Ernesto González Valdés

Trataremos de entender el origen del problema La violencia escolar y la autoestima “Cuando volví del receso, mis cosas estaban tiradas en el suelo, mi estuche había desaparecido… allí estaban Luis, Laura y Mario, quienes se reían mirándome. Habían sido ellos, pero no sabía qué hacer. No se me ocurría nada. Sólo tenía ganas de […]

Trataremos de entender el origen del problema

La violencia escolar y la autoestima

“Cuando volví del receso, mis cosas estaban tiradas en el suelo, mi estuche había desaparecido… allí estaban Luis, Laura y Mario, quienes se reían mirándome. Habían sido ellos, pero no sabía qué hacer. No se me ocurría nada. Sólo tenía ganas de irme de allí, y no volver a la escuela…” Día a día, padres y educadores observamos con creciente preocupación cómo las aulas se convierten en escenario de situaciones de maltrato o violencia escolar, como la que acabamos de describir.

No debemos olvidar que, cuando hablamos de violencia, no sólo nos referimos a la puramente física, sino también a la verbal o a toda aquella acción en la que se produce un ataque a la dignidad de la persona o a su integridad psicológica. Son situaciones que no suelen trascender, pero que pueden tener consecuencias tanto o más negativas que las agresiones físicas. De ahí la importancia de su detección y tratamiento.

Pero, ¿por qué en un momento determinado de su vida, un estudiante adolescente manifiesta repetidos comportamientos violentos? ¿Por qué otro estudiante se convierte en víctima o “diana” de los mismos? Sería difícil dar una respuesta a estas cuestiones, pues se trata de un fenómeno multicausal, que vamos a intentar analizar enfatizando en puntos en los que la familia puede incidir, pues éste es el interés fundamental de un padre o madre que se preocupa por este tema.

¿Cómo son el agresor y el agredido? Partimos de la base de que tanto el joven que agrede como el que se convierte en víctima poseen una baja autoestima, o lo que es lo mismo, una autoestima negativa. El primero es violento por buscar el fortalecimiento de su identidad, y el segundo, igualmente inseguro de sí mismo, no posee los recursos suficientes para defenderse (hablamos de maltrato físico y verbal)

Podemos decir que el perfil del joven (hombre o mujer) que se convierte en agente de comportamientos violentos es el siguiente: tiene entre 12 y 16 años, posiblemente forme parte de un grupo con los mismos comportamientos hostiles y violentos, posee una fuerte conciencia de grupo y una baja autoestima, por lo que necesita esta conducta para fortalecerse frente a sus compañeros y ser aceptado. Así, el maltrato podría ser considerado un mecanismo de defensa ante la propia inseguridad. En muchas ocasiones, proceden de familias desestructuradas, o de familias que les prestan poca atención afectiva y emocional.

¿Y en el caso de los agredidos? Suelen ser jóvenes cuyo rendimiento académico es normal o superior al de la media. Algo más tímidos que el resto, poseen pocas habilidades sociales o, lo que es lo mismo, pocos recursos para la relación interpersonal.

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