“La vida de los Santos no comprende sólo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los Santos es evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos. En nadie lo vemos mejor que en María”.
(Benedicto XVI)
La Virgen María, asunto a los cielos en cuerpo y alma, es la persona humana, entre los Bienaventurados, más cercana a Dios y, por lo mismo, a la vez, más cercana a los hombres.
Cierto tipo de cristianos temen acercarse o permitir a María Santísima que se acerque a ellos por el infundado prejuicio de que acoger y amar a María implica un distanciamiento de Cristo… los pioneros de la Reforma protestante estuvieron muy lejos de asumir y patrocinar semejante postura antimariana. El Padre de la Reforma, Martín Lutero, jamás estimó que el culto de especial veneración a la Madre del Señor afectara de alguna manera el culto de adoración tributario a Jesucristo. Lutero sabía, por experiencia propia, que el amor filial a María no lleva a una unión más profunda a Jesús. El amor a la Virgen no quita nada al amor a su hijo, pues no se trata de un amor competitivo; al contrario: la verdadera devoción mariana se traduce y culmina en una auténtica transformación cristiana, de no ser así, tal devoción sería falsa o puramente sentimental, superficial, no exigente y comprometida como es y debe ser toda devoción nacida de un corazón que acoge, con tierno afecto e infinita gratitud de hijo, a la Madre de Dios.
Maria es Madre de la Iglesia, Madre Inmaculada de la Humanidad, pero también necesitada de purificación, Madre educadora.
El pueblo nicaragüense tiene experiencia de María, y en La Gritería como en las purísimas todos rezamos y cantamos a la Madre y Maestra que, mirándonos con ojos misericordiosos, dulcemente nos ordena: “Hagan lo que él les diga”, ya que ella nos ama y quiere ayudarnos a crecer.