- Memorias de un Nómada reúne su visión de los viajes y los acontecimientos que lo marcaron
Yo no elegí vivir en Tánger de forma permanente: fue una casualidad. Tenía la intención de que mi visita fuera breve; después me iría a otro sitio y seguiría de un lado a otro indefinidamente, escribía Paul Bowles en Memorias de un Nómada, en 1972. Quizá fue una casualidad pero en la larga demora de la partida, en lo que fue el exilio hasta su muerte, había un rechazo del mundo que le privó del deseo de viajar.
Viajero, esposo y amigo de otra gran escritora, Jane Auer; anfitrión en Tánger de Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Gore Vidal, Gregory Corso, Djuna Barnes o Cecil Beaton, personaje esquivo y mítico de la generación beat.
Paul Bowles fue un joven estadounidense que encontró en Tánger la oscura desintegración, el desplazamiento físico y psicológico y, sobre todo, el miedo, considerado por él como la emoción principal del ser humano, la que mueve el mundo, más que el amor.
Paul Bowles nació en Nueva York en 1910, llegó a la antigua ciudad del pecado que fue Tánger a los 21 años, la ciudad huérfana, como la definió más tarde. Viajero por América (vivió en México más de cuatro años y su español era suave y preciso), Europa y Asia (donde compró una pequeña isla en Ceilán), no se instalaría definitivamente en Tánger hasta 1952, y apenas la abandonó salvo para adentrarse en el Sáhara y en otros lugares de Marruecos, o viajar a Nueva York y Madrid para recibir tratamiento médico o escuchar su música en concierto.
Otro de sus destinos fue Málaga, donde su mujer desde 1938, Jane Bowles, autora de Dos Damas Muy Serias, murió en 1973 tras una dolencia cerebral que duró 16 años.
Bowles se quejaba, en su apartamento de Tánger, de una biografía sobre su mujer cuya autora no retrató a la Jane de antes de la horrible enfermedad, una mujer divertida y humorística, de una alegría desbordante.
Ambos vivieron una especial historia de amor, por encima de sus preferencias sexuales, que acabó de forma dramática la amistad de Jane con una marroquí con la que vivió más de 20 años era considerada por Bowles como cercana a la posesión demoníaca, y a veces pensó que esa codiciosa criada-amante, envenenó a la escritora.
Indiferente al éxito inicial y final de un recorrido teñido de penas y complicaciones en su extenso tramo medio, Paul Bowles decía en el desastrado apartamento de Tánger del que no quiso mudarse: Ni cuando esté muriéndome voy a decir que hubo una época en la que me sentía maduro, porque uno siempre está cambiando .
Disponible en librerías Hispamer.