Al finalizar el año 2006 y esperar el nuevo, debemos tener presente aquellas hermosas palabras de San Gregorio de Niza, uno de los Padres de la Iglesia que decía: “Encontrar a Jesús, es buscarlo permanentemente”.
Elocuente es el mensaje que se nos presenta en el Evangelio, cuando José y María, habiendo regresado del Templo de Jerusalén, se dan cuenta —pues hombres y mujeres caminaban aparte según las costumbres del tiempo, y el niño Jesús tenía 12 años, edad en que podía ir todavía con su madre, o también ya con su padre— que el Niño no ha llegado a su destino con ellos.
Angustiados, regresan a buscarlo a Jerusalén, y lo encuentran en medio de los doctores y sumos sacerdotes, y al tierno reclamo de María, que le dice: “¿Por qué nos haz hecho esto, pues estábamos angustiados buscándote?” Jesús Niño responde una frase en donde en los labios del Divino Redentor aparece la primera frase en la escritura y menciona al igual que la última frase que pronuncia antes de expirar en la cruz, la palabra más bella. “ABBA”, “Padre”. Jesús les dice: “Tengo que estar en los asuntos de mi Padre”.
En este año que termina y en el nuevo calendario que en pocas horas se inicia, también nosotros hacemos un recuento de los acontecimientos de nuestra vida en los meses pasados: alegrías, nostalgias, tristezas humanas, muerte de seres queridos, dificultades de diversa índole, enfermedades, inquietudes. También podemos preguntar en la intimidad de nuestra oración a Jesús, el porqué de muchas cosas, como lo hizo la Virgen María. Tenemos ese derecho maravilloso y también de llamar a Dios Omnipotente, con la palabra más bella, ABBA, la palabra con que Cristo oraba, la palabra que es más dulce al alma, ABBA, Papá del cielo, ABBA, Padre Nuestro.
Y es que Jesús, pareciera, muchas veces como que se nos esconde, sobre todo cuando tenemos momentos humanos que no nos gustan, nos molestan, nos entristecen, pero Él siempre está presente. Hace falta encontrarlo. Y encontrar a Jesús es buscarlo permanentemente, buscarlo sin desfallecer, estar siempre suplicando su presencia amorosa. Él es el eternamente buscado.
La Sagrada Familia de Nazaret nos la ha regalado nuestro Padre del Cielo, para que sea un ejemplo en la vida de la humanidad. José, padre adoptivo de Jesús, hombre respetuoso, responsable, cumplidor fiel de la Palabra de Dios, cuidadoso de su hijo. María, la más perfecta de todas las mujeres, la llena de Gracia, modelo de mujer creyente que lleva siempre en su corazón guardadas las cosas que Dios le ha dado y llevando a la acción ese amor infinito. Y Jesús, nuestro Dulce y Adorable Rey y Redentor, Dulce Nombre, que al pronunciarlo se alegran los bienaventurados en el cielo, y los hombres de buena voluntad, y huyen los demonios (que no descansan siempre tramando mentiras y maldades y pueden engañar, pueden deslumbrar esas legiones malignas, pueden hasta disfrazarse, pero si observamos bien, su cosecha es de corrupción y de maldad).
Invoquemos a esa Sagrada Familia, verdadera familia según el corazón de Dios. Pidamos al Espíritu Santo, que no nos dejemos engañar ante los resplandores transitorios de los triunfos terrenos, sino que busquemos siempre permanecer fieles.
Un himno cristiano muy hermoso que aprendí con un buen amigo, ya fallecido, pastor evangélico, el hermano Paco dice: “Estoy contento en medio de las pruebas, decía Pablo aquel testigo fiel, aunque me encuentro atado entre cadenas, llevo en mi pecho la esperanza de Israel”.
Esa esperanza es Cristo Jesús Nuestro Señor. Con Jesús, somos ejército invencible.
Feliz Año Nuevo.
*Sacerdote católico.