* Sacerdote católico.
Entonamos durante todos estos días: Ven dulce amado mío, no tardes en venir y nazca ya el Mesías. Para con Él vivir.
Ven Señor Jesucristo, Hijo del Dios Vivo, que te encarnaste en el vientre purísimo de María, por obra del Espíritu Santo, Ven Dios y Hombre, que naciste humildemente para enseñarnos que la verdadera grandeza consiste en despojarse de todo, para que el Todopoderoso habite en nuestras vidas.
Dulcísimo Jesús que renaces todos los días, en cada corazón, permítenos que seamos como una pequeña ánfora para que tus sentimientos logren penetrar en los nuestros y sentir un poco como Tú, ver un poco como Tú, amar un poco como Tú amas, no porque ames poco, sino porque nosotros somos tan finitos y limitados, que por tu generosidad, el “abismo de nuestras miserias pueda ser colmado con el abismo de tu misericordia”.
Con los Ángeles, proclamemos, Gloria a Dios en el Cielo y paz en la Tierra a los hombres de Buena Voluntad. Paz que es la tranquilidad del alma. Y esa tranquilidad del alma, es producida cuando tenemos nuestra mirada puesta en Ti. Paz que es fruto de una verdadera y auténtica justicia.
Hoy es Navidad, misterio de adoración y de alabanza, nuestra tristeza se transforma en gozo, nuestra desesperanza en fortaleza, nuestro egoísmo en generosidad, nuestra vida muchas veces vacía llena de tu espléndida presencia. Tú sigues tocando permanentemente a nuestra puerta, que seamos capaces de abrir los cerrojos, y que tengamos la valentía de aceptarte de manera total para que pase lo que pase, suceda lo que suceda, no nos soltemos de tu mano preciosa para seguir adelante.
Navidad es el compartir del Dios Padre con nosotros a su Hijo Único. Navidad debe ser un proyecto de vida personal, para todos los que nos llamamos cristianos, de hacer un análisis en nuestras vidas y reflexionar que hemos sido creados únicamente para amar y ser amados, que nuestra misión en el mundo, es adorarte a Ti y honrarte en el prójimo. Navidad es vivir la limpieza de corazón que es tener la necesidad de los otros para ser felices, es encontrarte a Ti “perla preciosa” y vender nuestras baratijas que nos hacen perder la visión auténtica de la vida plena.
Bendice, Niño Jesús, a nuestra patria Nicaragua. Bendícenos regalándonos hoy, súplicas intensas para una verdadera conversión en las vidas de todos, empezando por las propias, para que podamos ser personas auténticas, transparentes, sin hipocresías, pues un día llegaremos a comprender que todo es “vanidad de vanidades y que lo único que vale la pena es una vida recta ante los ojos de Dios”.
No debemos temer, a nada ni a nadie. No teman. Que resuene esta frase en nuestros oídos del alma, la que cantaron las voces celestiales, esa noche santa, pues tenemos una gran noticia, una gran alegría, nos ha nacido un Salvador. Él ha venido a librarnos de nuestras esclavitudes y cautividades.
Esclavos cuando atados a cualquier tipo de pecado, queremos liberarnos con el poder del Señor Jesús y su Sangre Preciosa, y cautivos, cuando encantados en la podredumbre y la miseria moral podemos creer que este mundo temporal es todo lo que existe. Pero Tú tienes el poder, y nosotros el libre albedrío para rectificar los caminos equivocados.
¡Oh Divino Niño, Tú que viniste en la oscuridad de la noche y naciste entre los pobres, ven a iluminar el pesebre de nuestro propio corazón lleno de incertidumbre y no permitas que las fuerzas del mal destruyan nuestra esperanza y el deseo de servirte.