Sin duda que es en interés de Nicaragua que el próximo gobierno sandinista de Daniel Ortega debe mantener buenas relaciones políticas y diplomáticas con el Gobierno de Estados Unidos de Norteamérica.
De manera significativa, Washington ha dado el primer paso en esa dirección con la visita que hizo el Subsecretario de Estado de Estados Unidos para América Latina, Thomas Shannon, al presidente electo sandinista Daniel Ortega, el martes de esta semana. En realidad, aunque algunos suponen que la visita del alto funcionario estadounidense a Ortega fue solicitada por éste mediante interpósitas personas, y por lo tanto previamente arreglada, la verdad es que todo indica que la iniciativa partió realmente de Estados Unidos, sin negociación ni condicionamiento previo, de acuerdo con el antiguo apotegma de que “lo cortés no quita lo valiente”.
En realidad, no sólo para Nicaragua sino también para Estados Unidos es necesario y provechoso que entre los gobiernos de ambos países se desenvuelvan relaciones normales, respetuosas y cooperativas, a pesar de las reconocidas diferencias políticas e ideológicas que hay entre los gobernantes estadounidenses y los sandinistas.
Estados Unidos debe concederle un voto de confianza al presidente electo Daniel Ortega, quien desde que ganó la elección presidencial del 5 de noviembre con menos del 38 por ciento de los votos ciudadanos, ha omitido su retórica antiestadounidense y en cambio ha manifestado explícitamente la disposición a mantener una relación cordial y respetuosa con el Gobierno de Washington.
Los gobernantes de Estados Unidos no querían, obviamente, que Ortega ganara los comicios presidenciales del 5 de noviembre ni que volviera a ser Presidente de Nicaragua. Pero eso tampoco lo quería más del 60 por ciento de los electores nicaragüenses, tal como quedó demostrado con las votaciones recién pasadas. Sin embargo, de acuerdo con las reglas de la democracia el triunfo electoral de Ortega ha sido aceptado a pesar de que lo obtuvo con sólo el 38 por ciento de los votos ciudadanos, debido a la “graciosa” concesión política convertida en norma constitucional que le hicieron Arnoldo Alemán y su partido PLC.
De manera que así como las personas no sandinistas de Nicaragua no deben tener ningún problema para tolerar al gobierno de Ortega durante los próximos cinco años —siempre y cuando éste cumpla su compromiso de respetar las libertades y los derechos individuales de los nicaragüenses, el sistema democrático de gobierno, la propiedad privada y la economía de mercado, etc.—, por su parte el Gobierno de Estados Unidos tampoco debe tener mayor dificultad para mantener una relación respetuosa y amistosa con el nuevo gobierno sandinista, sobre la base —como dijo Shannon durante su visita del martes a Nicaragua— de un marco democrático y “dentro de las estructuras de la relación bilateral como el Cafta y los otros programas”.
Las amistades Daniel Ortega y su partido con gente como Fidel Castro, Chávez, Mugabe y otros de esa misma estirpe, son de su particular incumbencia y sólo que las conviertan en políticas de Estado perjudicarían las relaciones de Nicaragua con Estados Unidos. Otra cosa sería que el presidente Ortega, como lo advirtiera su hermano Humberto —antiguo dirigente político y militar sandinista—, cometiera la irresponsabilidad e insensatez de unir a Nicaragua al eje extremista y agresivo contra Estados Unidos que han formado los gobernantes Hugo Chávez, de Venezuela; Fidel Castro, de Cuba, y Evo Morales de Bolivia. Entonces sí que las relaciones de Nicaragua con Estados Unidos serían conflictivas, tormentosas y desastrosas como lo fueron durante el primer gobierno de Daniel Ortega.
Finalmente, la iniciativa del gobierno estadounidense de tender un puente de amistad a Daniel Ortega y venir a Nicaragua a ofrecerle una relación respetuosa y provechosa, demuestra que no es cierto lo que dicen los detractores izquierdistas del presidente Bush, de que éste es un político torpe que sólo sabe hablar el lenguaje de la fuerza y la intervención militar.
En fin, la elección de Daniel Ortega como nuevo Presidente de Nicaragua debe ser respetada por todas las personas que no son sandinistas y votaron contra él, lo mismo que por la comunidad democrática internacional, sin perjuicio de que será necesario mantener una estrecha vigilancia sobre su desempeño gubernamental y una permanente defensa de las conquistas democráticas del pueblo nicaragüense .