Los dioses de barro

En 1938, Arthur Koestler —escritor comunista de origen húngaro pero naturalizado inglés— dio una conferencia en París ante cientos de sus camaradas y ahí formuló tres principios que marcaron su ruptura definitiva con el comunismo europeo: (1) No hay infalibilidad alguna, ni en una persona, ni en un movimiento, ni en un partido; (2) La tolerancia con respecto al enemigo es tan suicida como la intolerancia con respecto al amigo que persigue el mismo fin por un camino diverso. (3) “Una verdad perjudicial es mejor que una mentira útil” (cita literal de Thomas Mann).

El descubrimiento de que nada ni nadie en este mundo es infalible es liberador y refrescante. Koestler llegó a esa conclusión a través de su decepcionante experiencia en el partido comunista europeo. Lo mismo André Gide y muchos más.

Nadie puede reclamar el patrimonio absoluto de la verdad. Ni el partido, ni la revolución ni sus dirigentes. La falibilidad es reflejo de la naturaleza humana finita e imperfecta. Somos barro. Podemos estar equivocados. Ningún proyecto es mejor que los seres humanos que lo promueven. La revolución sandinista fue un proyecto político que aspiraba a la construcción de una sociedad mejor. Pero sus dirigentes probaron con su proceder que no estaban a la altura de su ideal. Les faltó humildad —y todavía les falta— para reconocer sus errores y sus limitaciones e hicieron del “asalto al cielo” (frase de Carlos Marx) una caída hacia el infierno. No es cierto que con el triunfo sandinista, el amanecer dejó de ser una tentación para los revolucionarios. Todo lo contrario, el acceso al poder dejó al descubierto su levedad ética. A pesar de la retórica del “hombre nuevo”, fue el viejo Caín, con todos sus vicios y bajezas, el que gobernó sus actuaciones para cometer impunemente todo tipo de delitos en nombre de la revolución.

El segundo principio, relativo a la absurda intolerancia hacia el amigo que persigue el mismo fin por un camino diferente, es una condena de Koestler a la sangrienta campaña de persecución y exterminio de los comunistas soviéticos contra los disidentes. En efecto, la ilusión de creerse infalibles llevó a los comunistas —lo mismo que a los sandinistas en Nicaragua— a enfocar sus cañones en contra de aquellos amigos que pensaban que había más de un ruta posible para alcanzar la meta. Se impuso la dictadura de la uniformidad. Se proscribió la libertad y la individualidad. De ahí en adelante, las antiguas víctimas se convirtieron en victimarios y los abusados en abusadores. En su afán dictatorial, los sandinistas etiquetaron de “contrarrevolucionario” a todo el que difería. Esa fue la licencia para perseguir, encarcelar y callar. La intolerancia convirtió al Estado revolucionario en una eficiente maquinaria de exterminio. Koestler dice: “En ningún siglo y en ningún país se ha matado a tantos revolucionarios o se los ha convertido en esclavos como en la Rusia soviética”.

Sin embargo, es el tercero y último principio expuesto por Koestler el que ofrece la mejor explicación al desmoronamiento de las revoluciones marxistas- leninistas : “Una verdad perjudicial es mejor que una mentira útil”. El fin no justifica los medios. El asesinato, la mentira, el terror y la supresión de los derechos individuales no puede ser el camino adecuado hacia la construcción de un mundo mejor. Sin principios éticos que nos gobiernen, la meta se pierde en la espesa bruma de lo inmoral e inhumano. Sin el respeto absoluto a la vida y a la dignidad humana, cualquier fin carece de sentido. Al bien no se llega a través del mal.

No se trata de ser escépticos con respecto a la posibilidad de mejorar las condiciones materiales de la sociedad sino de aceptar nuestra finitud y de ser realistas con respecto a lo que podemos hacer. Hay que desechar para siempre la ilusión comunista de construir paraísos terrenales y concentrarnos en lo que es posible: El fomento de la libertad y la democracia. El respeto a los derechos humanos. La creación de riqueza por particulares. El acceso a la educación, la salud y el empleo digno. La sujeción de todos a la ley. Un estricto control de la gestión de los funcionarios públicos para protegerlos contra la corrupción. Para esto no necesitamos dioses de barro.

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