Maestro de muchas generaciones de periodistas, el profesor Juan “Juancito” Molina Palacios. ()

El Centroamérica con otros recuerdos de Juancito Molina

Como novia aldeana Jinotega amanecía con blancos velos de niebla de los que se despojaba hasta las diez de la mañana con el ruido de pichingas chocando y el abrazo amoroso de sus dos hermosos ríos, el Petate y el Ducualí, el verdor de los cerros daba la razón a aquel que dijo: “Jinotega se […]

  • Como novia aldeana Jinotega amanecía con blancos velos de niebla de los que se despojaba hasta las diez de la mañana con el ruido de pichingas chocando y el abrazo amoroso de sus dos hermosos ríos, el Petate y el Ducualí, el verdor de los cerros daba la razón a aquel que dijo: “Jinotega se debe escribir con un lápiz esmeralda”
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¿Cómo te enredaste en el periodismo?
Mi padre fue dueño de La Estrella de Nicaragua, la misma que ahora se edita en Miami. Yo no sentía gran vocación por el periodismo aunque había tenido en el colegio un periodiquito que dirigía junto con Alfredo Alaniz. También participaba en las academias literarias que dirigía el padre Álvaro Oyanguren quien me aconsejó que estudiara periodismo en la Universidad Javierana de Bogotá. Me convenció, me fui a estudiar allá.
¿Qué pasó después?
Bueno pues me inicié a través de un amigo escritor, en El Tiempo, de Bogotá, en la página universitaria. Eso mismo vine a hacer aquí en la UCA cuando regresé en 1969. Comencé a trabajar en los diversos periodiquitos que fundaba Nacho Briones, después estuve en La Nueva Prensa de Humberto Torres Molina, luego hice periodismo radial nada menos que con el profesor Ricardo Trejos en el noticiero El Imparcial que se transmitía en la Unión Radio.
Participé en las luchas del Sindicato de Periodistas y todas las que dieron lugar a la fundación de la Unión de Periodistas. Como egresado de la Javierana yo me creía la divina garza, pero cuando comencé a oír a nuestros periodistas, a leer lo que escribían, me sentí un periodista menos internacional y más nicaragüense.
Fui director de la Escuela de Periodismo por poco tiempo, sustituí a Mario Palma Ibarra. Resulté electo segundo presidente de la Unión de Periodistas de Nicaragua y vice presidente de la Organización Internacional de Periodista.

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Una premonición

Juan “Juancito” Molina transpira felicidad cuando habla de su pueblo natal, sus ojos pequeños y grises se encienden en cada alabanza que logra elucubrar para su amada Jinotega, en esto no es diferente a una buena parte de sus coterráneos que ven a su lar con cristales de idílica bienaventuranza, aunque, como Juan, viven la vida en otro lugar.

Pero la distancia, como explica una vieja canción, es como el viento, apaga el fuego de los amores pequeños, pero enciende los más grandes y Juancito no escatima, no amaga, no miente, declara que su Jinotega es aquel paraíso onírico donde quisiera morar cuando viva en otros estratos de su existencia espiritual.

De la excelsitud del terruño pasa a la alabanza de sus gentes. “Los jinoteganos son personas acogedoras y muy observadoras. Desde que vos llegás ellos te miran de arriba hacia abajo y se forman una idea de tu personalidad, esa es la costumbre de pueblo. Si pasás la prueba te reciben con entusiasmo, te brindan un delicioso café con rosquillas y ya quedan siendo amigos tuyos para siempre.

“En esa vida bucólica y en esas costumbres tan sencillas pasé mi niñez. ¿Qué te puedo decir de ella? Sólo sé expresarte que fui muy feliz, que aquellos amiguitos de infancia son ahora mis grandes amigos, esto quiere decir que ni el tiempo, ni las circunstancias, ni los cambios de la suerte pudieron cambiar el valor de la amistad de mis camaradas de juegos”.

El parque de la felicidad

Mientras hubo muchos Juan de la Cruz, Juan de Dios, Juan Carlos, Juan Diego, Juan José y otros Juanes con agregado del Santoral, a Juancito le pusieron Juan a secas. “En esto del nombre fui copia fiel de mi padre, el diputado Juan Molina Rodríguez, el hombre que luchó por la derogación del tratado Chamorro-Bryan, aunque esa gloria se la dieron a Somoza, pero realmente fue mi padre quien luchó en Washington y aquí en el Congreso Nacional hasta conseguir esa hazaña. Mi madre se llamaba Marina Palacios Adams, fuimos cinco hermanos y una hermana.

¿Qué otros recuerdos tenés de la Jinotega de tu infancia?

Había un parque frente a mi casa, era el parque más lindo que podés imaginar. Después lo destruyeron “para modernizarlo”, lo mismo hicieron con la iglesia que era una joya preciosa, la echaron al suelo para construir una nueva. Pecado enorme porque nunca volvieron a hacer ambas cosas como eran. Ese parque fue testigo de mi vida infantil, de mis juegos de niño, del cero escondido, de la persecución de mariposas. Recuerdo que desde mi casa, a las cinco de la mañana, yo aguzaba mis oídos para escuchar cuando caían los mangos maduros del parque y salir en carrera a recogerlos. Muchas veces los guardias nos seguían, Chavalos jodidos traigan esos mangos, porque a ellos les gustaban también.

Al principio fui educado por dos profesoras privadas, doña Mercedes Rivera y doña Angelita Moreira, después fui a una escuela pública y luego al Calasanz de Jinotega, luego pasé al Colegio Centroamérica de Granada donde hice desde el segundo grado de primaria hasta el bachillerato. Así que soy jesuita de cacha.

¿Tu estadía en el Centroamérica interrumpió, de cierta manera, tu vida y tu amor por Jinotega?

