La paradoja populista ecuatoriana

El candidato presidencial de la izquierda populista en Ecuador, Rafael Correa, logró durante la campaña electoral que culminó el domingo pasado un gran crecimiento en la intención de voto, gracias precisamente a sus planteamientos radicales y a su clara identificación con Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales.

Sin embargo, por ese mismo planteamiento de extrema izquierda y su asociación con Castro, Chávez y Morales, Correa no pudo seguir subiendo hasta conseguir los votos suficientes para ganar la elección presidencial del domingo 15 de octubre. Más bien Correa saltó del primer lugar donde lo habían colocado las encuestas en los días anteriores a las votaciones, al segundo puesto al contarse los votos depositados en las urnas.

Esa es la paradoja de la votación ecuatoriana del domingo pasado, o sea un candidato presidencial que se hizo muy popular por sus discursos y propuestas de extrema izquierda, pero que por esa misma razón no pudo ganar la elección en primera vuelta. Y a juzgar por lo que dicen casi todos los analistas políticos de ese país, muy difícilmente Correa podría ganar la segunda ronda electoral del próximo 26 de noviembre.

En realidad, el planteamiento populista es atractivo para una parte más o menos grande de la población en cada país latinoamericano, particularmente para los sectores más pobres y atrasados. Pero el populismo también mete mucho miedo, y no sólo a quienes pertenecen a las clases altas y medias de la sociedad sino también a muchas personas de los sectores populares. Y es que la gente que está mal quiere mejorar su situación, no empeorarla con un sistema de gobierno que es muy eficiente en lo que se refiere a promover el odio y la lucha de clases y de etnias, así como en buscar pleitos con gobiernos de otros países y en particular con el de Estados Unidos, pero es incapaz de resolver los verdaderos problemas de la gente, que más bien los agrava. ¿Acaso no es eso lo que demostró, para no ir muy lejos, la trágica experiencia del régimen sandinista que imperó en Nicaragua de 1979 a 1990?

Es cierto que actualmente hay en Nicaragua bastante pobreza, desempleo, crisis de energía y muchos otros problemas de diverso orden. Pero aún con todas esas dificultades la situación del país es hoy mucho mejor que la que había en 1990, cuando el FSLN y Daniel Ortega dejaron el poder, forzados por el voto popular, después que destruyeron la economía nacional y suprimieron los derechos y las libertades fundamentales durante su dominación de una década.

Lo que la gente quiere es progresar, no ser más pobre y perder la libertad como ocurriría en Nicaragua si Daniel Ortega volviera a gobernar. En realidad, lo que se necesita es fortalecer las instituciones democráticas, no que las termine de destruir un régimen autoritario; lo que se requiere es que la economía siga creciendo y que sus beneficios sean mejor distribuidos entre la población, no retroceder a la escasez y el racionamiento como consecuencia de las mismas políticas estatistas y populistas que se impusieron en los años ochenta; lo importante es avanzar hacia delante, no retroceder hacia aquel pasado de autoritarismo, miedo y corrupción.

Antes de las elecciones del domingo pasado en Ecuador pero después de los comicios mexicanas en los que el candidato democrático Felipe Calderón derrotó al populista López Obrador, el analista latinoamericano Andrés Oppenheimer escribió que “la idea generalizada de que la izquierda está ganando terreno en América Latina debe ser revisada. México y varios otros países de la región se están alejando de posiciones extremas y convergiendo en el centro. Con suerte, entraremos en un período de mayor estabilidad y más prosperidad”. Por su parte el presidente peruano Alan García —quien derrotó este año en las elecciones al candidato presidencial extremista Ollanta Humala—, expresó durante la visita que hizo a Washington la semana pasada, que él es un hombre de izquierda pero que no quiere continuar con “discursos políticos del siglo XIX que ofrecen un salto hacia atrás”, sino estar a tono con los nuevos tiempos de vida electrónica y globalización económica.

Ese “salto hacia atrás” es el que está ofreciendo en Nicaragua el candidato presidencial del Frente Sandinista. Y depende del voto democrático de los ciudadanos rechazarlo o saltar con él hacia el abismo.

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