El temor vence a la esperanza

El líder del FSLN, Daniel Ortega Saavedra, asumió la Presidencia de la República este 10 de enero en un ambiente nacional de temor y al mismo tiempo de esperanza. El temor que inspira el recuerdo de la “noche oscura” —definición del Papa Juan Pablo II— que sufrió Nicaragua durante el primer gobierno de Ortega, y la esperanza de que ahora gobernará con respeto a la propiedad privada y la libertad económica, a la democracia representativa, a las libertades individuales y los derechos humanos de todos los nicaragüenses, porque así lo prometió él mismo y porque las circunstancias del país y el mundo son muy diferentes en la actualidad.

Sin embargo, si nos atenemos a lo que ocurrió el miércoles 10 de enero en la Plaza de los No Alineados y la Plaza de la Fe, al menos en la inauguración oficial del nuevo gobierno el temor venció a la esperanza.

En realidad, desde antes de tomar posesión el nuevo gobierno sandinista demostró una tendencia autoritaria, al despreciar la Casa Presidencial porque fue construida con fondos donados por la China democrática de Taiwán, y tomarse ilegalmente el Centro de Convenciones Olof Palme, el cual no es propiedad del Gobierno Central ni de la Alcaldía de Managua sino del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social.

Luego, lo que ocurrió en la Plaza de los No Alineados fue sin duda una demostración de autoritarismo gubernamental, de irrespeto a las normas del protocolo oficial e internacional, y de irrespeto también a los invitados nacionales y extranjeros a la ceremonia de toma de posesión presidencial, que fueron obligados a esperar durante largo tiempo porque el invitado “principal” no había llegado al país, y forzados a compartir el escenario con el reo Arnoldo Alemán que está condenado a veinte años de cárcel por delitos de corrupción.

Por otro lado, aparte de que en la toma de posesión del presidente Ortega fue notoria la ausencia de jefes de Estado de la izquierda democrática iberoamericana, la impresión que se ofreció fue la de que los líderes de extrema izquierda eran invitados de primera clase, mientras que los democráticos eran de segunda e incluso de tercera.

En la misma línea autoritaria, el presidente Daniel Ortega declaró que por aclamación de sus partidarios reunidos en la Plaza de la Fe Nicaragua quedaba unida a la Alba, que es la alianza de gobiernos hostiles a Estados Unidos y los TLC, y que integran Venezuela, Cuba y Bolivia. El presidente Ortega por lo menos debió señalar que de acuerdo con la Constitución le corresponde a la Asamblea Nacional aprobar los tratados y convenios internacionales, y que debe esperar su aprobación para que Nicaragua pueda formar parte de la Alba. Sin embargo, fiel a su talante autoritario presentó como un hecho consumado la pertenencia del país a la alianza chavista.

El presidente Ortega también quiso subrayar el origen sandinista de la Policía Nacional y el Ejército de Nicaragua, como para insinuar que estos cuerpos armados podrían volver o volverán a tener carácter partidista. De manera que cabe esperar otra determinación autoritaria del presidente Ortega, con respecto al Ministerio de Defensa, para impedir que el Ejército se siga institucionalizando y profesionalizando como corresponde en un Estado democrático.

Sin embargo, no obstante el espectáculo orweliano que fue la toma de posesión presidencial del señor Daniel Ortega, es obvio que él no puede ni podrá gobernar de la misma manera que lo hizo en los años de 1979 a 1990. El presidente Ortega tendrá que moverse entre los límites de lo que él quisiera hacer y lo que puede y podrá hacer realmente. Y en ese terreno — de lo que el presidente Ortega quisiera hacer y lo que puede y podrá hacer en la realidad—, hay que incluir otro factor muy importante, cual es el de lo que la oposición política y la sociedad civil democrática de Nicaragua le permitan hacer con su nuevo gobierno sandinista.

El reto está planteado: el presidente Daniel Ortega tendrá que decidir si gobernará para todos los nicaragüenses o sólo para su clientela de la Plaza de la Fe, y en este caso los ciudadanos democráticos tendrán que defender su libertad.

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