La lucha contra la pobreza

La semana pasada la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) informó que el 27 por ciento de los habitantes de Nicaragua sufre desnutrición. Por supuesto que la pobreza, el hambre y la desnutrición no constituyen un problema exclusivo de Nicaragua. En ese mismo informe de la FAO se señaló también que en América Latina y el Caribe unos 52 millones de personas viven actualmente por debajo de los niveles de nutrición. Agregó que la mitad de la población desnutrida se encuentra en los sectores rurales y que el problema es mayor en Centroamérica, particularmente en Honduras, Guatemala y Nicaragua. Asegura el mencionado informe que el 23 por ciento de los hondureños no tiene qué comer y que en Guatemala un igual porcentaje de niños sufre hambre crónica. Y en cambio, en Costa Rica sólo el 4 por ciento de la población padece del mal social de la desnutrición.

Según los izquierdistas de Nicaragua, el problema de la pobreza es causado por el sistema económico capitalista, o “neoliberal” como lo llaman ahora. Y según ellos, con sólo abolir el neoliberalismo se terminarían el hambre y la miseria y “ríos de leche y miel correrían sobre Nicaragua”. El colmo es que señalan como una falla de la economía capitalista “neoliberal”, el hecho de que mucha gente pobre se tenga que ganar la vida en el ámbito de la economía informal, como si esto fuese algo indecoroso. Pero al respecto hay que recordar que en tiempos del régimen sandinista esa actividad era considerada delito y perseguían implacablemente a la gente pobre del campo y la ciudad que trataba de ganarse la vida con pequeños negocios informales.

En Nicaragua los populistas de izquierda (sandinistas) ya trataron de liquidar el sistema económico capitalista o “neoliberal”. Con ese propósito impusieron un régimen de “economía mixta” en el que las empresas estatales hegemónicas coexistieron con los negocios subordinados pertenecientes a “empresarios patrióticos” sumisos al FSLN. Y el resultado fue que hicieron retroceder la economía nacional varias décadas —en relación con los vecinos centroamericanos— y todavía hoy el país está pagando las consecuencias de aquella insensata aventura socializante. Ellos dicen que el fracaso económico del sandinismo fue por la guerra, pero también hubo guerra en El Salvador y la economía de ese país no fracasó como la de Nicaragua, lo que demuestra que la bancarrota en Nicaragua se debió a la inviabilidad del sistema anti-capitalista, no al conflicto bélico.

Es cierto que el sistema económico capitalista basado en la economía de libre mercado y en la libertad política, así como los programas auspiciados y financiados por la comunidad internacional, no han podido resolver el grave problema de la pobreza. Sin embargo, todo lo que el país ha logrado avanzar se debe precisamente a la economía capitalista, que es la única que produce riqueza y puede reducir la pobreza.

Nicaragua es hoy un país mucho mejor que el de 1990, cuando se terminó la aventura socializante de los comandantes sandinistas gracias a la votación mayoritaria del pueblo nicaragüense. Y sin duda que el país estaría mucho mejor si no hubiera sido por la estrategia destructiva de “gobernar desde abajo” que aplicó el FSLN durante los últimos años; por la desmedida corrupción que hubo en el gobierno PLC de Arnoldo Alemán, cuando se robaron hasta donaciones internacionales para los damnificados por el huracán Mitch; y por la corrupción que sigue enquistada en los poderes públicos convertidos por el pacto Alemán- Ortega en un botín caudillista y partidista.

Ciertamente, las verdaderas causas de la pobreza son la corrupción, la ineficiente administración pública, los desmesurados gastos burocráticos, la mala asignación de los recursos presupuestarios y la inequidad en la distribución del producto del crecimiento económico. Sin embargo, para resolver esos problemas no es necesario destruir lo que se tiene. La solución consiste en elegir gobiernos integrados por personas honradas y justas, como muy bien lo advertía el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Suprimir o restringir la economía de libre mercado y sustituirla con el régimen económico estatista de escasez y racionamientos que hubo en los oscuros y miserables años ochenta, significaría clausurar la única fuente de riqueza que existe para superar la pobreza, algo así como matar la gallina de los huevos de oro.

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