En la campaña presidencial de 1992 en Estados Unidos todo indicaba que el presidente George Bush padre sería reelegido para un segundo período. En efecto, las encuestas colocaban a Bush a la cabeza de la contienda electoral.
El presidente Bush acababa de tener un importante éxito militar al expulsar a las tropas iraquíes de Kuwait en la primera guerra del golfo, y hacía de este éxito su principal caballo de batalla contra el demócrata William (Bill) Clinton.
Sin embargo, la economía norteamericana no había salido bien parada de este conflicto. En 1991 hubo una recesión que colocó la tasa de crecimiento en -0.5 por ciento. La tasa de desempleo era de 6.8 por ciento, la inflación del 4.2 por ciento y la guerra en sí había generado un déficit fiscal de 250 mil millones de dólares.
Aprovechándose de esta desventaja, el asesor político de Clinton, James Carville acuñó una frase que se volvería un arma demoledora contra el presidente Bush. Una frase que, aunque simple en esencia, dejaba entrever que el precario estado de la economía era más importante que el reciente triunfo militar. “Es la economía, estúpido” fue la frase que le dio la victoria a Clinton sobre su popular adversario.
Esta frase resumía el programa de gobierno que ofrecía Clinton, el cual se basaba en un serio programa de reactivación económica. En efecto, a partir de 1992 la economía estadounidense se embarcó en la recuperación económica más larga de su historia. Sólo en ese año se registró una tasa de crecimiento de 3.0 por ciento. La tasa de inflación bajó también al 3 por ciento y el desempleo comenzó a reducirse.
Muchas lecciones podemos sacar los nicaragüenses de este relato. Todos los días somos bombardeados hasta más no poder con las promesas de campaña de los candidatos a presidente. Todos afirman tener el mejor plan de gobierno y todos afirman tener las mejores propuestas para erradicar la pobreza, el desempleo y generar crecimiento económico. Eduardo Montealegre ha basado su campaña en señalar la precaria condición de la economía en los ochenta, que manejaba el FSLN. Edmundo Jarquín y José Rizo señalan la insensibilidad social que tuvieron las políticas macroeconómicas del actual gobierno, cuya continuación ellos consideran es Eduardo Montealegre. Y el Frente Sandinista, a todas luces, apuesta al apoyo económico que recibiría del gobierno venezolano en caso de ganar las elecciones.
Pero… ¿Qué hay detrás de los programas de gobierno de los candidatos? ¿Existen acaso en estos programas políticas serias, tangibles, concretas y realizables para fomentar la actividad económica de nuestro país, o son sólo un simple listado de buenas intenciones? A simple vista, los programas de gobierno parecen iguales. Pero cuando leemos entre líneas observamos grandes diferencias en la forma de pensar de sus promotores.
Los cuatro programas de gobierno, en mayor o menor medida, presentan propuestas cuya ejecución requerirá definitivamente, de un incremento del gasto público. La construcción de 6,000 kilómetros de carretera y el mantenimiento de 10,000 más que promete el PLC. Las inversiones en energía, comunicación y otras áreas que ofrece el Frente Sandinista así como el asumir los costos de transferencia de las remesas familiares. La creación de centros de desarrollo empresarial y otras instituciones en beneficio de las Pyme que ofrece ALN. Y la financiación de inversiones a corto y largo plazo que oferta el MRS. Todas éstas son propuestas (pera mencionar sólo unos ejemplos) que implican un aumento en el gasto público.
Para un país, al igual que para una persona, gastar más significa dos cosas: o se produce más o se endeuda más. Por lo tanto, lo que debemos buscar cuando leemos los programas de gobierno, no es cuáles son las propuestas, sino cómo se planea generar los recursos para ejecutarlas. Algunos programas le apuestan al Estado como generador de los recursos, mientras que otros apuestan al mercado y al sector privado como generador de éstos. El programa de la ALN es marcadamente de libre mercado. Se asume que el sector privado tendrá toda la capacidad de generar la riqueza necesaria y se reduce el papel del Estado. El FSLN en el otro extremo, alude en sus 6 compromisos a un Estado que fomentará la producción por sí mismo sin acudir al sector privado que, aunque afirman que respetarán, no consideran capaz de ayudar a la economía.
