de perspectivas cortadas para enfatizar los planos volumétricos

Actualmente, estamos tan asediados por toda clase de imágenes a través de los medios de comunicación masiva: periódicos, pantallas de televisión, revistas, carteles publicitarios, que difícilmente nos detenemos a contemplar el mundo que nos rodea. Nos envuelve el ritmo de lo cotidiano más que el ritmo de la naturaleza y nos olvidamos que ésta existe. Sin embargo, es el artista quien restablece la comunicación y quien reinterpreta el paisaje natural.

Fernando Saravia es un gran intérprete del paisaje nicaragüense y en su visión capta no sólo la impresión que recibe sino también su valoración afectiva hacia el espacio natural. Domina en sus paisajes la presencia protagónica de la tierra, que ocupa la mayor parte de sus composiciones. El agua, una constante dentro del paisaje nicaragüense, está prácticamente ausente en sus cuadros; pero de su tierra, Nicaragua, representa los frondosos árboles, continuo motivo y leit motiv de su obra, símbolo de arraigo que reclama la paternidad de la flora nicaragüense: los ojos malinches, los amarillos palos de cortés, los floridos almendros, robles de hojas rosáceas, chilamates generosos en sombra, cañafístula, árboles calificados como etéreos por el propio autor, malinche y roble a través de los cuales rescata la monumentalidad de su paisaje natural. La ausencia del elemento humano parece enfatizar la grandeza, la quietud y la espaciosa vastedad de la tierra americana, antes de la llegada de Colón. Predomina en sus cuadros el uso del formato horizontal que proporciona a la calma y equilibrio de línea, evidentes en composiciones tales como: Llegando a San Juan de Limay, Llano y Montañas, Almendro Urbano, Cortés en Pastizales, Paisaje de Verano. Esta horizontalidad se hace más enfática en obras como Mauro de Trinitarias (Bounganvillea glabra) donde la brillante tonalidad de rojos, carmesíes, fucsias, anaranjados, púrpuras, verdes y amarillentos se desbordan sobre el ancho muro, paralelo a la horizontalidad del formato y ofreciendo un resplandeciente contraste con el blanco enlucido de la pared. El rico colorido se refleja en el suelo a través de múltiples reverberaciones en base a franjas de violáceos, ocres y amarillentos, formando un amplio mosaico de color. Esos reflejos se manifiestan sobre la tierra, principio de vida, barro del que estamos hechos y de la que surgen sus materiales escultóricos: arcilla, piedra y rocas. No recurre a la precisión; sus gruesos empastes en las flores de cortés, del malinche, de la trinitaria parecen relieves escultóricos y en casi todas sus pinturas se expresa como escultor, modelando masas y volúmenes a través del medio pictórico y del color.

En ancho formato horizontal propicia paisajes espaciosos con extraordinarios efectos de luz y atmósfera diáfanas. Sus pinceladas se acomodan a la textura natural de los objetos, espesas y apretadas a veces para resaltar hojas y flores; finas y lisas, otras; pero siempre en una balanceada armonía y en consonancia con la orquestada disposición de los elementos naturales: árboles, montañas, flores y frutos.

El formato horizontal predomina también en sus composiciones no figurativas, en las que nos presenta un universo de formas que no están lógicamente unidas al mundo de los objetos reales pero que evocan continuamente la naturaleza. En cuadros como Cruz y Ficción (1988), Pedazo de Luna (1966), Sol y Desolación (1973), se manifiesta la evidente preponderancia de la abstracción, especialmente en las tres primeras composiciones. Cruz y Ficción representa la geología prehistórica de un cosmos en formación, el germen de una serie de imágenes que arraigarán para dar fruto en el futuro. En Pedazo de Luna, la amplia extensión de blanco amarillento, bordeado en las esquinas por irregulares trazos negros, contiene un significado altamente simbólico: las incisiones en rojo formando puntos y rayas sobre la extensa mancha blanca se convierten en una especie de escritura primitiva cuyo grafismo abstracto entra en competencia con el realismo, desde el momento que las formas y figuras se convierte en signos. En Sol se inicia un experimento de formas geométricas llenas de contenido semántico: el círculo del sol reforzado por el color anaranjado que le confiere fuerza y movimiento se convierte en una imagen conceptual, en la que el artista supo poner en práctica las lecciones de Kandinsky. Desolación nos ofrece una interpretación de la naturaleza, altamente emotiva: una tierra agrietada en una composición sin horizonte y sin esperanza; casi monocroma, traduce toda una simbología de formas y contenido: el devastador terremoto de 1972. En estos cuadros, el artista establece una comunicación no mediatizada por la referencia directa a la naturaleza sino por un código de imágenes y elementos icónicos: formas geométricas, simbología del color y signos gráficos. En sus pinturas abstractas nos presenta un fragmento de su propio mundo real, remoto e intemporal, en fluctuantes patrones de luz y color. Emplea muy escasamente el formato vertical, que utiliza para destacar la altura y protagonismo de un árbol y el color llamativo de su copa o para resaltar en sus “palos de cortés”, el amarillo encendido de sus flores en un notable contraste con el amarillo reseco del verano nicaragüense. Modela a través del color y, al igual que Cézanne, se vale de perspectivas cortadas para enfatizar los planos volumétricos. Esto se evidencia en obras tales como: Llano y Montañas, Almendro Urbano, Llegando a San Juan de Limay. En todos ellos, la profundidad y el volumen están en la materia pictórica —el medio— más que en las representadas. En todos sus paisajes hay una armonía de líneas —horizontales, verticales y oblicuas— de luz y color, de tonos y de matices que nos indican hasta qué punto supo aprovechar las lecciones de los grandes clásicos de la pintura moderna —maestros del Impresionismo, Seurat y Cézanne— y traducirlas a un estilo expresivo vernáculo.

Tanto en sus pinturas como en sus esculturas se evidencia una notable fidelidad a los materiales: modela, esculpe, talla, cincela y pinta a través de una morfología de líneas rectas, curvas y onduladas en las que la materia más dura y pastosa se vuelve dúctil y manejable. En toda su obra, sea pintura o escultura, se manifiesta constancia y tenacidad, modestia y honradez al aspirar a la perfección del oficio, sin recurrir al mito del genio: es la personificación del “homo artifex” que da vida y transforma la materia.

En celebración de sus 85 años, expone en Galería Códice, una muestra retrospectiva de su pintura, del 12 al 24 de febrero.

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