Dice Julio Cortázar que la gente se figura algunas cosas que parecen ser el colmo de la dificultad, y por eso aplauden frenéticamente a los trapecistas. Sin embargo, hay cosas difíciles, como mirar por ejemplo, comprender a un gato, o verse uno mismo.
Eso es exactamente lo que debe estar haciendo Argelio Córdoba mientras se acerca el momento de recibir la medalla del reconocimiento a su trayectoria, sobre todo como mánager y eficaz contribuyente a la formación de nuevos valores en nuestro beisbol.
Argelio mira hacia atrás y también a su alrededor, comprueba que ya no es el gato de antes capaz de dar cualquier tipo de volteretas y finalmente caer parado, y revisa la imagen que le devuelve el espejo.
¿Ese soy yo?, puede preguntarse rascándose la cabeza.
Cierto, esas arrugas muestran las huellas que deja el paso del tiempo, pero también esa combinación de astucia, sabiduría, humor, esfuerzo sostenido y atrevimiento que siempre lo caracterizaron.
Argelio estuvo en acción como pelotero en la primera Profesional en 1956 jugando para el Cinco Estrellas y su “mejor brujería” fue quedarse en Nicaragua permaneciendo fiel a su toque cubano con el “olvídate chico”, pero adaptándose a todo lo nuestro.
Siempre dio la impresión de lucir despreocupado. Era un buen cocinero, gustaba de vestir bien, usó pantalones pachucos y zapatos de dos colores, y hasta tres, tenía una colección de discos de la Sonora Matancera, se paraba en las esquinas para silbarle a las muchachas, realizó sus conquistas sin mucha discreción, su repertorio de bromas fue inagotable, mantenía una alegría contagiante, sus hijos nacieron aquí, y ha sido dueño de un inmenso orgullo para valerse por sí mismo.
¡Ah!, casi se me olvida. Un gran amigo.
Lo conocí en 1970 cuando Carlos García puso en marcha la nueva etapa del beisbol en Nicaragua, después del desvanecimiento de la Profesional en 1967. Argelio manejó al Chinandega y logró superar al favorito Flor de Caña y coronarse. Repitió en 1971, también contra pronóstico, y en 1972 tomó las riendas de la Selección cuando Heberto fue expulsado en aquel triunfo sobre Cuba en Dominicana.
Al erosionarse la relación Heberto-Carlos, fue nombrado mánager de la considerada mejor selección de la historia, con la “bendición” de Castaño.
No siempre se camina sobre hojuelas bañadas con miel, también se mastican las fresas de la amargura y fracasó tratando de llevar a un trabuco como el Estelí, a la conquista del banderín en medio de la ebullición que vivimos en los años setenta, y más adelante lo vimos llorar con el Chinandega.
En 1987, antes de viajar a los Panamericanos de Indianápolis, hizo aquella advertencia que lo marcaría por siempre: “la medalla viene”, pero nos hundimos y sufrimos derrotas catastróficas frente a Estados Unidos y Cuba.
Estaba destruido, pero supo ocultarse detrás de esa energía, humor y franqueza que lo sostenían en las dificultades. Y continuó en diferentes tareas, entrenando, comentando y dirigiendo.