Lo ideal es que el desarrollo económico de los países vaya de la mano con el fortalecimiento de las instituciones democráticas y de las libertades individuales. De lo contrario se producen regímenes autoritarios. El ejemplo de China es típico. Su economía crece a un vertiginoso ritmo de 10 por ciento anual pero en ese país el gobierno sigue en manos de un círculo de hierro que mantiene vivo el sistema comunista y que, irónicamente, sobrevive gracias a la implementación de limitadas reformas conectadas al libre mercado. Los líderes comunistas chinos consiguen así la riqueza “suficiente” para mantener contento al pueblo y seguir ellos en el poder de manera indefinida. El Partido Comunista Chino (PCCH), fundado en 1921, se impuso por medio de la lucha armada y desde 1949 es el único partido gobernante en ese país. En China se sigue hablando de la “dictadura democrática popular” y una de las estipulaciones de la Constitución sobre su sistema político, dice: “El partido Comunista de China ha sido, es y será el dirigente del pueblo chino”. La naturaleza democrática de un Estado debería ser un criterio importante en las relaciones internacionales (a propósito de las recientes inquietudes expresadas por diplomáticos taiwaneses).
Rusia ofrece un ejemplo más optimista. La reestructuración o Perestroika impulsada por Mikhail Gorvachev en 1985, incluyó reformas no sólo económicas sino también políticas. El “glasnost” —parte integral de la Perestroika— favoreció la libertad de expresión y el acceso a la información. Gorbachev impulsó la creación de un congreso de diputados libremente electo así como del cargo de Presidente de la URSS que él mismo inauguró. La posibilidad de manifestarse públicamente, de expresar sus ideas y de tener acceso a los medios de comunicación nacionales e internacionales, permitió que los soviéticos dieran al traste con un sistema comunista que había demostrado su ineficiencia, arbitrariedad e incapacidad para desarrollar su nivel de vida. Rusia hoy día da pasos firmes para la construcción de una democracia moderna. El presidente, Vladimir Putin —quien cumplirá su segundo período presidencial en el 2008— ha manifestado que va a respetar la Constitución Política rusa que sólo permite una reelección. Enhorabuena. La economía rusa crece a un ritmo de 6.6 por ciento anual y, aunque la democracia todavía anda ahí con muletas, los rusos saben que el país está en la senda correcta.
Los nicaragüenses también estamos en el proceso de fortalecer nuestra frágil democracia. Después de la desastrosa experiencia con el régimen sandinista de los ochenta, el pueblo eligió a su primer gobierno democrático en 1990. Desde entonces se inició la reconstrucción de la economía hecha pedazos, así como la recuperación del Estado de Derecho y de las instituciones democráticas. Pero el proceso ha tenido sus altibajos y sus reveses por dos razones principales: la insistencia de Daniel Ortega de “gobernar desde abajo” y la corrupción del presidente Arnoldo Alemán y de algunos de sus funcionarios. La condena de Alemán lo obligó a pactar con Ortega la entrega de tres poderes del Estado y la disminución del porcentaje de votos para ser electo presidente (del 45 al 35 por ciento). Y así fue que Ortega volvió al Poder Ejecutivo. A pesar de todo, la democracia avanza y nuestra economía ha alcanzado una estabilidad respetable que le permite el acceso a préstamos de las instituciones de crédito internacionales así como excelentes relaciones con la comunidad internacional que abonan el camino al perdón de deudas bilaterales y el apoyo a programas de desarrollo.
Que Ortega haya regresado a la Presidencia no significa que el proceso democrático nicaragüense vaya a revertirse. Nicaragua y la democracia son más que Daniel Ortega. El pueblo nicaragüense que no votó por él (62 por ciento), velará para que su gestión mantenga al país en la dirección correcta. Esto significa, entre otras cosas, ser realistas y pragmáticos y, como los rusos y otras naciones ex comunistas de Europa que hoy se han convertido en democracias liberales, seguir impulsando el desarrollo que este sistema facilita y promueve. Como Putin, Ortega no podrá reelegirse en el 2011 pero tiene 5 años para demostrar que su visión del mundo ha cambiado. Ojalá que la sobreconfianza y la popularidad que por lo general adquieren los presidentes, no hagan que Ortega se embriague con las mieles del poder.