Durante mis tiempos de estudiante de secundaria en mi bella ciudad de Jinotepe, la situación del país era intensa y riesgosa para la juventud.
El flagelo de guerra estaba presente en cada día de estudio, éramos niños de pensamientos alocados y de hormonas descontroladas. La ciudad se entristecía semanalmente a causa de sus mártires, gritos desgarradores en las cuadras vecinas.
Había para nosotros, los futuros cachorros, como solía decírsele en ese tiempo a un pobre muchacho reclutado de manera forzosa, un pueblo generoso, comprensivo y hasta cómplice de nuestras escapadas por los patios cercanos al colegio donde estudiábamos. Los patios traseros del vecindario eran pistas despejadas para correr hasta con la ayuda de la población. Cada muchacho que aparentaba 17 años debía correr o lo hacíamos correr; en cada carrera nuestra había un rostro de satisfacción de un padre o de una madre que nos libraba de los espantosos jeeps verde olivo con un triángulo naranja en sus puertas delanteras; verlos daba pánico y se te congelaba la sangre. Eran capaz de todo Prevención.
¡Corre hijo que te atrapan!, decía una señora espantada por la persecución.
¡Entra muchacho que te van a atrapar!, gritaba otra, pensando quizás en su hijo de la misma edad nuestra.
Si es una criatura! ¡Animales! Pobre de su madre que ni se dará cuenta a qué base lo mandarán, opinaba una vendedora en la calle.
La población contemplaba nuestras extraordinarias caras pálidas al pasar como cohetes por sus patios. Era pues, normal atravesar los patios en línea sin tener regaños de ningún tipo; por el contrario, quedaban rezando para que los pobres muchachos de 16 años lograran llegar a sus casas sanos y salvos; dentro de esos estudiantes estaba yo, que era el más nervioso de todos y corría como una gacela.
¡Parece papel blanco!, exclamaban y rápidamente nos habrían sus puertas, aunque no faltaba un servil que nos denunciara porque trabajaba en los comités.
Pasados los días de persecución y habiendo ya completado el contingente para enviarlos a los entrenamientos, la calma volvía suavemente, nuestras inasistencias bien protegidas por algún maestro guía consciente y que no nos reportaba con el director, bueno seguíamos estudiando. Recuerdo que quise pertenecer a la banda musical del Centro con el profesor Portocarrero para evitar ser convocado pero mi oído no me dio para más que solfear unas tantas veces. Desanimado, opté por abandonar las clases de música.
Cierto día de invierno, una profesora que solía bajársele la presión me llamó, era común recaudar en el aula dinero para comprarle una taza de café en el barcito de colegio.
¡Vos negro! Vení encargate de mi café que vine a dar clase con el alma.
Su clase era de Geografía e Historia y todos, gustosos, atendíamos sin interrupción su clase. Tenía por costumbre usar palabras grotescas en su clase y era vulgar. De pronto, uno de mis compañeros de fila se levanta y le escucho decir: ¡Ahora vas a ver lo que te va a pasar desgraciado!
Sin mediar palabra, le asestó una tremenda patada al último de la fila que al mismo tiempo del impacto soltó un pedo inesperado, hubo risas nerviosas y acusaciones mutuas. No era necesario buscar culpables ya que los gases vergonzosos continuaron ya sin disimular como producto del ataque de nervios. La maestra rompió en cólera, ya que el aula se había transformado en un caos.
Llamó a Esteban junto a ella y le dijo con vos severa pero disimulada: Esteban, deberías de prepararte en tu casa antes de venir a clase, no sé cómo andarás, pero deberías de retirarte de mi clase e ir directamente al baño, que no soporto el tufo. ¡Ay, ya se me subió la presión!
Y ustedes, ¿de qué se ríen?, exclamó la maestra. No le veo lo gracioso, dijo en tono mas calmado.
Esteban era un muchacho alto, crespo de aspecto campesino y de andar pausado, su risa era sencilla y muy dado a jugar las groserías de mano, razón por la cual yo jugaba poco con él, ya que me doblaba en tamaño y fuerzas. En los recesos comía escondido, quizás porque su magro presupuesto no le daba como para invitar a otro. Salió Esteban del aula y nos dejó el vacío. Qué desgracia más grande para una mente joven perseguida por los militares y salir con el pedo en media clase, en una aula en donde las mayoría eran mujeres. Sabíamos bien que no podía soportar semejante vergüenza. En aquellos tiempos las cosas eran muy conservadoras en ese sentido; sus sueños truncados, sin embargo, nadie se atrevió a seguirlo; en verdad, cada vez que hacía esas reflexiones acerca de la tenacidad, lo difícil de estudiar con la guerra en lo fino y todos los obstáculos que se tenían que saltar para seguir en las clases, me emocionó tanto que casi se me salen las lágrimas.
Una semana más tarde, para sorpresa de todos, Esteban regresó a las clases, con tan mala suerte que ya había cumplido 17 años y no se daba cuenta del riesgo que lo acosaba; llegó el director temprano a la clase a advertirle que si no llevaba el carné de inscripción no podía seguir estudiando, no fue necesario tanto parlamento: antes de finalizar la clase llegó un militar al aula. Esteban salió al pasillo, todos lo vimos sin poder hacer nada por él. En mi espalda corrían unos calambres de hielo y sudor paralizante. El militar lo impresionó con su tono:
No dudo que esta decisión será importante para tu futuro. La defensa de la patria y tu familia está en tus manos, para vos también al finalizar tendrás una beca para estudiar lo que deseés, y imperialismo, la agresión . Y ¡zas ¡ lo hace firmar su inscripción de muerte; entró al aula agarró su bolsa plástica antes no se usaban mochilas con sus cuadernos y se fue.
Luego yo, ante tanta confusión y miedo, pensaba en mis adentros: este individuo debe tener un temperamento romántico, puesto que llora cuando no hay por qué llorar. A los pocos meses, Esteban cayó en combate en la quinta región militar. Era costumbre que militarmente el país estuviera dividido en regiones estratégicas. Qué desgracia más grande para una familia tan pobre, perder a su único varón y el que mantenía a la familia con los cultivos en la agricultura.
Recuerdo en su pueblo para los funerales, una marcha política y un discurso que todavía me martilla en mi mente ¡Por esos muertos, nuestros muertos! Llovió desde la noche anterior hasta su adiós definitivo. En el funeral una compañía en compactas filas se organizaba para las salvas de honor. ¡Fuego! bam ! Fuego! bam! Fuego bam. Salvas que nos amargaron la garganta de lágrimas y pólvora.
Hace poco tiempo, meses quizás, ya casado y como profesional regresé a mi ciudad Carazo, ya tiempo hace que la guerra terminó, de casualidad al pasar por el Parque Central de Jinotepe me encontré con la maestra de Historia y Geografía. La encontré ajada por el paso del tiempo y su trabajo en las aulas de clase durante 40 años, ya jubilada. Se enamoró de un estudiante, se le subió la presión y en la fase menopáusica logró premio de maternidad. Tiene como fruto de ese amor furtivo, una hija de 19 años.