“La función peculiar de los medios de comunicación social de inspiración cristiana es la de educar la inteligencia y formar a la opinión pública según el espíritu del Evangelio”
(Benedicto XVI)
La “buena prensa”, como se solía llamar a la prensa específicamente católica, hace ya algún tiempo, está llamada a ejercer una función educativa que ayude al pueblo de Dios a pensar con claridad y actuar con rectitud en esta vida.
El hombre o la mujer, el lector de la buena prensa ha de ir experimentando un avance progresivo hacia el crecimiento humano como fruto del contacto o familiaridad con el medio de comunicación de inspiración cristiana. De no ser así, lo más probable sea que se están efectuando una de estas dos fallas o ambas a la vez: o bien el receptor es una persona demasiada superficial, como en el caso del lector que por disipación o desinterés no logra captar la importancia y riqueza del mensaje; o bien, ya sea por parte del transmisor que está lejos de brindar a sus destinatarios una lectura, no sólo amena, sino que por su contenido o finalidad contribuya al cambio positivo del hombre, comenzando por la profunda renovación de su mente, como requisito indispensable para que se produzca en el individuo y en la sociedad nuevas formas de comportamiento.
“Me gusta leer este periódico porque me ayuda a ser mejor. Con este medio de comunicación social he comprendido más profundamente el Evangelio y a vivir con más autenticidad sus valores”. Expresiones de este estilo hablan muy en alto de una buena prensa. En todos los campos de la actividad humana se busca el “profesionalismo”, la calidad. Para los medios de comunicación social de inspiración cristiana “formar a la opinión pública, según el espíritu del Evangelio” constituye su máximo ideal, su misma razón de ser. ¡Ojalá fuera ésta la meta de otros, de todos los medios!