El Adviento, a la espera del Señor, con Juan Bautista

Padre Neguib Eslaquit, sacerdote eudista. En este maravilloso tiempo litúrgico en que nos preparamos para celebrar el nacimiento de Jesús, uno de los personajes que nos proponen las lecturas en la Iglesia Católica es Juan El Bautista, llamado también el precursor, el hijo de Zacarías y de Isabel. Es llamado el precursor porque caminó primero […]

Padre Neguib Eslaquit, sacerdote eudista.

En este maravilloso tiempo litúrgico en que nos preparamos para celebrar el nacimiento de Jesús, uno de los personajes que nos proponen las lecturas en la Iglesia Católica es Juan El Bautista, llamado también el precursor, el hijo de Zacarías y de Isabel.

Es llamado el precursor porque caminó primero que Jesús. Fue anunciado primero que el Señor, nació primero, predicó el Reino de Dios primero y también murió por su fe antes que Jesús.

Recordemos cómo Juan El Bautista, el profeta que une el Antiguo y el Nuevo Testamento, saltó de gozo en el vientre de Santa Isabel, cuando la Virgen Purísima visitó a su prima en las montañas de Judea, y el mismo Espíritu Santo en boca de Isabel le dirigió unas bellas palabras a la doncella de Nazaret: “Bendita eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”.

Es Juan El Bautista, pariente de Jesús, quien en el desierto proclamaba con fuerza la llegada inminente del Reino de Dios, quien gritaba que vendría uno después de Él, que era más poderoso, y que si él bautizaba con agua, quien llegaría después bautizaría con Espíritu Santo y con fuego del cielo.

Hermosa es la teofanía que se nos presenta en la Palabra Santa, cuando Jesús llega al Río Jordán a bautizarse, no porque tuviera pecado, sino para cumplir con la ley e instaurar el Sacramento del Bautismo, y El Bautista al verlo llegar exclamó: “Ese es el Cordero de Dios”.

Juan El Bautista, como verdadero profeta anunció el Reino de Dios, y denunció todo aquello que se oponía a la verdad. Era un profeta incómodo y por eso Herodes, como todo tirano, por intrigas de Herodías, su adúltera compañera, hizo que decapitaran a este profeta de Dios, cuando seducido por la belleza y la danza de su hijastra, hizo promesas que con sangre inocente cumplió.

Es un aliciente cuando Jesús mismo nos encarga que no debemos temer a aquellos que pueden matar el cuerpo, pero no el alma, porque quien permanece fiel al Señor, en medio de los riesgos que trae una vida auténtica y sincera, no estará sometido de manera definitiva a los poderes tenebrosos de este mundo, sino a la Luz de su Palabra que es Victoria sobre la muerte y el mal.

Que esta Navidad que se acerca sea tiempo propicio para que allanemos en nuestras vidas, todo aquello que necesita ser cambiado, para que renazca en nuestros corazones, el sentido verdadero de la Navidad, que es sentirnos confiados que Jesucristo vino al mundo y sigue viviendo entre nosotros.

Juan El Bautista y Herodes aparecen como dos figuras que encarnan proyectos de vida antagónicos. El primero manifiesta la fidelidad a la conciencia, a la verdad, a Dios, típico de personas de una sola pieza, sinceras, auténticas, que no temen ser ridiculizadas, encarceladas o aún asesinadas por mantenerse fieles a sus principios. Mientras el segundo, es típico de aquellos que en búsqueda del propio poder, el deseo de dominar a los demás y sobre todo por quedar bien, son capaces de traicionar su propia conciencia y aún a las personas a quienes admiran, simplemente por mantener su imagen, ganar adeptos y buscar la satisfacción de su propia ambición.

Religión y Fe

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