*Sacerdote católico
La Palabra de este domingo nos presenta un bello pasaje del Evangelio de San Juan, en el capítulo segundo, el cual conocemos como las Bodas de Caná de Galilea.
Aquí se nos muestra a María, la Madre del Señor, junto a Jesús y sus discípulos, quienes son invitados a una fiesta de bodas. El Señor nos enseña que participar de las alegrías y también de los sufrimientos del hermano son signos de su presencia amorosa.
Da la impresión en el relato que todo iba muy bien en el festejo, todo era alegría, danza, pero la discreta mirada de María, siempre atenta a las necesidades de los otros, le hace saber que los anfitriones pronto pasarán una gran pena, el vino se ha terminado.
El vino que significa, no solamente el fruto de la vid, que alegra el corazón, cuando se toma razonablemente, sino que aquí tiene un contenido más particular.
De las pocas palabras que aparecen en boca de la Virgen María, en los evangelios, salidas de sus propios labios, aquí en este pasaje encontramos dos: la primera es cuando dice: No tienen vino. Es la palabra de la intersección. Ella, la Virgen María, es la intercesora por excelencia ante su Hijo Jesús, quien es el único puente entre Dios y los hombres. Y Jesús, que aunque ya había iniciado su vida pública, no había aún realizado ningún milagro, le contesta que aún no ha llegado la hora.
Pero, allí viene la maravillosa ternura de la Virgen, ella conoce bien el corazón generoso del Hijo, y sabe que no se resistirá a sus súplicas, y es por eso que de manera inmediata, haciendo caso omiso a las palabras de Jesús, ordena a los sirvientes, la palabra testamento, la palabra herencia para todos nosotros sus hijos: Hagan lo que Jesús les diga.
Jesús hace que llenen las tinajas de agua, y luego cuando las reparten, ya convertidas en el más exquisito de los vinos, todos quedan admirados, pues el mejor vino lo habían dejado para el final de la fiesta. Unos sabían del milagro, otros no, pero allí el Señor manifestó su gloria y creyeron en Él.
Es María, la Virgen, quien intercede de manera permanente ante Jesús, cuando visita nuestros corazones, nuestras familias, nuestro país, y mira que falta el vino que es signo del Espíritu Santo. Recordemos que el día de Pentecostés, los apóstoles llenos del Fuego de Dios, salieron llenos del Espíritu Santo y pensaron muchos que estaban llenos de vino. Falta el vino del amor, de la alegría, de la paz, de la paciencia, de la amabilidad, de la honestidad, de la generosidad, del trabajar por una nación mejor.
Y como necesitamos también de las palabras de María, “hagan lo que Jesús les diga”. Él nos sigue diciendo: amen, perdonen, cumplan los mandamientos, alcancen la altura del hombre perfecto.
Convierte Señor Jesús, con tu Divino Poder, la nostalgia y la pesadumbre de nuestras vidas, muchas veces hastiadas por el egoísmo y la falta de generosidad, enfermas de autosuficiencia, y regálanos la única medicina que puede volvernos a dar la sonrisa verdadera, que es la medicina del amor a ti y a nuestros hermanos. Recordemos que en el atardecer de nuestra vida seremos juzgados por el amor.