Daniel Ortega, el ex líder guerrillero sandinista que la administración Reagan trató infructuosamente de derrocar en los 80, se ha erguido desafiante ante Washington una vez más.
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La Casa Blanca y algunos miembros del Congreso hicieron varios intentos para convencer a los nicaragüenses de que Ortega es una amenaza para la democracia en su país y para sus intereses comunes con Estados Unidos. Aún así, Ortega fue declarado ganador el martes. Washington quería a un candidato conservador, pero lo que logró en cambio fue una lección temprana sobre los defectos de aplicar tácticas intimidatorias en campañas políticas.
En la edición del 10 de octubre de LA PRENSA, uno de los principales diarios en Nicaragua, el Secretario de Comercio de Estados Unidos, Carlos Gutiérrez, declaró en una columna de opinión que “los amigos deben ser francos unos con los otros” y que la ayuda de su país y el comercio entre las dos naciones “están en peligro” si Ortega gana. El embajador estadounidense Paul Trivelli habló abiertamente acerca de la necesidad de “reevaluar” la relación con Managua si Ortega ganaba. Y los representantes al Congreso estadounidense Dana Rohrabacher, Ed Royce, Pete Hoekstra y Tom Tancredo amenazaron por su parte con bloquear todas las remesas enviadas por inmigrantes nicaragüenses desde Estados Unidos.
Todos estos esfuerzos contrastaron con la prudencia de la administración Bush en otras elecciones en la región —en las que era evidente que la simple percepción de intromisión habría sido contraproducente. Sin embargo, el caso de Nicaragua es distinto y Washington creyó que las críticas a la candidatura de Ortega encontrarían una audiencia receptiva entre los nicaragüenses. Al fin de cuentas más de la mitad del electorado le había dado la espalda a Ortega en sus tres intentos por alcanzar la presidencia en los últimos 16 años.
Pero desde el comienzo de esta campaña, las circunstancias favorecían a Ortega: enfrentaba una oposición dividida y contaba con “El Pacto” —un vergonzoso acuerdo de repartición de poder entre Ortega y el Partido Liberal Constitucionalista, que permitía que cualquier candidato ganara la presidencia en primera vuelta con sólo un 35 por ciento del voto y una ventaja de más de cinco puntos porcentuales sobre el candidato en segundo lugar.
En otras palabras, para Ortega ya no era urgente lograr algún apoyo de ese 50 por ciento o más de nicaragüenses que consistentemente han votado en su contra. Sólo tenía que mantener su base.
Las tácticas de intimidación de Washington mostraban una preocupación nula por las razones que llevarían a los nicaragüenses a votar por un candidato de izquierda. El país es el segundo más pobre del Hemisferio Occidental después de Haití. Casi la mitad de la población vive con menos de dos dólares al día. Para ellos, la izquierda ofrecía una alternativa distinta a los gobiernos de derecha de los últimos 16 años que no han mejorado su situación.
Pero por primera vez votar por la izquierda no significaba necesariamente votar por Ortega. Un grupo de sandinistas prominentes había sido expulsado por Ortega o abandonado su partido para crear el Movimiento Renovador Sandinista. Pero el domingo el candidato del MRS, Edmundo Jarquín, logró menos del 7 por ciento de los votos. Si Jarquín hubiera logrado más votos, Ortega se habría visto forzado a enfrentar a un solo candidato conservador en una segunda ronda que probablemente habría perdido.
Ortega parece haber entendido lo que enfrentaba mejor que la mayoría. No asumió la pelea que Washington buscaba. No prometió relanzar la revolución sandinista ni hizo campaña contra el libre comercio o los inversionistas extranjeros. Contradijo a los críticos que amenazaron con que las remesas sufrirían declarando dicha hipérbole electoral una amenaza vacía. Los envíos de dinero, dijo, “son sagrados, intocables”. Incluso abandonó el viejo himno sandinista que declaraba su lucha “contra el yanqui enemigo de la humanidad”, a cambio de la canción de John Lennon “Dale una oportunidad a la paz”.
Las tácticas intimidatorias de Washington fracasaron. Otra vez el pragmatismo fue opacado por la ideología. Eso quedó en evidencia cuando el representante Dan Burton, presidente del Subcomité del Hemisferio Occidental del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara, escribió que la victoria de Ortega hacía posible que el Presidente venezolano Hugo Chávez y su enfermo mentor Fidel Castro expandieran su influencia y trajeran a “nuestros enemigos… mucho más cerca de nuestras fronteras”.
Que quede claro que Ortega no es un santo —pero ya no es una amenaza externa, sino interna. Su ambición lo muestra como alguien que no guarda mayor aprecio por las instituciones democráticas ni tampoco, siquiera, por la disensión dentro de su propio partido. Por ahora, Danny O ha regresado como el nuevo líder de la democracia nicaragüense, un giro particularmente irónico teniendo en cuenta todo lo que ha hecho para debilitarla. He ahí lo que logró la administración Bush en sus esfuerzos por cambiar el rumbo en Nicaragua.