El PLC por ejemplo, está apostando a que durante su período de gobierno se generará un crecimiento sostenido de entre el 6 y el 10 por ciento anual. Esto generará los recursos suficientes vía impuestos para ejecutar las obras. El MRS, quien probablemente tiene la propuesta más concreta para crear un banco de fomento, planea transformar el FNI y demás organismos de financiamiento estatal para crear un banco de fomento que aumente la producción.
El FSLN cuenta con el apoyo económico de la Venezuela de Chávez y de los fondos de desarrollo y cooperación que este país ha anunciado. A la vez, el FSLN confía en la instalación en el país del Banades (Banco Nacional de Desarrollo) de Venezuela, para lidiar con la creación del banco de fomento. Y la ALN confía no en un banco, sino en un instituto de fomento y en la creación de programas de desarrollo empresarial para generar, según afirman, más y mejores empleos a través de incentivos al sector privado.
Todos los candidatos hablan de aumentar las recaudaciones tributarias disminuyendo las exoneraciones de impuestos y demás exenciones fiscales. Sin embargo, ninguno habla de aumentar la base tributaria o de crear nuevos impuestos. Tal vez por el alto costo en votantes que esto pudiera significar. Por el contrario, todos omiten el necesitar gestionar recursos del exterior en concepto de préstamos y donaciones. Esto es realmente muy interesante porque estoy seguro, con la historia como testigo, que sin importar quien resulte electo, tendrá que seguir dependiendo en gran medida de los préstamos y donaciones del exterior, con el correspondiente aumento de deuda externa que esto implica. Eso tendrá que ser así, aunque ninguno lo mencione, dado la vaguedad con la que expresan sus planes para obtener recursos en sus respectivos programas de gobierno.
Claramente podemos ver que las metas y objetivos de los programas de gobierno son los mismos. Lo que los diferencia realmente es la manera como piensan conseguir los recursos necesarios para cumplir sus promesas. Y hasta cierto punto, existe una gran carga ideológica en estas formas de pensar. Los sandinistas que ostentan la ideología de izquierda creen en un Estado fuerte y protector del sistema económico, mientras que en el otro extremo los seguidores de Montealegre le apuestan al libre mercado y al dinamismo del sector privado. Después tenemos los dos puntos medios, el MRS y el PLC, quienes se bolean tomando algo de las dos partes con mayor o menor énfasis en una o en otra dependiendo, de nuevo, de la ideología.
En conclusión, podemos afirmar que ninguno de los programas de gobierno es lo suficientemente específico a la hora de decir cómo piensan cumplir con sus promesas de campaña. Todos apuestan a un incremento del gasto público pero no son específicos en decir de dónde vendrán los recursos para esos gastos. Por tanto, sólo nos queda adivinar a nosotros los votantes cómo podría hacer un determinado candidato para cumplir sus promesas. En gran medida, nos toca confiar en sus formas de pensar, o en otras palabras, en sus respectivas ideologías que nos den una pauta para saber cómo podrían actuar en el futuro.
¿Quién tiene mayores posibilidades de lograr cumplir sus promesas? El lector juzgue. Como patrón de decisión al lector le puede interesar revisar un poco la historia. Y es que el mejor profeta del futuro es el pasado. ¿Han podido cumplir con sus promesas los pasados presidentes? ¿Pudieron Daniel Ortega, Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños cumplir con sus promesas de campaña? Por quien sea que el lector tenga intenciones de votar asegúrese no tanto de comprender y conocer sus promesas de campaña y los lineamientos de sus programas de gobierno sino, lo que es más importante aún, en saber si podrá generar los recursos necesarios para cumplir dichas promesas y ejecutar el plan de gobierno propuesto.
El autor es estudiante de Economía, UNAN-Managua