No, porque pasábamos nueve meses internos y teníamos tres de vacaciones. Yo regresaba y continuaba con mis amistades. En esas locuras de los 16 ó 17 años, formamos un sindicato que se llamaba el SINDEVA, que significaba “Sindicatos de Vagos”, ya para entonces comenzaban los primeros traguitos y las primeras fiestas.

Historias del Centroamérica

¿Y de tu paso por el Centroamérica?

Pasaría hablando una hora de ese colegio que ha sido el mejor que ha existido en Nicaragua, tenía piscinas, cine privado, biblioteca, canchas deportivas de toda clase. Tuve profesores como el padre Estela, el padre Aldás, el padre Monzón y una cantidad de profesores nicaragüenses como Pancho López, famoso profesor de Granada conocido por miles de personas.

Pertenecía al cuerpo de Boy Scout, en eso ayudaba al padre famoso padre Miguel, que terminó siendo párroco de Ciudad Sandino. La excursión favorita era a las Isletas y nosotros nos considerábamos unos Magallanes porque hacíamos el viaje en una lanchita de vela. El padre era el párroco de las Isletas y celebraba ahí una misa dominical, y yo era su ayudante… ¿Qué más quería para un chico soñador?

Desde ahí dirigía mi vista al lago para contemplar los más bellos amaneceres. Igual de maravilloso era el arribo de las lanchitas de velas remendadas de los isleños que llegaban al ritual, después platicábamos con ellos y nos contaban centenares de historias en las que el principal protagonista era el Cocibolca y los pescadores que en medio de mitos, asombros, alegrías y tragedias, navegaban esas aguas.

Qué decirte de la emoción que nos causaba escuchar desde el Centroamérica los retumbos del Ometepe, o el silencio que reinaba cuando caían sobre Granada aquellos interminables “temporales” que no nos detenían porque nos íbamos, más que a jugar futbol, a bañarnos de lodo.

¿De los curas y profesores de ese colegio, qué me podés decir?

El padre Ponsol fue un gran científico, estudió los tiburones del Gran Lago y murió en un accidente de aviación en Chontales. Dejó conformado el Zoológico del colegio, recuerdo que mi temor era que se escapara el tigre. En mis pesadillas de niño sobre ese escape preparaba el plan de salvación que era meterme dentro del closet para evitar se comido por la fiera.

¿Qué decir de aquellas excursiones al Mombacho para estudiar la naturaleza? Nos íbamos a pie desde el Centroamérica porque nuestro deleite era atravesar el bosque y aquellas preciosas haciendas de café. Recuerdo que una vez íbamos en fila india cuando uno de nosotros se quedó tartamudo señalando la rama de un árbol enorme. Volvimos a ver y qué horror, ahí estaba un tigre viéndonos con sus ojos de fuego. Salimos todos en barajustada, cuando regresamos el tigre ya no estaba.

Ahí estudiamos quetzales, culebras de todo tipo, hubo una época en el colegio que todos teníamos una culebrita de mascota porque aquel muchacho científico llamado Jaime Villa nos inspiró con su ejemplo. En otra ocasión nos dio por fabricar radios de galena. Y qué decir cuando nos volvimos hipnotizadores porque llegó un cura colombiano que era parasicólogo.

Al colegio llegaban a estudiar bachilleres de toda Nicaragua, así como alumnos de otros países que han sido grandes políticos, porque te voy a decir que la educación jesuita, como dijo alguien, es una educación culo de plomo, o sea una educación porfiada por donde te toquen.

Quise ser jesuita, pero…

¿No se te ocurrió estudiar para jesuita?

Teníamos los alumnos directores espirituales, el mío era el padre Emilio que insistía en hacerme cura, y llegué a pensar seriamente ser jesuita porque yo los admiraba. Pero, cuando llegué a secundaria comencé a conocer muchachas, ya tuve novia, iba a los bailes y mi vocación desapareció.

Uno de los objetivos de los curas del Centroamérica era buscar vocaciones sacerdotales entre sus alumnos. ¿Qué resultados obtuvieron?

Encontraron muchos voluntarios. Casi todos se salieron. Algunos de mi generación se fueron al Seminario como los Chamorro y un compañero español, pronto abandonaron el propósito y sobrevino una crisis de vocaciones que todavía se prolonga. En mi opinión el jesuita actual no es ni por asomo el de los años cuarenta, cincuenta o sesenta, y aún más lejos está de los que jugaron un papel preponderante en la revolución sandinista. Los jesuitas de ayer eran los encargados de formar a la gran burguesía y a la burguesía mediana. Eso lo fui captando cuando aprendí el sentido social de la vida. Eran exclusivistas, discriminaban aún dentro del colegio, trataban de establecer lo que se llamaba el Principado, había rangos de rancia nobleza que se imponía al alumnado y recuerdo que con estos oropeles siempre distinguían a los hijos de los más ricos y poderosos. Yo, según me decía un profesor que se hizo jesuita, “era un simple gamonal”.

¿Te tocó jalar con alguna de la Calle Atravesada?

Me gustaban algunas, pero tenía esa novia con la que soñaba casarme, aunque sólo la miraba cuando salía de misa los domingos y eso que de largo, desde una esquina, imaginate. Ella era muy fiel además de linda, se casó con un dentista y ahora vive allá en Noruega.

¿Ya, ahora, al correr de los años, qué hace Juan Molina?

Me afectó mucho no seguir dando clases por malestares en los oído y los ojos. Ya veo la vida con más filosofía pero nunca me he desligado del periodismo. Supe generar mucho cariño entre mis alumnos y cuando platico con ellos siento como si tuviera treinta años menos y muy orgulloso de ellos.

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