La ayuda de Chávez

La conmoción que produce la desbordada verborrea del dictador venezolano Hugo Chávez; su apasionado discurso —copiado de los grandes manipuladores de masas de la historia—, sus impresionantes ofertas de inversión y de ayuda económica a Nicaragua, más la orquestación de un FSLN que lo promociona con veneración, podría tener un efecto de opio en la conciencia de algunos sectores no sandinistas e incapacitarlos para ver el fondo del actuar de Chávez y Daniel Ortega.

En realidad, la ayuda de Chávez no es una emotiva solidaridad bolivariana. Detrás hay intereses muy grandes de Venezuela, incluso geopolíticos. La refinería en Nicaragua es una reacción a la refinería que México (su mayor rival en América Latina) construirá en Panamá. Además, Nicaragua le servirá a la Venezuela de Hugo Chávez en su relación comercial con China, pues no tendrá que usar el canal de Panamá para exportar petróleo a Asia. Y más temprano que tarde Chávez va a cobrar a Nicaragua todas las concesiones que le haga al gobierno sandinista de Daniel Ortega.

Desde el punto de vista político, no hay duda que con su ayuda Chávez se siente con derecho a mandar en Nicaragua. Por eso ha usado el país como base para lanzar ataques contra Estados Unidos y arremetió verbalmente contra el diario LA PRENSA, lo que puede entenderse como una insinuación al gobierno sandinista para que actúe contra los medios democráticos e independientes como él lo está haciendo en Venezuela. Es muy conocida la aversión de Chávez hacia la prensa libre así como los mecanismos que utiliza para censurarlos, someterlos e incluso clausurarlos, como ha hecho con la estación televisora RCTV. De manera que Chávez es un intervencionista en Nicaragua, encubierto con la ayuda del petróleo, la urea y otros rubros que hasta ahora son sólo promesas. Pero, como dijo el poeta estadounidense T.S. Eliot: “La última tentación es la mayor traición: hacer buenas obras con escondidas intenciones”.

Por otro lado, Chávez es compulsivamente autoritario. Lo lleva en la sangre y ni siquiera se esfuerza en ocultarlo sino que más bien se jacta de ello. El petrodinero ha inflado su megalomanía. No respeta a nadie que lo contradiga o interfiera en sus planes totalitarios. Y como tampoco acepta que nadie le haga sombra, si el presidente sandinista Daniel Ortega se descuida Chávez le seguirá robando el show, como hizo el 10 de enero en la toma de posesión e incluso podría condicionar la “ayuda” al cumplimiento de la agenda que él dicte para Nicaragua.

La meta de Chávez es la regionalización de la “revolución bolivariana” y el “socialismo del siglo XXI”, una rara y confusa mezcolanza de marxismo, nacionalismo, teología de la liberación, indigenismo y capitalismo de Estado y del sector privado que se someta a sus delirantes propósitos. Sin embargo, detrás de todo ese ropaje y palabrería, lo que Chávez pretende es el fortalecimiento de un régimen totalitario que le permita mandar y gozar de la mieles del poder de por vida, sin tener que dar cuentas a nadie dentro ni fuera de su país. Por eso ha ordenado a su Asamblea Nacional que le autorice los poderes extraordinarios que necesita para gobernar de manera absolutista. Chávez quiere gobernar por decreto para no tener que someterse ni siquiera a trámites mínimos de legalidad, lo cual, un caudillo como él considera humillante. Internacionalmente, Chávez se propone comprar la simpatía de países pobres, como Nicaragua, para proyectar su plan de expansión y hegemonía continental.

Si el presidente Ortega va a gobernar para Nicaragua y no sólo para sus partidarios sandinistas, ante personas como Chávez debería conservar la ecuanimidad y el control de sus decisiones como Jefe de Estado, en el marco de las atribuciones que le da la Constitución. Y para eso debería comenzar por dar a conocer públicamente la letra grande y menuda del acuerdo Alba que suscribió con Venezuela, Cuba y Venezuela, y mandarlo a la Asamblea Nacional a más tardar el 25 de enero corriente tal como lo establece el inciso 12 del artículo 138 de la Constitución.

Es comprensible que el nuevo gobierno sandinista busque donde sea los recursos necesarios para impulsar la economía. En ese sentido toda ayuda es bienvenida, incluyendo la de Venezuela. Sin embargo, esa ayuda no debe ser a cambio de involucrar nuevamente a Nicaragua en aventuras internas e internacionales de ninguna clase.

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