Los claroscuros de Lula

Es casi una certeza que el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva será reelegido en octubre. Si su segundo mandato no se asegura en la primera ronda de votación, deberá ocurrir semanas después en una segunda vuelta. La popularidad de Lula se debe en gran medida al optimismo acerca de la economía brasileña. De […]

Es casi una certeza que el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva será reelegido en octubre. Si su segundo mandato no se asegura en la primera ronda de votación, deberá ocurrir semanas después en una segunda vuelta.

La popularidad de Lula se debe en gran medida al optimismo acerca de la economía brasileña. De cada cinco brasileños por lo menos cuatro tienen la esperanza de que el 2007 sea un año bueno o muy bueno, según una encuesta emitida la semana pasada por la firma encuestadora Ibope. Ochenta y dos por ciento expresaron confianza en que su ingreso personal aumentará o por lo menos continuará igual en los próximos seis meses y más de la mitad aprobó la manera en que Lula está combatiendo la inflación, lo que significa mucho para un país que luchó por años con la hiperinflación.

Incluso aquellos que hace cuatro años temieron que Lula fuera a deshacer muchas de las reformas de mercado de su predecesor están cautelosamente optimistas. El gobierno de Lula sorprendió a muchos al mantener una política fiscal austera y un superávit presupuestario y al cancelar la totalidad de sus obligaciones pendientes con el Fondo Monetario Internacional. Esto es lo que Lisa M. Schineller, principal analista de Brasil para la firma calificadora Standard & Poor’s, describe como una “convergencia de los principales partidos políticos a favor de una política macroeconómica en general prudente”.

Si el objetivo de Lula fuera continuar con las reformas de mercado y obtener una estabilidad económica, su Presidencia hasta ahora podría calificarse como exitosa. Brasil tiene un superávit comercial de $40,000 millones de dólares, millones de nuevos empleos y una inflación inferior al 3 por ciento, la más baja en décadas.

Pero el presidente brasileño ha generado expectativas de que hará mucho más que alcanzar un bienestar económico. El viejo agitador sindical llegó al cargo sobre una ola de ira e inquietud generados por las reformas de mercado y prometió lanzar iniciativas sociales tales como el programa de Hambre Cero para mejorar dramáticamente la vida de los 40 millones en que se estima el número de pobres en Brasil.

El propio Lula ha afirmado que la “premisa estratégica” de su administración es la de recuperar el vínculo perdido entre el crecimiento y la justicia social. Bajo Hambre Cero, Lula ha llevado a cabo una amplia expansión de un programa de subvenciones familiares conocido como Bolsa Familia, la continuación de programas previamente existentes de desembolso condicionado de dinero.

En junio, el gobierno anunció que está llegando a 11.1 millones de familias con subvenciones mensuales —de $24 dólares en promedio— para madres de familia con la condición de que sus hijos permanezcan en la escuela. Lula ha empezado además programas para facilitar el acceso a cuentas bancarias y a becas universitarias para los pobres.

Lo que brilla por su ausencia en todo esto es el tipo de solución radical que tantos esperaban de Lula cuando fue candidato en el 2002. Muchos en la izquierda, que todavía mantienen esas expectativas, creen que Lula está fracasando en su intento de lograr el cambio social que tan desesperadamente necesita Brasil. La candidata presidencial Heloísa Helena, exiliada del Partido de los Trabajadores de Lula, lo acusa de “traición a su causa” .

Las cifras no son generosas con las pasadas promesas electorales de Lula. La pobreza ha caído solamente del 34 al 33 por ciento, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística. La desigualdad en los ingresos, una de las peores en el mundo, ha visto apenas un descenso mínimo. Una reducción radical de la pobreza —como demanda la izquierda— simplemente no ha ocurrido.

Tal vez sea que las soluciones radicales no son posibles bajo la estrategia de salir de los problemas a punta de crecimiento económico. Pero ese es precisamente el experimento que Lula está intentando al escoger un camino más al centro que a la izquierda. “Sabemos que con estabilidad económica, con la garantía de que Brasil va a tener crecimiento sostenido … será mucho más fácil para nosotros resolver los problemas sociales que se han ido acumulando en nuestro país por más de un siglo”, dijo Lula ante el Foro Económico Mundial el año pasado.

Este año se espera que Brasil crezca alrededor del 3 por ciento, probablemente convirtiéndolo en la economía emergente con el crecimiento económico más lento. La mayoría de economistas ahora coinciden en que Brasil necesitará crecer a un ritmo mucho mayor — ha tenido un promedio de sólo 2.8 por ciento en los últimos cuatro años— para que los pobres puedan subir la escala social.

Es probable que Lula encuentre dificultades en su propósito de acelerar el crecimiento. Algunos analistas creen que su capacidad para aprobar reformas necesarias se ha reducido significativamente debido a la serie de escándalos de corrupción que han afectado a su Partido de los Trabajadores en el último año.

Pero si el crecimiento no muestra mejores dividendos pronto, a Lula le será difícil mantenerse en el centro ideológico. También se le podrían dificultar las cosas a la nueva izquierda en América Latina que está mirando de cerca los esfuerzos de Lula para triunfar sobre la vieja izquierda.

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