“Su enfermedad, afrontada con valentía, hizo que todos prestaran más atención al sufrimiento, dignidad y valor, testimoniando que el hombre no vale por su eficacia, por su apariencia, sino por sí mismo, porque ha sido creado y amado por Dios”.
(Benedicto XVI, aludiendo a Juan Pablo II)
Los propulsores del optimismo, que tanto recomiendan ser positivos, sostienen que: “Lo que importa no es tu problema, sino lo que hagas tu con tu problema”.
Para el cristiano la enfermedad, como cualquier tipo de dolor o sufrimiento humano, representa toda una oportunidad para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como Cristo nos amó.
Jesucristo no se centró en su propio dolor, salió de sí mismo e invitó a su madre a salir también de sí misma, cuando erguida frente a la Cruz de su hijo una espada atravesaba sin compasión alguna su Inmaculado corazón.
Más de noventa puntadas mantenían zurcido una parte de mi cuerpo como consecuencia de una “brutal” intervención quirúrgica… fue entonces cuando me di cuenta de que el ser humano —máxime si es cristiano—, posee una tremenda capacidad para el sufrimiento, para soportar el dolor físico sin morir, pues al despertar aquel dolor tan atroz me parecía mentira ser yo quien lo padecía y seguir con vida. Yo aproveché la oportunidad para ofrecer todo mi sufrimiento por un buen anciano que me profesaba un amor de padre y a quien a mi vez quería como a un abuelo. Él se encontraba bastante enfermo y más tarde un yerno me escribió para comunicarme que mi “abuelo espiritual” había muerto. Yo sé que mis oraciones y mis lágrimas, mi indescriptible padecimiento, le ayudó mucho espiritualmente. Creo en la Comunión de los Santos y en la vida de los Santos y en la vida perdurable.
El sufrimiento hay que aceptarlo y afrontarlo con valentía, con dignidad, como nos da ejemplo Juan Pablo II, hacer todo lo posible por combatirlo, por medio de todos los recursos legítimos y honestos disponibles, pero si no podemos “parar” de sufrir, nunca jamás “paremos” de amar… no paremos de amar.