A defender la libertad

Para determinar si una persona o partido político es realmente democrático, basta saber si cede voluntariamente el poder cuando debe entregarlo, o si tiene capacidad para reconocer y acatar la voluntad de la mayoría aun con la convicción de que ésta no tiene la razón. En el juego de la democracia no se participa sólo para ganar, sino también para perder y aceptar la victoria de los demás, inclusive cuando se trata de personas que sin ser verdaderos demócratas aprovechan los mecanismos de la democracia con el propósito de dañarla o destruirla.

Lógicamente, para aceptar incondicionalmente el triunfo del adversario —por ejemplo en una competencia electoral— ésta tiene que haberse efectuado de manera limpia y honesta, sin perjuicio de los defectos propios de una cultura política débilmente democrática como es la de Nicaragua.

En el caso de las elecciones celebradas el recién pasado domingo 5 de noviembre y que le dieron la victoria a Daniel Ortega y el Frente Sandinista, es obvio que esta estuvo plagada de anomalías. Pero el triunfo sandinista no se debió a esas anomalías sino simplemente a que recibió más votos que sus rivales, lo que prácticamente todas las encuestas habían vaticinado. Los mismos contendientes de Ortega y el FSLN no tenían certeza de que podían ganarlas elecciones, sólo la esperanza de que el voto oculto se decidiera a última hora a favor de la democracia y en contra de los pactistas.

La verdad es que el pacto libero-sandinista fue ideado por mentes astutas que sabían muy bien lo que estaban haciendo. En realidad, Daniel Ortega y el FSLN nunca hubieran podido ganar las elecciones con el 45 por ciento de los votos, porcentaje que se estableció en la reforma constitucional democrática de 1995 como mínimo para obtener el triunfo electoral, o en caso contrario ir a una segunda vuelta entre el primero y el segundo lugar.

Precisamente porque Ortega no podría alcanzar ese porcentaje de votación, y para facilitarle la posibilidad de volver a ser Presidente de Nicaragua, fue que las cúpulas del FSLN y el PLC pactaron para bajar el umbral electoral del 45 al 40 por ciento, y hasta el 35 por ciento de los sufragios en el caso de que la diferencia entre el primero y el segundo lugar fuese más de 5 por ciento.

El pacto, que fue aprobado en el año 2000, por múltiples razones no funcionó en las elecciones nacionales de 2001. Sin embargo, para los comicios del domingo pasado, al haber sido convertidos Arnoldo Alemán y el PLC en rehenes políticos de Daniel Ortega, la situación fue propicia para que la regla del 35 por ciento funcionara a la perfección.

De manera que la suma de las múltiples irregularidades e incompetencias del Consejo Supremo Electoral durante la preparación y celebración de los comicios del 5 de noviembre, más las maniobras y la campaña sucia de los pactistas facilitaron que Daniel Ortega ganara la elección presidencial tal como lo anunció de manera oficial el CSE y lo confirmó el organismo cívico Ética y Transparencia.

Sin embargo, a diferencia de julio de 1979, cuando Daniel Ortega y el FSLN asaltaron el poder a balazos y derrocaron al dictador liberal Anastasio Somoza Debayle, en esta ocasión van a tomar el gobierno de la República como resultado de una elección popular democrática. Y por lo tanto los sandinistas no podrán abolir las instituciones, ni derogar la Constitución, ni actuar como señores de horca y cuchillo, sino que tendrán que gobernar dentro de un marco constitucional y legal que están obligados respetar. O al menos no podrán cambiarlo muy fácilmente y tendrían que volver a pactar con Arnoldo Alemán para que este los apoye en la Asamblea Nacional.

Por otro lado, el mandato electoral que recibe Daniel Ortega no es mayoritario sino de la minoría política formada por sus partidarios. Pero tiene derecho de gobernar y ese derecho debe ser respetado, así como Ortega tendrá que respetar los derechos de todos los nicaragüenses que quedan fueran del poder.

La dictadura sandinista de los años ochenta, gobernó a sangre y fuego pero aún así no pudo someter a las personas amantes de la democracia y la libertad. Y menos que lo pueda hacer ahora, porque sin duda que los nicaragüenses libres van a defender su libertad día tras día, pulgada a pulgada.

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