22 de enero y reelección presidencial

Hoy se cumple el cuarenta aniversario de la matanza del 22 de enero de 1967, que ha sido uno de los acontecimientos más dolorosos pero también más aleccionadores de la azarosa historia nacional.

Aquel día, una multitudinaria manifestación política que se celebraba en Managua como cierre de campaña electoral del Partido Conservador de Nicaragua, para las elecciones del 5 de febrero siguiente, fue convertida en un enfrentamiento armado con la Guardia Nacional cuyos efectivos dispararon contra la multitud, dejando un saldo de muchos muertos y heridos que nunca se pudo cuantificar.

En aquella elección presidencial —fraudulenta, como todos los comicios que organizó el liberalismo somocista— fue “elegido” el general Anastasio Somoza Debayle. No fue propiamente una reelección presidencial del general Somoza Debayle, pero sí un acto más del continuismo somocista y, por lo tanto, de alguna manera significó una más de las múltiples reelecciones mediante las cuales el somocismo se mantuvo en el poder, desde 1936 hasta 1979. De todas maneras, el general Anastasio Somoza Debayle se reeligió en 1974 en la Presidencia de aquella llamada república —que en realidad no lo era— pero por eso mismo le correspondió el triste “honor” de ser el último gobernante de la dinastía somocista, lo mismo que el triste fin de ser asesinado lejos de su patria, en Asunción del Paraguay, por un comando de extranjeros prosandinistas, el 17 de septiembre de 1980.

En realidad, el continuismo y el reeleccionismo presidencial han sido como una maldición histórica de Nicaragua que le ha causado graves daños a la nación. Quizás en otros países, la reelección presidencial ha sido o es positiva, pero en Nicaragua no. Por el contrario, debido a la ambición de algunos políticos gobernantes, de perpetuarse en el poder por medio de la reelección presidencial y otros procedimientos, el país ha sufrido terribles calamidades políticas y sociales: guerras civiles, sublevaciones armadas, asesinatos políticos individuales y matanzas de opositores, golpes de Estado y asonadas, así como el atraso material, económico y político que distingue negativamente al país y que sufre la gran mayoría de la población nicaragüense.

Tanto los intentos reeleccionistas como las reelecciones de hecho, de Roberto Sacasa, José Santos Zelaya, Emiliano Chamorro y Anastasio Somoza causaron dolorosas tragedias nacionales. Más recientemente, el afán del FSLN de gobernar para toda la vida, después de derrocar al dictador Anastasio Somoza Debayle, aunado con las políticas aventureras nacionales e internacionales que aplicó el régimen sandinista, arrojaron al país a una sangrienta guerra civil y a un conflicto extranjero que entre muchos otros daños segó la vida de millares de nicaragüenses de ambos bandos e hizo retroceder al país por décadas.

Afortunadamente, el intento reeleccionista de Daniel Ortega en 1990 fue derrotado cívicamente, gracias a la lucha armada de la Resistencia, a la lucha civil de la oposición democrática y a las presiones de la comunidad democrática internacional. Se abrió entonces el camino a la transición hacia una democracia que, mal que bien y a pesar de los errores y la corrupción de muchos políticos “demócratas”, al menos le permitió al país recuperarse de las secuelas de la guerra y a los nicaragüenses disfrutar merecidamente los derechos y las libertades republicanas.

Pero ahora que al cuarto intento logró reelegirse el presidente sandinista Daniel Ortega —gracias a la ayuda de Arnoldo Alemán y el PLC que bajaron el umbral electoral de 45 a 35 por ciento— de inmediato en el entorno político del presidente sandinista han comenzado a hablar de una reforma constitucional para permitirle a Ortega postularse para la reelección en noviembre de 2011, y esperan disponer otra vez de los votos legislativos del PLC. Al parecer, los nicaragüenses y en particular los políticos que tienen capacidad de tomar decisiones en nombre de todos los ciudadanos, carecen de memoria, que según el DRAE es una “facultad psíquica, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”; y el “recuerdo que se hace, o aviso que se da de algo pasado”.

Pero es tiempo de dejar de ser desmemoriados. El recuerdo de hechos trágicos como la matanza del 22 de enero de 1967, debería alentar el propósito de que la próxima reforma constitucional —parcial o total— que se apruebe, sea ante todo para prohibir para siempre la malévola reelección presidencial.

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