“Que Juan Pablo II nos ayude desde el cielo a continuar permaneciendo dóciles discípulos de Jesús para ser como a él mismo le gustaba repetir a los jóvenes, ‘centinelas de la mañana’ en este inicio del tercer milenio cristiano».
(Benedicto XVI)
Al iniciarse un año civil, por lo general unos días antes, uno parece recuperar fuerza para reiniciar el camino emprendido o emprender otra ruta… Y surge la esperanza, los proyectos, los sueños.
Dice Jesús en el Evangelio que, “quien después de poner las manos sobre el arado mira hacia atrás, no es apto para el Reino de los Cielos”. Esta advertencia de Jesús ha levantado el ánimo de muchos cristianos y no cristianos para avanzar decididamente hacia la meta que se han propuesto en su vida. Precisamente, por otra parte, son infinidad los hombres y mujeres que fracasan vitalmente por “mirar hacia atrás”, no hacia delante, viendo sólo imposibilidades donde otros más optimistas saben descubrir posibilidades.
El buen cristiano, el cristiano convencido, es un auténtico “centinela de la mañana”, vigila su mundo interior combatiendo las tinieblas del pecado, del error, a la vez que espera confiado la claridad del nuevo día. Está al tanto, sin angustia ni apresuramiento, de sus actitudes ante la vida, su mentalidad, su manera de pensar y de actuar, sus aciertos y desaciertos, examina, en fin, las estrategias a seguir para ser más fiel a Dios, a su fe, a la Iglesia, para convertirse, para ser otro y no detenerse en su caminar, en su realización humana y cristiana.
A una señora se le “quemó” la leche y la botó. A otra le ocurrió igual, se le ahumó la leche, pero aprovechó el percance para hacer requesón. Dos actitudes distintas ante una misma situación. He aquí la diferencia entre el pesimista y el optimista. El optimismo del cristiano se fundamenta en la confianza en Dios y en el sentido de responsabilidad personal y social.